Este año el Día Internacional de la Mujer se suma a un movimiento mundial sin precedentes por los derechos, la igualdad y la justicia de las mujeres.

Textos: Grupo de Cultura “Rosalía”, perteneciente al Centro Gallego de Santa Fe. Las ilustraciones y dibujos corresponden al escritor y pintor gallego Alfonso Daniel Castelao.

 

“Ahora es el momento: las activistas rurales y urbanas transforman la vida de las mujeres”.

 

Es una oportunidad para transformar este impulso movilizador en medidas para empoderar a las mismas de todos los entornos, rurales y urbanos y reconocer a las personas activistas que trabajan sin descanso para reivindicar sus derechos y conseguir que éstas desarrollen su pleno potencial. (ONU Mujeres).

 

El Grupo de Cultura “Rosalía” en adhesión a este movimiento mundial comparte con la sociedad santafesina la historia de la vida de mujeres gallegas en el contexto social y económico de los siglos XVIII- XIX.

 

Según un actual informe de la ONU las mujeres rurales constituyen más de una cuarta parte de la población mundial y la mayoría del 43 % de ellas forman la fuerza laboral agrícola mundial.

 

Estas mujeres cultivan las tierras y plantan semillas para alimentar a las naciones, garantizan la seguridad alimentaria de sus comunidades y generan resiliencia frente al clima. Sin embargo permanecen rezagadas frente a los derechos del hombre.

 

Comparando ese informe de ONU Mujeres con el trabajo que brindamos a nuestros lectores, la realidad de las mujeres hoy no ha cambiado sustancialmente.

Semblanza de la mujer gallega

 

Tomamos como base el trabajo de investigación realizado por Serrana Mercedes Rial García “Trabajo femenino y economía de subsistencia: el ejemplo de la Galicia moderna”. Y allí podemos, entre muchos otros conceptos, leer lo siguiente:

 

Durante la época moderna, las características estructurales de la agricultura gallega basada en la pequeña propiedad campesina, sostenida con mano de obra familiar, y la profunda integración entre reproducción, producción y consumo, convirtieron a las mujeres en el elemento central de las explotaciones familiares, aunque no resulte sencillo aproximarse con fidelidad a su enorme y diversificado esfuerzo laboral dado el silencio documental que suele acompañarlo.

 

Además, la temprana e intensa emigración masculina ensanchó las obligaciones familiares, sociales y económicas de las mujeres cuya situación legal no fue diferente de la del resto de la Corona de Castilla.

 

Envueltas en las estructuras jerárquicas de una sociedad patriarcal, pero no por ello víctimas pasivas de su destino, su trabajo, remunerado o no, desde el hogar al telar y desde el campo hasta el mar, se erigió en un modelo de empleo productivo esencial para la reproducción económica de la Galicia moderna.

La maternidad definía la vida de las mujeres y las ocupaba durante muchos años.

 

Tener hijos era un privilegio femenino, pero también era una carga, ya que la sucesión de alumbramientos en pésimas condiciones, de enfermedades postparto y de lactancias representaban para ellas un gran desgaste físico y una de las principales causas de mortalidad femenina. Sin duda, la lactancia asalariada se dio en Galicia durante la época Moderna, pero resulta imposible medir el alcance real de esta práctica. La mayoría de las mujeres amamantaban a sus hijos durante largos períodos de tiempo, de manera que al igual que en otras zonas todo tiende a indicar que se trató de una conducta restringida a los sectores más acomodados de la sociedad.

 

Los padres tenían una enorme responsabilidad en la formación de sus hijos y ejercían sobre ellos una prolongada tutela, porque el núcleo familiar era el escenario fundamental de la socialización de las personas y de su educación, escuela de aprendizaje para una vida adulta en la que los roles de hombres y mujeres eran muy diferentes. Dado que hijos e hijas van a constituir la principal fuerza de trabajo de las explotaciones familiares, su procreación y posterior crianza adquiere una importancia crucial para la economía familiar. Durante los primeros años de su vida lo habitual era que los niños se hallaran bajo el cuidado de sus madres, o de abuelas que liberaban así a las mujeres más jóvenes de la familia para que pudieran ocuparse de las duras faenas de la explotación. La importancia de estas figuras femeninas fue, y sigue siendo, vital para toda la organización familiar y social porque ellas eran las transmisoras de las tradiciones, del saber y del vivir cotidiano y de los primeros rudimentos religiosos. La mayoría de los niños no iba a la escuela.

Desde los seis o siete años los niños comenzaban a prepararse para la vida adulta y lo hacían, en esencia, aprendiendo de sus padres y trabajando en aquello que sus fuerzas y habilidades les iban permitiendo.

 

En las zonas pesqueras del litoral la formación infantil estaba claramente diferenciada por sexo, de manera que los niños se adiestraban en el conjunto de saberes que los futuros hombres de mar debían dominar, trabajando en barcos de familiares, o eran incluso enviados a aprender un oficio como la carpintería de ribera o la tonelería. Las niñas, por su parte, a las que esperaban en el futuro enormes responsabilidades en la economía de la familia, aprendían de sus propias madres y abuelas a tejer y reparar redes, a mariscar, o a salar y descargar el pescado que capturaban los hombres de la familia, y también aprendían a hacerse cargo de la explotación campesina y de la casa familiar. La mayor parte de los oficios desempeñados por las mujeres, dentro y fuera del hogar, se aprendían así, gracias a la imitación y el ejemplo y sin formación profesional, pero ello no quiere decir en modo alguno que no requirieran un conjunto de habilidades propias; eran, en realidad, la quintaesencia de la fusión de los ámbitos productivo, reproductivo y de consumo que configuraba el trabajo en la época preindustrial.

 

Historia y herencia

 

Si de cuidadoras e inculturadoras hablamos, tenemos que detenernos en las ancianas, que continuaban trabajando mientras sus fuerzas se lo permitían —al igual que los ancianos, obviamente, pero las mujeres vivían más—. Esta continuidad en el trabajo de los mayores era especialmente importante entre los campesinos, cuyas explotaciones dependían esencialmente de la mano de obra familiar.

 

Debido a que el trabajo de las mujeres en la sociedad preindustrial era casi imposible de definir y acotar porque ellas atendían la casa, criaban los hijos, trabajaban en el campo, hilaban y tejían, vendían los pequeños excedentes de la explotación, y además, con frecuencia, ejercían también algún trabajo remunerado, el concepto de retiro era para ellas casi irrelevante. Así, las ancianas se ocupaban de muchas de las tareas de la casa como el cuidado de los niños o el hilado del lino, con lo cual las mujeres jóvenes de la familia podían dedicarse a los trabajos más pesados y que requerían mayor fortaleza física. Es muy importante considerar, por otra parte, que en las sociedades tradicionales los ancianos eran considerados como los guardianes de la memoria y de las costumbres, como crónicas vivientes de las historias familiares y locales cuya preservación era vital para una sociedad predominantemente ágrafa. Ancianas experimentadas ayudaban a las parturientas a traer a sus hijos al mundo y eran estimadas como sanadoras y cuidadoras porque conocían los secretos de las hierbas medicinales. La edad, por tanto, es otro elemento muy importante para explicar la carga laboral de las mujeres, y aún debemos anotar que sus condiciones laborales estaban también marcadas por el tamaño y la estructura de las familias (nucleares, troncales, sin estructura, hogares de solitarias) y por las consiguientes formas de organización del trabajo en la unidad familiar.

 

Queremos cerrar este humilde y cálido homenaje con las palabras del P. Sarmiento: “En Galicia hay tres clases de mujeres. La primera es la de las señoras y semi-señoras que o guardan el estado o salen poco de casa. La segunda, de las de la plaza y calle, y que llaman mozas de cántaro. La tercera de las rústicas y aldeanas que siempre andan en el campo si son de tierra adentro, y si son de puertos de mar alternan en el campo y en los arenales […] Las terceras componen la multitud o por mejor decir la infinidad de las gallegas”.