Rey Lear se despide del escenario de la sala LOA, luego de 3 años exitosos sobre las tablas. José María Gatto, su director, conversó con Nosotros y relató cómo fue el desafío de traer a la vida y a la actualidad el texto de William Shakespeare.

Textos: Romina Santopietro. Fotos: Gentileza producción.

 

El rey Lear ha impuesto sus leyes de modo absoluto durante la vigencia de su reinado. Con los años, su fuerza comienza a decaer, por lo que hace público que ha decidido dividir su reino entre sus hijas, para pasar el tiempo que le quede de vida sin la carga que le impone el ceremonial y el deber en el manejo del poder.

Shakespeare nos habla, en prosa o en poesía. En Rey Lear, quizás como en ninguna otra de sus obras, también nos condena a una visión oscura de la naturaleza humana que solo dejará, según el ánimo del espectador, un hilo de esperanza para la redención. En esta versión, la dirección ha decidido una resignificación de la puesta en escena originaria, haciendo hincapié en diversos elementos que otrora insinuados, surgen ahora subrayados en miras a corroborar el estilo post barroco que se le quiso imprimir a la acción. Así, entre la conflictiva Inglaterra del 1616 y este 2018 apocalíptico y caótico que transitamos se ha elegido reforzar diversos signos de nuestro tiempo, como caos político y social, inmigrantes, occidente amenazado por el terrorismo, el autoritarismo creciente de los países “civilizados”, cruce estético, mezclas de estilos musicales, moda y hasta reminiscencias cinematográficas para seguir hablando, en definitiva, de las mismas obsesiones que desvelaron al Bardo de Avon hace más de cuatro siglos.

En Santa Fe, a más de 400 años del Legado, el Bardo se escucha.
El espectador se ve inmerso en este juego teatral que proponen el director y los actores, que circulan entre el público e interactúan permanentemente con él. Desde interpelaciones directas, hasta confesiones susurradas, la complicidad desacartonada y el juego de palmas del final van construyendo una auténtica fiesta del teatro.


Balance

Luego de tres años sobre las tablas, Rey Lear dejará espacio a una nueva obra, esta vez, una comedia de Shakespeare.

El balance es ineludible, y en la mirada de su director, José María Gatto, es sumamente positivo.

“Me gusta que termine a sala llena. Pasó algo muy especial con este grupo, es muy fuerte la unión en lo humano. Y creo que esta unión fortaleció la parte artística. Esa cohesión nos hace saber adónde vamos sobre el escenario. No hay divismos. Esto tiene Shakespeare, también. Cada uno tiene su momento para brillar. Hay un ida y vuelta muy interesante”, analiza Gatto.

Con respecto al proyecto artístico en sí, el director afirma que el gran desafío fue poner a Shakespeare sobre el escenario, 400 años después. Y perderle miedo al teatro del laureado autor inglés. Desacralizarlo y mostrar que no pierde vigencia.

“Perderle el miedo al texto y despojarlo de solemnidad fue un desafío. Se decía que a Shakespeare hay que llevarlo a escena en una adaptación que no dure más de una hora. Eso es un prejuicio. El público puede pasar una tarde entera disfrutando del teatro. Por eso creo que el logro artístico es haber logrado un Shakespeare auténtico, íntegro, porque la obra está completa. Y el público respondió ampliamente”.


Rey Lear vive

“Me gusta mucho cuidar la puesta en escena. Quiero mucho a los actores, por lo que dan en el escenario, por lo que entregan. Pero además yo necesito mostrarle al espectador un producto acabado en la generalidad: la puesta, el vestuario, la actuación, la escenografía, la música, el ámbito… Me gusta que el público desde el momento en que llega a la sala sienta que está participando de un fenómeno, de una experiencia artística. En este momento estamos presentando la puesta de Rey Lear en la que hay un intervalo, algo que no es muy habitual en el teatro santafesino. Y tiene que ver con el fondo, no solo con la forma, porque es necesario el respiro, esa pausa que da el autor en el intervalo, es necesario el corte estético que marqué en la obra, entre el primer y el segundo acto. Ese encuentro del público es algo muy renacentista, muy agradable. Y tiene un poco que ver con esa fiesta del antiguo teatro inglés”, completa.


El corazón del teatro

Se declara admirador del teatro inglés y esto se traduce en su visión, su deseo de replicar de alguna manera ese sentido de vivir el teatro, de sumergirse en el hecho teatral.

“Pensemos como era el teatro en esa época”, propone. “Toda la sociedad disfrutaba del momento del teatro. Esta fiesta del teatro debe ser revalorizada en las puestas actuales. Y es lo que trato de hacer, que el público sienta esta resignificación del hecho teatral, en nuestro tiempo”, explica con sencillez.

Confiesa ser feliz cuando la gente llena la sala. “Nadie que se dedica al teatro en Santa Fe lo hace por el dinero. Esas horas de entrega no se pueden pagar. Se sustenta por la pasión y el amor. Los actores dedican horas y esfuerzo… ¡Si la gente supiera! Porque uno como espectador ve un trabajo terminado. Después se puede discutir la forma, si está bien o mal, si se hizo de la forma en que debía hacerse… Pero el fenómeno teatral está, y no es improvisado. Hay mucho trabajo, dedicación y amor detrás de esto”, reflexiona. “Y es el mismo compromiso que hay detrás del profesional que recibe una remuneración importante. Lo que uno ve aquí en el escenario, no tiene que ver con la paga. Tiene que ver con el compromiso artístico”, afirma.

 

El rol de director

Desde la primera obra que dirigió, José María tiene una pequeña cábala, un ritual impostergable antes de comenzar cada función: celebra un círculo con todo el equipo, actores, tramoyistas y colaboradores. “Este círculo de abrazos lo hacemos tanto la noche del estreno como en cada función. Y doy una especie de arenga de coach”, describe entre risas.

Se declara de “lágrima dura”, pero recuerda ese círculo ritual, antes de salir a escena, en su primer rol de director y aún se emociona.

Arriesga una teoría: “Elijo proyectos donde la palabra y la intelectualidad están muy presentes. Pero a pesar de ser Shakespeare pura emoción, elegí una obra donde hay mucho mensaje político, que conmueve. El público hace comentarios a media voz, relacionando la obra con el panorama político. El mismo texto es tremendamente actual. Habla del farsante político que finge ver lo que no es, o condena la vara de la justicia que se inclina ante el oro”.

“Yo quería hacer Shakespeare. Aun sabiendo que sumamente difícil y existe un temor reverencial hacia su obra. A los autores que uno quiere mucho, tiende a sacralizarlos, a verlos casi como sagrados. Creo también que hay una forma de abordar a Tennessee Williams o Arthur Miller, hay una forma de hacer un clásico griego, una forma de hacer tragedia de teatro inglés… Soy muy respetuoso de esas formas. Soy conciente que se puede jugar, se puede romper con estas ‘reglas’ y transformar el texto”, resume.


Rey Lear

“Rey Lear no es un rey bueno. Es un monarca que ha cometido todos los excesos y lo paga. Lo que hace interesante la obra es su darse cuenta. El proceso. Que no se vea a Lear como un viejo bonachón que distribuyó su reino entre sus tres hijas y le pagaron mal. Es un hombre que especuló con sus bienes para ver quién lo quería más. Las hijas ‘malvadas’ no son producto de la nada. Son hijas de este padre”, detalla José.

La obra estuvo en preparación desde marzo de 2016 y se estrenó en octubre de ese mismo año. Esa fue su primera versión.

José destaca que todo lo realizado no podría haberse llevado a cabo sin un grandioso grupo humano. En total, son más de 20 personas que apuestan al proyecto y lo llevan adelante. “Sin un grupo humano sólido, de buena madera, que se compromete, es muy difícil concretar tantas funciones”, cuenta.

El teatro provoca e interpela. Y demanda. Demanda pasión, emoción, respuesta. “Para eso hacemos teatro. Para sentirnos vivos”, concluye.