A veces la solución no es irse sino cambiar la forma de quedarse


Por Lucila Cordoneda

Nos sentimos asfixiadas, presionadas, no valoradas y todo lo que se les ocurra asociado a una situación, por lo menos incómoda.

Pareja, trabajo, amigos y cualquier relación a la que nos encontremos atadas, pueden generarnos estas y otras muchas sensaciones poco dichosas.

Presiones, respuestas que deben darse inmediatamente, cuestionamientos prepotentes y hasta agresiones y violencia en cualquiera de sus formas pasan, a formar parte de nuestro mundo de un modo tan sutil como atroz.

¿En qué momento sucedió?

¿En qué momento pasamos a naturalizar malos tratos, disparadas a lo «llame ya» para apagar uno o varios incendios?

¿En qué momento nos convertimos en el «multiuso a gatillo» al que todos recurren para quitar lo sucio y luego desechar en una alacena vieja?

¿En qué momento comenzamos a querernos menos para pasar a sostenernos a pedazos en una rutina extraña y aplastante?

No lo sé querida Mal Aprendida mía.

No lo sé.

Lo que sí sé, es que son muchas las concurridas soledades que nos vapulean a su antojo.

Y, lo que también sé, es que en varias de ellas, en más de las deseadas supongo, las salidas posibles se desvanecen en nuestras narices.

Y en otras cuando logramos hacerlo el tiempo que necesitamos para recuperarnos no parece ser ni suficiente ni posible.

Alguien me dijo el otro día: «hay un mal de época… el de permanecer en los lugares, aún estando absolutamente en desacuerdo o disconformes».

Y creo que sí.

¿A qué responde?

Tampoco puedo saberlo.

¿A qué es tan apabullante lo que nos sucede que entonces nos supera e inhabilita?

Puede ser.

¿A qué de esa manera tenemos asegurado un lugar catártico, al que vamos, descargamos alivianamos, sin que nada nos sea exigido a cambio y mucho menos abordado seria y profundamente?

Permítanme decirles que, por puro observadora de la propia especie, me quedo más con lo último.

Porque de eso parecería tratarse todo este tole tole de la vida, de seguir para adelante como si nada pasara.

Gritamos, despotricamos, rompemos en llanto pero de ir al hueso e intentar cambiar la realidad en serio, nada de nada.

«No soy feliz», «esta relación me está debilitando cada vez más», «el trabajo se está volviendo insoportable», «fulano o mengano son tóxicos», «tal persona no me suma nada y me hace mucho daño» y bla bla bla.

Lo impresionante y tan humano como inexplicable es que, teniendo un diagnóstico bastante claro de lo que provoca el mal, nos sea tan difícil atacarlo.

Entonces, si quedarnos parece ser la única opción posible, pues hagámoslo de otro modo.

Hagamos de esa permanencia una opción más amable y soportable, para nosotros y para el resto.

Irnos no es una posibilidad, pues bien, entonces cambiemos la forma de quedarnos.

Quién te dice, por ahí resulta y hasta logramos advertir que, en realidad no era tan malo y que lo que no estaba funcionando era la manera en que estábamos encarando la cosa.

Cambiá vos, intentá tomar distancia, no hacerlo personal, salite del embrollo.

Por ahí si la amenaza no cesa, si la tormenta no amaina, lográs verte con más claridad, reconocerte y hasta volver a quererte.

Porque resulta que al final de cuentas, estamos ahí, y lo único que no va a cambiar es lo que somos y solo nos estaba haciendo falta recordárnoslo.

«Uno es el paraíso. Que no te roben eso».

Vicente Luy

Previo Higiene y limpieza
Siguiente Aloe Vera