Crónica de 40 días en un país que sorprendió para bien. Noches cortas, servicio público que funciona a la perfección, comidas económicas y una marea de argentinos que convirtieron, a nuestro país, en el campeón mundial de los hinchas. Sin barreras, ni siquiera por culpa del idioma, cuando la melancolía se apodera de uno al irse, es porque realmente la pasó bien y se extrañará.

Enrique Cruz
(Enviado Especial a Rusia)

Las imágenes se mezclaban. Por un lado, uno sabía que llegaba a un país que durante mucho tiempo cerró sus puertas al mundo, al menos en lo que a turismo se refiere. Y por el otro, también sabía que llegaba a un Mundial, con toda esa horda casi “salvaje” (en el buen sentido) que llega desde distintas partes del mundo, a disfrutar. El ruso es un pueblo metódico. Y por lo tanto se preparó y hasta parece que no les costó tanto, por más que a partir de la segunda quincena de julio, cuando de a poco se vayan yendo todos, volverá a la normalidad.

En conjunto con Fifa, crearon un sistema impecable (el Fan ID), una especie de credencial para hinchas, que, por ejemplo, les posibilitaba tener ingreso gratuito a los servicios públicos de transporte los días de partido, además de los controles que, obviamente, no podían faltar en este país. El Fan ID era el pasaporte del visitante, por lo tanto, el control que los rusos tenían de los visitantes.

El funcionamiento de los servicios públicos es impecable. En los metro, la periodicidad del paso de los subte es de 2 minutos. Si se pierde uno, el otro llega al toque. Hay 400 kilómetros de líneas subterráneas. Una obra increíble que, además, no es propiedad sólo de Moscú, la capital, sino de muchas ciudades. En mi caso, Nizhny Novgorod, San Petersburgo y Kazán, que fueron las otras ciudades visitadas, cuentan con metro también. Para una ciudad gigantesca, de más de 110 kilómetros de extensión y con líneas de metro que llegan prácticamente a todas partes, es una bendición.

Como ocurre en las ciudades europeas incluso en las estadounidenses- la costumbre es cenar temprano. Sin embargo, los comedores funcionan todo el día. Se puede comer un plato de pastas con una gaseosa o una cerveza a las 5 o 6 de la tarde sin ningún problema. Pero se complica cuando la intención o el hambre- se proyecta hacia las 10 u 11 de la noche, algo que en la Argentina puede resultar medianamente normal, sobre todo en un fin de semana. Por eso, a nadie puede sorprender que a las 9 y media de la noche pida un vino y le digan que sí, pero con la condición que a las 10 de la noche, la botella debe estar vacía.

Los precios son accesibles y hasta más barato que en Argentina. Pero hay un pequeño problema. O grande para algunos. Los platos son del estilo gourmet. Es decir, no son porciones abundantes. Un plato de pastas con una gaseosa puede costar unos 350 rublos, es decir unos 170 pesos o algo menos. El vino es lo que encarece cualquier presupuesto. En un comedor, una botella de vino cuesta alrededor de 1.300 rublos, o sea unos 650 pesos nuestros. Y la mayoría de las que se ofrecen, se acercan más a los 1.000 pesos nuestros. Una pizza individual con un vaso de cerveza tirada de medio litro, apenas supera los 200 pesos.


Moscú grandiosa

Moscú es una ciudad muy grande, pero tiene una red de subterráneo impresionante. Las líneas tienen colores, existen combinaciones como en Buenos Aires pero una de esas líneas, la de color marrón, circunda a todas las líneas, con lo cual uno se asegura, a través de esa línea, la posibilidad de combinar con cualquiera de las otras aún si alguna equivocación los lleva a alejarse.

Otro de los pruritos, fue el tema del idioma. Es cierto que es una barrera, pero no un impedimento. Lo solucionaron a medias con la disponibilidad del inglés, al menos en la cartelería y el aporte logístico de muchos que sabiendo hablar inglés, se prestaban a colaborar. Pero cuando uno se paraba, en un metro o en la vía pública, a mirar algún cartel o dando señales evidentes de no entender algo o de estar perdido, enseguida se paraban y trataban de desafiar la barrera del idioma. Parecen fríos y distantes pero no lo son. Las mujeres son tan bellas como simpáticas. Y los hombres, cuando están contentos, dan rienda suelta a ese entusiasmo con tremenda algarabía, como la que mostraron el día de la victoria ante los españoles, cantando la famosa canción “Katyusha”, que los identifica (es la referencia a una vieja y famosa arma de guerra de los rusos). Y ni hablar del espectáculo que dieron la noche del encuentro con los croatas, a pesar de que lo perdieron. “Ra-shi-a… Ra-shi-a”, se escuchó en todo Moscú y a toda hora.

Logística en los estadios

Los estadios se presentaron impecables, bien organizados, con centenares de voluntarios en cada uno de ellos, controles estrictos para todos. Los periodistas debíamos pasar por el scanner nuestras pertenencias, nos hacían prender nuestras computadoras (para ver que estaban en funcionamiento) y que les mostremos los celulares (con el mismo fin). Y luego nos revisaban de pies a cabeza, literalmente.

Se había hablado mucho antes del Mundial. Los rumores de atentados estaban a la orden del día y Messi era uno de los apuntados, claro. Máxima estrella del fútbol y un hombre cuya fama excede absolutamente a la de cualquier otro personaje con el que se lo quiera comparar. Por eso, no sorprendió que a la marea humana de camisetas celeste y blanca que se veía en cada rincón de cada ciudad rusa, se sumaran otras de orientales (japoneses, chinos y coreanos) que se hacían “hinchas” de Argentina sólo por Messi.


Campeones

Argentina no fue campeón del mundo adentro de la cancha, pero sí afuera. Hubo quienes llegaron sólo para la primera fase y otros que apostaron a que Argentina ganaba “caminando” el grupo y compraron los tickets para ir a Nizhny y a Socchi para partidos en los que Argentina no estuvo. Y el cambio de planes los llevó a intentar devolver las entradas perdiendo plata- y lanzarse a la aventura de llegar a Kazán, la ciudad donde conviven musulmanes y cristianos y en la que se encuentra la mezquita más grande del mundo.

Nos dio mucha melancolía todo. Por un lado la temprana eliminación aunque esperable por lo mal que se vienen haciendo las cosas- pero también por irnos de un país que puso todo lo que era necesario para que el Mundial sea un éxito rotundo. Seis meses antes, Rusia recibía al mundo para el sorteo. Nieve, apenas cuatro o cinco horas de luz natural, nada de sol y ningún cartel en otro idioma que no sea el ruso. Seis meses después, mucho había cambiado. Temperaturas de 30 grados, apenas tres o cuatro horas de noche cerrada (o minutos, como la noche histórica del triunfo ante Nigeria), mucho movimiento y colorido. “Acá volvés dentro de cuatro meses y todo va a seguir exactamente igual. Lo único que se hizo fue reforzar algunas cosas teniendo en cuenta que venían muchos turistas. Ellos se irán, se harán los cálculos necesarios y todo seguirá de la misma manera. Así se vive en Rusia”, nos comentó un cubano que llegó hace 30 años y que valorizó lo que hizo Putín, luego de lo que significó la apertura al capitalismo. Adiós Rusia, fue un gran placer conocerte.