Esta semana venimos con una historia sobre la amistad, donde la lealtad es puro instinto. “Los perros duros no bailan”, de Arturo Pérez-Reverte.

Por Romina Santopietro


“Nací mestizo, cruce de mastín español y fila brasileño. Cuando cachorro tuve uno de esos nombres tiernos y ridículos que se les ponen a los perrillos recién nacidos, pero de aquello pasó demasiado tiempo. Lo he olvidado. Desde hace mucho todos me llaman Negro”.

 

Así comienza “Los perros duros no bailan”, de Arturo Pérez-Reverte, editado por Alfaguara, un título que le hace un guiño a Norman Mailer.

 

Hace días que en el Abrevadero de Margot, donde se reúnen los perros del barrio, nada se sabe de Teo y de Boris el Guapo. Sus colegas presienten que detrás de su desaparición hay algo oscuro, siniestro, que los mantiene alerta. Lo ocurrido no puede ser nada bueno; lo sospechan todos y lo sabe su amigo el Negro, luchador retirado con cicatrices en el hocico y en la memoria. Para él es cuestión de instinto, de experiencia sobreviviendo en las situaciones más difíciles. Eso lo lleva a emprender un peligroso viaje al pasado, en busca de sus amigos.

 

El Negro es un veterano curtido, ha vivido la violencia en carne y sangre propias, y a veces sus recuerdos se confunden en una niebla de olvido, que él bendice para sus adentros. Sigue creyendo que ser leal es el único credo que puede mantener, aunque ya no idealiza románticamente a los humanos. Pero sus dos amigos desaparecieron. No se hace ilusiones, sabe que los malos amos -y desalmados humanos- están detrás de esto.

 

Pérez-Reverte es miembro de la RAE y un defensor declarado de los animales. Desde su cuenta de Twitter suele denunciar la falta de acción de las autoridades españolas para dar término a los abusos y maltratos a los perros. “Perros e hijos de perra”, publicado también por Alfaguara, fue un antecedente de este libro.

 

“La historia del viejo luchador Negro -a los ocho años un perro casi es viejo-, sus amigos y sus enemigos, se interpuso definitivamente en mi vida el pasado verano, y a ella dediqué el mes de agosto. Me preguntan si, aparte de una novela policíaca y de aventuras, puede considerarse también un grito de denuncia; un llamamiento contra el maltrato animal, el abandono, las peleas de perros y la impunidad con la que actúan los canallas que las organizan. Y, bueno. Todo eso está implícito en la novela, por supuesto. Salta a la cara en cada página. Pero a la pregunta general, la respuesta es no. No es un libro denuncia, ni un libro militante de la causa animalista. En realidad, mi propósito solo era contar bien una buena historia. Mientras trabajaba, escribía y reflexionaba sobre todo eso, cuando el humor cedía páginas a la tragedia e imaginaba situaciones que se apoyan en la más amarga realidad, una y otra vez me oprimían el corazón el maltrato y abandono de perros, las peleas clandestinas, la crueldad de ciertos cazadores, la impotencia de la Guardia Civil y la indiferencia de autoridades, jueces y legisladores ante la tragedia de unos animales que, lo he escrito muchas veces, suelen ser más nobles y leales que la mayor parte de los seres humanos; y cuando salen violentos o asesinos, a menudo son sus dueños quienes los hacen como son. Por eso, aunque la historia de Negro y los suyos no nació como aldabonazo ni denuncia de nada, me alegraré mucho si ayuda a que todos esos políticos y autoridades miserables dejen de mirar hacia otro lado en materia de maltrato animal y nos saquen del callejón oscuro donde su baja estofa moral, su cobarde indiferencia, nos mantienen todavía”, declaró el autor en su columna de opinión.

 

En esta asombrosa novela negra, a la vez tierna y sobrecogedora de principio a fin, Arturo Pérez-Reverte narra con increíble maestría la aventura de un perro en un mundo con códigos diferentes al de los humanos, donde rigen las mejores reglas -lealtad, inteligencia y compañerismo- y están desterradas toda corrección política o convención social. Un mundo en el que a veces hay clemencia para los inocentes. Y justicia para los culpables.

 

Si algo queda perfectamente claro al terminar esta historia, es que no nos merecemos a los perros. Es una novela cruda, desgarradora, conmovedora. No me avergüenza reconocer que lloré mucho al leerla. El humanizado personaje del Negro, este luchador veterano, que cuenta las batallas sobrevividas en su lomo surcado de cicatrices, es uno de los personajes bien definidos, entrañables, completos que nos entrega Reverte. Todos me parecieron fascinantes, y en cuanto a la descripción de personalidades con que los dota, no se puede decir que existan personajes secundarios. Todos están bien delineados, y aquí hace gala el autor de su maestría al relatar una historia.

 

Para leer con muchos pañuelitos descartables a mano. Y para involucrarnos con las sociedades protectoras de nuestros terruños.