Al caminar diariamente por algunos barrios de la ciudad, nos envolvemos con un paisaje artificial construido, cimentado sobre bases sólidas de pensamientos que dieron forma a su estructura.

Textos y fotos: Lic. Manuel Eduardo Canale.

 

La arquitectura doméstica da seguridad y albergue a sus propietarios que muchas veces, los vieron nacer. En otros casos, adquiridas con un sentimiento de naciente núcleo familiar y, a veces, como hábitat con vencimiento de contratos.

 

Existen otros tipos arquitectónicos, recreativos, que por lo general se vinculan con los vecinos de cada barrio: uno es el club, el otro, el cine.

 

Desde las primeras décadas del siglo XX, las salas cinematográficas se erigen como una necesidad de modelar los modos de entretenimientos de toda la estructura familiar: la matiné para los más pequeños, las tardes para las familias nucleares y, por las noches, las películas destinadas a los más grandes, parejas de recién casados o los noviazgos permitidos sin asistencia de un hermano menor o mamás que los acompañen. Es así que los cines de la ciudad comenzaron a germinar por el amplio entramado de calles, muchas de ellas recién abiertas. Uno de ellos se construye en pleno barrio Roma.

Un poco de historia

 

El 4 de diciembre de 1925 el Popular cine Avenida se inauguraba en pleno barrio Roma, ubicado en avenida Freyre 470-472 (ahora 2551). Esta sala, ubicada en el oeste de la ciudad, contaba con una máquina de fabricación alemana Hann Goerz a lámpara a espejos parabólicos y lentes extra luminosos, la misma trabajaba a luz fría, logrando mayor brillo en la proyección sobre la pantalla. La sala fue un adelanto edilicio para el barrio, importante para el público popular, de donde se desprende su nombre completo: Popular cine Avenida, ubicado en la zona oeste que avanzaba y progresaba. Los propietarios del local fueron los señores Aprile y Danna y la empresa arrendataria el señor Leandro Martín y Cía. La sala fue inaugurada a las 18 hs. con la presencia de autoridades provinciales. En dicho acto intervino la orquesta típica Jazz Band, dirigida por el maestro De Dominiccis, integrada por 2 bandoneones, 2 violines, flauta, batería, violoncello y piano, ejecutando para la ocasión música criolla y jazz. La función inaugural se llevó a cabo a las 21.

 

Durante 92 años permaneció como testigo inmutable del crecimiento de la barriada, de varias generaciones de familias, hasta del transitar de los tranvías. Sus paredes fueron testigos de los sentimientos y las emociones que cada día, por más de 50 años, palpitaban los vecinos que esperaban sentados en sus butacas como sus vidas se transformaban a partir de los diálogos de los actores y los paisajes de los lugares lejanos e inimaginables.

 

Su espacio no sólo fue sala de proyecciones. Con el advenimiento de los nuevos modos de entretenerse, como el televisor o la videocasetera, la concurrencia fue en detrimento. En los últimos años las butacas fueron reemplazadas por las góndolas de un supermercado y, antes de que sus puertas cierren definitivamente, un pelotero dio lugar al amplio espacio de la sala. Aún recuerdo que ahí festejé uno de los cumpleaños de mi hija, donde una calesita alternaba con los juegos que habilitaban al entretenimiento inocente de sus amigos.

 

De pronto su hidalguía cedió ante la impericia que permitió que una estructura noble caiga en desgracia. Hace tres años el tanque de agua estuvo perdiendo durante tres meses, una catarata se desplazaba desde la cornisa y por entre las molduras, hasta llegar al balcón y de ahí daba saltos hacia la vereda, escurriéndose entre las baldosas hasta el cordón. Esta imagen se repitió aún ante el pedido a las instituciones encargadas de tomar las medidas necesarias para evitarlo.

 

El viernes 4 de septiembre del 2015 vino la estocada mortal, que preanunciaba su final: un incendio consumió parte de su primer piso, otrora sala de proyecciones. El edificio ya se encontraba desocupado desde hacía varios años y fue usurpado en reiteradas oportunidades, procurando reparo para aquellos que no tenían un espacio para pernoctar. Un colchón y un cigarrillo no siempre conjugan un resultado positivo.

 

En realidad, no fue ni el agua ni el fuego lo que lo hizo tambalear, sino la negligencia y la impericia humana lo que lo llevó a su demolición. Estos son los momentos donde uno se pregunta sobre el accionar de los encargados de velar por el patrimonio de la ciudad, sobre aquellos individuos que ejecutan las determinaciones referidas al cambio del paisaje arquitectónico.

 

Veamos… ¿Qué se perdió? Un edificio que otorgaba identidad al barrio Roma, una línea arquitectónica ecléctica, única en la ciudad, ya que el edificio se encontraba dentro de una cuadra con características irrepetibles, debido a que el conjunto de estructuras, de esos cien metros, mantenían una unidad con elementos característicos de Santa Fe de la década del 20 y 30 del siglo XX, un elemento que jerarquizaba Av. Freyre y, lo más importante, la memoria sobre la cual se apoya la construcción colectiva de la barriada.

En vinculación con las valoraciones

 

Como enunciara en otros escritos en referencia a las salas cinematográficas, se dejó de lado las diferentes valoraciones, es decir, el valor urbanístico, el cual consiste en la relación que se establece con los edificios linderos y con el paisaje urbano dentro del cual se encontraba. También, el valor arquitectónico, es decir, los componentes construidos requieren de una reflexión e interpretación general a partir del estudio no sólo de la fachada, sino del complejo edilicio. Cabe aclarar que algunas cuestiones a tener en consideración a la hora de asignarles una valoración arquitectónica, son las referidas a los materiales, a los sistemas de construcción y a sus componentes (cimientos, muros, cubiertas, instalaciones) que permitieron llevar adelante la construcción de la sala. Por su parte, el valor singular se encuentra estrechamente vinculado al valor arquitectónico que hace referencia a las características del diseño y a los componentes expresivos como los ornatos y acabados, pinturas, herrería, carpintería, yesos y revestimientos. Así, entonces, el valor socio – cultural está estrechamente vinculado con el aspecto funcional, con los usos y costumbres que han hecho que aún hoy se la recuerde por todos los que han tenido la oportunidad de asistir a espectáculos no sólo cinematográficos, sino también teatrales o de otra índole.

 

Como siempre, prevalece el valor económico. Veremos que genialidad arquitectónica lo reemplazará y provocará en el vecindario un sentido de pertenencia como lo tuvo el cine Avenida.

 

Estoy totalmente de acuerdo que los espacios no deben congelarse. Una ciudad se reconstruye sobre los cimientos pasados de historias cargadas de emociones o vínculos personales pero, a veces, hay que darle oportunidades a lo construido, adaptarlo a los nuevos requerimientos de los tiempos que corren: esta sala no tuvo ninguna oportunidad.

 

Un edificio no tiene vida, pero ellos forman parte de la vida de las personas. Desde que nacemos moldeamos nuestro entorno de acuerdo a las necesidades que se nos presentan. La cocina es el espacio para las charlas familiares que recuerdan las anécdotas del día o para compartir alegrías o tristezas, la cancha de básquet es el momento compartido, el juego que alimenta al cuerpo de energía, la sala de cine es ese momento donde tomamos prestada la vida de lo que se nos presenta ante nuestros ojos, nos evade de todo lo que existe a nuestro alrededor y nos permite soñar con lo imposible.

 

Lamentablemente, el “Popular Cine Avenida” sólo se conservará en la memoria de la comunidad del barrio Roma.