En la batalla entre razón y emoción no siempre podemos augurar un final feliz. No se trata de convertirnos en autómatas insensibles sino más bien asumir que somos seres básicamente emocionales pero que no por ello debemos someternos lánguidamente a que esto nos domine.

Textos. Psic. Gustavo Giorgi.

Adolfo H. es un tipo que se destaca en la oficina por su aspecto siempre pulcro y prolijo. Tanto que hasta parece brillar cuando se pone medio a trasluz, mirando los silos del puerto a través del vidrio, cerquita de las diez de la mañana. Ordenado hasta ponerte nervioso, por momentos me recuerda a esos obsesivos de libro que estudiamos en la facu de psicología. Tales engendros parecían ser inventos creados a los fines didácticos, solo con el objeto de aprender su conducta. Sin embargo, con el tiempo comprobé que existen. Toman mate como nosotros y se sientan a nuestro lado. En definitiva, no son extraterrestres.

Y hago bien si digo incluso, que esas características parece tenerlas (Adolfo H.) en su vida de relación. Me refiero aquí sobre todo al control sobre sus impulsos. No me equivoco si te digo que en cinco años lo habré visto discutir acaloradamente una o dos veces. ¡Y eso que en el trabajo hay chances todos los días para cabrearse! Sin embargo, él no: Siempre en sus cabales. Tan prolijo en su modo de actuar como en su peinado gelificado.

¿Será que este hombre, así descripto, es un ejemplo a seguir?

¿Conviene hacer esto, cuando leés recomendaciones para destacarte en tu empleo, y por qué no, en la vida?

La respuesta es no. Pero… se trata sí de entender con claridad que ser bueno para gestionar las propias emociones es clave como condición de progreso en toda organización. La confusión es que cuando se habla de manejo emocional se confunde con una mera represión instintual, y es un error. Debemos pensar en una adecuación de aquellas al contexto, la situación y las personas involucradas. Si tomamos en cuenta estas variables evitaremos cometer gravísimas equivocaciones, como las que a continuación se detallan:

1. Ira. El caso BB: Es muy difícil lograr un estado de conciencia capaz de evitar un enojo en situaciones de injusticia, mentiras, desigualdad y otras similares. La mayoría de nosotros está más bien lejos de lograr una calma chicha análoga a la de un Buda. El desafío es no dejar que la ira nos desborde y mentirnos con que es imposible de contener.

Me jacto de conocer a BB bastante bien y sé la forma en que trabaja. Es un pibe que siempre le ha metido ganas a la empresa. Lo veo quedarse fuera de hora y perseguir al cliente hasta su casa si es esa la condición para cerrar un negocio. Empuja a su equipo constantemente, estando atento a sus inquietudes y cerca, para aportarles lo que necesiten y esté dentro de sus posibilidades.

El tema es que su jefe comenzó, de un tiempo a esta parte, a no prestarle atención. No lo llama ni la mitad de las veces que antes. No lo convoca a reuniones en temas que lo involucran, como por ejemplo la apertura de una cuenta nueva y así. Esto ciertamente molesta a BB.

Y la venía llevando bastante bien hasta esa tarde. Ese lunes en que se enteró la modificación en el esquema de comisiones de sus vendedores. Dicho cambio dejaba la posibilidad abierta para que uno de sus colaboradores ganase tanto como él (con menor carga de responsabilidades, claro). Esto enervó de tal modo a BB que subió corriendo las escaleras hasta el despacho de su jefe y lo increpó tan duramente que volvió a su casa a esperar el telegrama de despido.

Fin (¿provisorio?) de la historia: hoy a BB le cuesta encontrar un nuevo empleo por las referencias desfavorables que brinda su ex empleador. Diez años de gestión excelente, borrados de un plumazo por no dominar el enojo. Punto para el cerebro mamífero.

2. Sorpresa. El caso AH: Casualmente o no, las iniciales de esta muchacha son las de la interjección correspondiente. AH busca, de manera denodada, que la nombren supervisora y pasar a liderar a sus compañeros. Viene poniendo mucho entusiasmo, porque lo ve como algo posible y plenamente alcanzable. Sin embargo, un día común a primera hora, el gerente reúne a todo el equipo para anunciar que la elegida era Vetina. A AH se le cayó no solo la mandíbula, sino también el entrecejo. Lo que abrió (y de manera notoria por cierto) fue su boca. Innegablemente se había sorprendido y de inmediato todos sus compañeros tomaron nota.

“Así que vos querías el cargo… ¿Y qué, te parece que ella no lo merece como vos?” le espetó Uriarte en la cara. Hasta la misma Vetina le confesó, semanas más tarde, que no la invitó a su cumple porque le cayó como un balde de agua fría saber que a AH le “sorprendió” su elección. En síntesis, gran parte del grupo de compañeros en contra, y creyéndola una envidiosa. Todo por el manejo fallido de su emoción Sorpresa.

3. Desagrado. El caso JG: Aquí tratemos de pensar en el efecto de asco en los demás, como consecuencia de un gesto nuestro. Para ilustrarlo, me valgo del recuerdo de un gerente de una desaparecida mutual que tenía por (mal) hábito el olerse las uñas de sus manos.

Verdaderamente nunca me enteré el real motivo para ello, si es que lo había, o bien se trataba de un simple y vulgar automatismo. Lo curioso es que varios de sus colaboradores directos trataban de evitar las conversaciones con él, justamente para que no se les note la cara de desagrado y el jefe pudiese malinterpretarlo, influyendo negativamente en su percepción hacia el interlocutor. En otros términos, lo esquivaban para no mostrarle cara de asco y se enoje con ellos.

Resulta interesante puntualizar aquí que nadie está exento de incurrir en algún que otro manierismo causante de repulsión. Si vemos una expresión así en el otro, es hora de analizarnos y ver si algo de nuestra conducta debe ser modificado.

4. Alegría. Vitico y su festejo desmedido: ¿Alguien puede decir honestamente que pensó alguna vez en la necesidad de controlar su alegría? Si te hablan de emociones a gestionar ¿la ubicás en la lista?. Sin embargo, aquí también es necesario su dominio.

Que lo diga si no Vitico, genio de los fideicomisos, cuando le pasaron el dato de la desvinculación de BB. “¡Al fin lo echaron a este trepador! ¡Un tiro pal lao de la justicia, compañeros!” decía a los gritos, como poseído (1).

Vitico, luego de esta situación, está siendo evaluado pormenorizadamente previo a darle el control total de la cartera de morosos. “No sea cosa que, por tratar de cobrar una deuda a cualquier precio, se terminen perdiendo socios por este arrancadito verde”, dijo uno de los accionistas principales en una reunión.

5. Miedo. Marta y su arrugue de barrera: No se crea, compañero, que las cosas variaron tanto en los trabajos a través del tiempo. Por caso, en los bancos sigue siendo casi una condición para el ascenso, mudarse a otro lugar. Eso le propusieron a mi oficial de negocios, que compungida me contaba un día que fui a blanquear mi clave: “Estoy re angustiada, Gus… Lo que tanto deseé por años, ahora se me da y no puedo agarrarlo…”. Aludía de esta forma a su promoción como gerente de una sucursal alejada de Santa Fe. “Pero Marta, si tus hijos son chiquitos y tu marido trabaja a distancia ¿qué problema hay? ¿por qué no dijiste que sí?. No entiendo…”. “Y no… te imaginás… empezar de nuevo… en un lugar desconocido… sin amigos…”. “Bueno, pero eso podés lograrlo con el tiempo…” le dije, animándola. Y su respuesta: “Por ahí si tuviese diez años menos, ponele…” y así fue desgranando una serie de cuestiones que no eran más que excusas encubridoras del miedo.

Esta emoción, si no es conducida apropiadamente es una de las más nocivas para nuestra salud mental. Si tenemos al miedo como filtro de nuestras decisiones, lo más probable es que con el tiempo nos terminemos arrepintiendo de la mayoría de ellas.

6. Tristeza. El bajón de Baqué: Baqué es el apellido de Homero, hombre de mediana edad y que por esas cosas de la propia existencia, el momento clave en su desarrollo profesional coincidió con la aparición repentina de algunas dudas acompañadas de un sentimiento de pesar. Justo cuando estaba a punto caramelo de abrochar esa operación que venía persiguiendo hace rato y le aseguraba llegar al objetivo anual (consecuentemente al cobro de su premio) empezó con el planteo de tristes preguntas: ¿Tengo el trabajo que me gusta? ¿Soy una persona feliz con lo que hace? ¿Estoy solo por elección o porque no me queda otra…?

Y como se sabe, la tristeza normalmente va sola. O bien, deja solo a quienes la padecen, volviéndolos asociales y cada vez más vueltos hacia sí mismos. Fue en este estado de cosas cuando a Baqué se le escapó de entre las manos lo que ya tenía prácticamente cerrado y por lo que tanto tanto se esforzó.

Claramente aquí, el defectuoso manejo emocional y sus negativas consecuencias para la persona.

Qué hacer para no llevar siempre las de perder

 

En la batalla entre razón y emoción no siempre podemos augurar un final feliz. De hecho, y tal como lo veíamos al comienzo, no se trata de convertirnos en autómatas insensibles sino más bien asumir que somos seres básicamente emocionales (los seis casos identifican a los instintos básicos) pero que no por ello debemos someternos lánguidamente a su dominio. El paso de la individualidad a la sociedad lo exigió en nuestra infancia y, debo decir que actualmente, solo progresarán quienes estén advertidos de esto y actúen en consecuencia.

Entendamos, en primer término, que tenemos la potestad de elegir nuestra manera de responder ante los estímulos. Es falso que si ocurre A, obligatoriamente debe suceder B. No es verdad que debo enojarme ante las injusticias, y mostrar mi enojo al mundo. Somos distintos a los otros mamíferos y justamente es nuestra humanidad la que posibilita la gestión eficaz de nuestras emociones. Cuando Goleman, en su archiconocido libro “La inteligencia emocional” nos revela las principales competencias a tener en cuenta, muestra una interesante guía para quien desee desandar este camino. Así, el Autoconocimiento, Autocontrol y Empatía (por citar tres de las 5) se vuelven claves para el entendimiento.

En principio, descubrir por qué hay determinadas cosas y no otras las que despiertan nuestra ira. Ejemplo: ¿por qué reaccionamos intempestivamente ante un empleado del súper que nos maltrata y no así con un automovilista que nos cruza de repente su vehículo, si en ambos casos estamos ante terceros que nos agreden?. O ¿por qué grito más ante determinados hechos cuando estoy con mi mujer al lado, que cuando estoy solo?

Comprender el trasfondo de estos fenómenos nos posibilitará una operatoria más eficaz sobre los mismos. Luego del autoconocimiento, dependerá de mí elegir aquella conducta que sea capaz de mostrar lo que siento, pero no por eso hostilizar a otro.

 

Finalmente, darnos cuenta que a los demás también le pasan cosas.

 

Que son humanos y como tales, falibles. Solo allí entenderemos el real concepto de la empatía.

1. Cuidado, no voy aquí a la cuestión moral de que está mal burlarse de la desgracia ajena sino más bien a elegir el momento para que ello ocurra. Para que se entienda: no es metier de este escrito pontificar respecto de la bondad o no de los sentimientos sino más bien de la necesidad de contener nuestros impulsos más primarios, en pos de lograr objetivos mayores.