A 445 años de la fundación de Santa Fe esta novela histórica reconstruye imaginariamente de manera pasional y lírica la conquista española del Río de la Plata.

Textos. Prof. Martín Duarte

martinm_duarte@hotmail.com

 

En 2014, se produce mi reencuentro con la novela “Río de las congojas” de Libertad Demitrópulos; aparece en una colección dirigida por Ricardo Piglia: “Serie del recienvenido” del F.C.E. Literariamente, viajo a la flamante ciudad fundada por Garay hace 445 años.

Así justifica Piglia la inclusión de Demitrópulos en esta serie: “A pesar de nuestra pobre historia colonial -o a causa de ella- la literatura argentina puede jactarse de tres obras maestras que reconstruyen imaginariamente la conquista española del Río de la Plata. ‘Río de las congojas’ de Libertad Demitrópulos es una de ellas -quizá la más pasional y la más lírica-; las otras dos, inolvidables, son ‘Zama’ de Antonio Di Benedetto y ‘El entenado’ de Juan José Saer. Las tres forman una suerte de inesperada trilogía y se instalan en un territorio fantasmal, que está en el principio de nuestra memoria histórica, delimitado por Buenos Aires, Asunción y Santa Fe”.

Según Piglia, esta ficción responde -a su manera- las preguntas del poema de Brecht: “¿Quién construyó Tebas, la de las siete Puertas? En los libros aparecen los nombres de los reyes. ¿Arrastraron los reyes los bloques de piedra?” Es decir: ¿Quiénes acompañan a Garay en su aventura fluvial y fundadora de ciudades? ¿Quiénes habitan el primer emplazamiento de Santa Fe? ¿Qué amores, odios, negocios, amistades, muertes, duelos, risas y lágrimas poblaron ese primer emplazamiento e inundaron el cauce del río?

En idas y vueltas temporales que el lector atento debe navegar y desenmarañar, la novela está construida como una polifonía que se arremolina en torno a Juan de Garay y su ciudad. A la manera de lo que sucede con la casa de Vera Muxica en el Parque Arqueológico de Cayastá, el lector está invitado a meterse en la ficción y fricción cotidiana de los vecinos que conviven a la vera del río Quiloazas.

Como si deambuláramos por las calles de la antigua localidad, se oye un parloteo superpuesto de voces que nos murmuran escenas de la vida privada; nos anoticiamos de los cruciales chismes de “pueblo chico” que a los documentos historiográficos no les incumben. La Vieja población se yergue de sus ruinas mirando con estupor a los que la abandonan allí por otra más joven; observa con asombro a los que la despojan de su nombre y lo emplazan en otro sitio “mejor”.
Un poema extenso de Yannis Ritsos funciona como epígrafe y advertencia de tiempos tumultuosos: “Conviene que guardemos a nuestros muertos y su/ fuerza, no sea que alguna vez/nuestros enemigos los desentierren y se los lleven consigo. Y entonces/ sin su protección nuestro peligro iba a ser doble.” ¿Por qué no cobijar a nuestros difuntos dentro de nosotros mismos? ¿Dónde resguardar los restos de nuestros ancestros para que no sean profanados por nadie? “Nadie” nos incluye: “tal como se han puesto las cosas en nuestros tiempos…” convendría “que ni siquiera nosotros sepamos dónde yacen”.

Todo empieza por el “final”: el éxodo de los pioneros santafesinos. La primera voz que surge es la del anciano criollo Blas de Acuña: “Yo me quedé a acompañar a mis muertos, que no me dan las ganas de seguir, ni las piernas, además. De tener menos años, un suponer, los hubiera secundado en tamaña locura (…) Cuando llegué aquí, con Garay, yo era un mozalbete comedido y me vine sobre las aguas del río, que no soy de los que andan sobre la tierra (…) Veinte veces los timbúes me quemaron la casa, otras veinte la he vuelto a levantar. Los timbúes o, más propiamente, una nación que se llama quiloazas y también calchines. Siempre he dado batalla y ahora que ellos se van yendo me preparo para la última (…) Bajé de La Asunción con Juan de Garay y una runfla de mozos como yo: mestizos. El río a la vera estaba, el río ahí sigue estando”.

Este mestizo testimonia la mudanza: “Sobre los bueyes cargaron a sus muertos que desenterraron de la iglesia y del camposanto; en los carros metieron a sus mujeres y sus hijos (…) Dejaron esa puerca plaza donde todavía lastiman los oídos las voces de los siete jefes ajusticiados (…) Locos. Están locos (…) Dicen que aquí queda el infierno. ¿Ónde se ha visto un infierno alegrado por un río?”.

Acuña, testigo preferencial de la Rebelión de los 7 jefes y de su posterior ejecución, cuenta: “…la plaza se llenó de sangre. No de sangre india, sino de la nuestra. Aprendí el ‘sí, señor’ y el ‘mande, su mercé’, desparramándolo de la boca entre sonrisas. En cambio el Lázaro… ¿Y qué queda ahora del Lázaro de Venialvo sino las meras cenizas? (…) Traicionar, traicionó Cristóbal de Arévalo, el peor de los traidores (…) El pobre Lázaro no malició. Aquí, después, lo descabezaron y descuartizaron a puro potro, junto con los otros bastardos que ambicionaban mando y extensión”.

En la novela se deja entrever que Garay enciende la mecha de la rebelión desde la mismísima partida de Asunción ya que promete propiedades y mando que no está dispuesto a ceder: “¿Quiénes creéis que sois? ¡Hala! Que se os suben los humos mocitos.

¿Olvidáis que sois bastardos? (…) El jefe soy yo, que vosotros venís en esta travesía por harta necesidad. ¿Acaso traéis blanca, duros, blasones? Ni siquiera sois españoles… ¡Hala! Que me estáis hartando, ambiciosos…” En la misma dirección: “Al mestizo -decía Garay- tenerlo aislado; rezo suficiente; nada de cantar ni fumar ni holgar. Un día, pasados muchos años -seguía diciendo-, en pago adjudicarle una poca de tierra, la más árida y seca, bien retirada de la plaza y del centro de la ciudad. Y si protestan quitársela. Sin amenazan, prenderlos. Si revolucionan, colgarlos (…) Esta raza puede conmovernos y hacernos tambalear. Infame engendro de la desesperación”.

Sentencia Blas de Acuña: “¡Gallegos infernales! No tenían su madre india como nosotros y no les pesaba de afrentar a sus mediohermanos (…) El mestizaje no es únicamente un alboroto de sangre”. Para él se hace justicia con la muerte del Hombre del Brazo Fuerte en manos de los indios. Lo celebra secretamente.

Blas odia al fundador. Lo odia como otros: “En cien años los he visto, uno por uno, morir puteando a Garay, que ya no podía escucharlos, y era por la indiferencia de los barcos que pasaban de largo por aquí, cargados de mercadería, hacia el puerto de la ciudad del Buen Aire. Sentían como una afrenta del vizcaíno que nos había traído de La Asunción, en nombre de Dios y de su San Santiago guerrero, para dejarnos después en el camino del río, y haciendo cruz con la tierra adentro, a guardarle las espaldas a su ciudad predilecta”.

Pero por encima de todo, Blas odia a Garay porque ambos desean a la misma mujer: María Muratore, la amante del jefe, la hija de nadie, la señalada como “meretriz”, la luchadora incansable que termina por ocultarse -infructuosamente- tras las ropas de un hombre (cambia su identidad) para sobrevivir.

Esa pasión es la perdición de Acuña: ata su vida a María; ciega su corazón; se niega a abandonar Santa Fe porque allí descansa el cuerpo de su querida “muertecita”.

El río lo sabe todo: “¿Este es un río o una persona de lomo divino, o es una fuerza que se le ha escapado de las manos a Tupasy, madre de Dios, o a Ilaj, o a mis ojos que ya no pueden espejar la tanteza de su cuerpo sin cuerpo?” El río acarrea las angustias, arrastra y arrasa la ciudad. La inunda, la sepulta, se la traga y escupe a los habitantes a otro nuevo sitio donde refundar esperanzas: “río tragahombres, más negro que nunca, río de las congojas, enemigo del amor”.

En forzada síntesis, la novela exige que el lector se convierta en un navegante que recorre un cauce tumultuoso de palabras desde su origen hasta su desembocadura y viceversa; que se sea un buceador de la historia latinoamericana; que encastre las piezas de un rompecabezas donde un cardumen de voces confluyen en el correntoso río de las congojas y -por supuesto- de los acongojados.