“Al borde”, el fabuloso síndrome Stendhal


El libro de la santafesina Silvia Costa Bosco, editado por Taurus, presenta una rica serie de cuentos donde lo fantástico y lo transparentemente realista se desplazan por distintas, sinuosas cumbres, siempre ajustados a minuciosos mecanismos narrativos.

Textos: Enrique Butti.

Contra las compilaciones de cuentos populares, contra el “Decamerón” y “Las 1001 Noches”, contra Poe, Chejov y Maupassant, contra Borges y Cortazar, catedráticos y editoriales nos imponen ahora la férrea consigna de que los libros de cuentos deben ser uniformes, homogéneos y en lo posible moverse dentro de los márgenes del minimalismo. Por suerte hay cuentistas como Silvia Costa Bosco que saben sortear esta ola y prefieren escribir libros en los cuales lo imprevisto no está ausente ni siquiera en el intervalo entre un relato y otro, creando un temerario salto en el vacío al pasar del mundo construido en un cuento al que nos espera al dar vuelta la página. Que entre ellos persista eso que llamamos el estilo de un autor no veda que la variedad de los cuentos de un mismo libro nos recuerde el gran cosmos que encierra cada individuo y cada escritor. Eso que llamamos estilo de un autor, su firma, es una fatalidad, y los grandes artistas, más que buscarlo han tratado y tratan de escapar de él.

“Al borde”, de la santafesina Silvia Costa Bosco, editado por Taurus, presenta una rica serie de cuentos donde lo fantástico y lo transparentemente realista se desplazan por distintas, sinuosas cumbres, siempre ajustados a minuciosos mecanismos narrativos. Y siempre ­de ahí el título general, que no corresponde al de ninguno de los cuentos­ “al borde”, en el precario equilibrio en el cual la realidad se sostiene sobre abismos aterradores, con sus monstruos ancestrales, traidores, vampiros y fantasmas varios.

Como lo exige la tradición, estos cuentos de Costa Bosco están poblados de personajes netamente delineados, cargados de sucesos articulados bajo la imposición de lo admirable , pero hay también siempre una señal o guiño que nos indica el estadio temporal de su génesis. Esa señal corresponde al gran aporte que los grandes cuentistas de nuestro tiempo están tributando al género, y que consiste (desde Henry James y las combinaciones para descifrar la verdadera “figura en el tapiz” que diseña cada obra) en la inclusión dentro del cuento mismo de la doctrina o apología o filosofía que fuera que lo gobierna y conduce. A su manera cada cuento incluye entonces la teoría que lo discierne.

Hay así en “Al borde” una historia que alguien narra a sus compañeros reunidos para estudiar la materia Psiquiatría, y su narración resulta un vertiginoso sucederse de cajas chinas en las que cada nuevo personaje presenta otro punto de vista, centrado finalmente en un viejo cuadro, una vieja pintura que influye sobre la realidad tanto como la realidad modifica esa misma vieja pintura. El diagnóstico que pronuncia uno de los oidores del relato dará una clave para iluminar en retroactivo el enloquecedor laberinto que recorrimos. Y ese diagnóstico apunta al Síndrome de Stendhal, un conjunto de síntomas (vértigo, éxtasis, desasosiego, pánico) que el autor de “Rojo y Negro” describió al “padecer” la acumulación de belleza durante su visita a Florencia. Y Costa Bosco da incluso una vuelta de tuerca a extraordinarios cuentos contemporáneos sobre el tema, como “La Veneciana”, de Nabokov, o “Cómo se salvó Wang-Fo”, de Yourcenar.

En otros cuentos de este libro son los entrecruzamientos narrativos, las citaciones e intertextualidades , siempre “al borde” de lo imposible y a menudo con un buen despliegue de humor negro, los medios que nuestro tiempo ha encontrado para repetir el trance artístico. Un trance, el Síndrome de Stendhal, que podrían esgrimir los defensores de la ficción sin relato o del arte concentual, VIP y sucedáneos iconoclastas: jamás sus fruidores podrán ser atacados por tales síntomas.

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