El traje de etiqueta se ajustaba a la perfección en el hombre de 1.72 metros de estatura que caminaba por el escenario. Lucía un esmoquin: camisa blanca, corbatín negro, saco de un solo botón que llevaba abrochado, y un pantalón cuya raya lateral combinaba con la solapa de la chaqueta. Para darle otro toque, puso en su bolsillo izquierdo un pañuelo rojo. Ese era Frank Sinatra, siempre impecable, nunca ordinario.

Era 25 de junio de 1980, en la sala de conciertos Carnegie Hall, en Manhattan, Nueva York. Sinatra estaba de concierto. Tenía 65 años y su voz, carisma y presencia seguían llenando escenarios.

Sinatra cantó en público hasta los 79 años y fue un referente de la música popular norteamericana. “Gracias a él mucha gente llegó al jazz”, cuenta Cristian Salgado Bejarano, director de Elclubdeljazz.com, proyecto cultural de la ciudad dedicado al rescate y difusión de este género.

El legado de “La Voz”

Antes de Sinatra los cantantes estaban al servicio de la canción, mientras que él hizo suyas las melodías gracias al usó el micrófono como gran aliado. “Controlaba el sonido para que su voz fuera protagonista por encima de la orquesta y con el fin de que pudiera casi que susurrar cantando. Quería que todo fuera más íntimo al interpretar. Le puso esmoquin a la canción popular norteamericana”, precisa Salgado.

Su fama ganó fuerza a partir de los 40 y con esta también el interés por su vida privada, sus relaciones amorosas (tuvo cuatro matrimonios) y hasta su supuesta, y no comprobada relación, con la mafia en Nueva Jersey.

A raíz de esas historias, que lo convirtieron en un mito, se negó por un tiempo a dar entrevistas, pero nunca dejó de cantar.

De ascendencia italiana, Frank Sinatra fue un hombre entregado a sus amigos y a quienes lo rodeaban. Un séquito de cerca de 75 personas hacían parte de su servicio privado.


El artista premiaba la lealtad de quienes le servían a tal punto que todos le eran “ferozmente fieles”, como describió Gay Talese en el perfil del artista que publicó en 1966 en la revista Esquire, en la que también lo retrató como un hombre imprevisible, de humor variable y que reaccionaba por instinto, “dramática y salvajemente”.

Quienes estaban fuera de ese círculo le rendían pleitesía. Fue una personalidad que sobrevivió como fenómeno nacional en Estados Unidos durante varias décadas, a pesar que de fracasó y se recuperó como artista y como ser humano. “Su legado va más allá e involucra su personalidad, influencia y el que se convirtiera en un icono. Ya artísticamente su registro y su presencia fueron vitales en pro de la música popular”, concluyó Salgado.

Hace 20 años yace su cuerpo en el Desert Memorial Park en California, Estados Unidos. Sobre su lápida dice el epitafio: “Lo mejor está por venir”.