Amor sencillo


Por Lucila Cordoneda

Cuando era niña, me fascinaba mirar a mi abuela mientras colgaba la ropa en la soga, para que se secara al sol. Lo que para ella era tedio, rutina… para mi era hipnosis, pura magia, creo.


Sus manos ágiles y huesudas colocaban broches, sacudían, estiraban, besaban.


Ese pequeño acto cotidiano obligado y en exceso sencillo, era en su bonhomía, puro gesto de amor. Si hasta parecía que el mismísimo sol celebraba el encuentro, blanqueando, abrazando , danzando a la par de ese raído ajuar, de ese trocito de historia zurcida.


Creo, sin temor a equivocarme, que cada jornada lleva en si misma, alguna historia de estas, algun capítulo de amor sencillo.


Vamos, venimos, reímos, nos emocionamos, nos enojamos, todo eso en ese orden y desorden cotidiano. Cada día es un vaivén de emociones profundas, de fugacidades casi imperceptibles que horadan y se hacen sentir. Cada día se cuece en caldo de amores y desamores que parecen hacernos desfallecer y en un soplo imperceptible nos ponen de pie, tan velozmente como nos agobiaron y hundieron en la desazón.


Cada día es eso, una historia de amor sencillo, de esos que por puro comunes parecen no merecer el privilegio de ser recordados y contados.

Son esos relatos que nos conectan con lo vital, que nos mantienen alertas, que parecen hacerse presentes para recordarnos una y mil veces más que acá estamos y qué hay que salir a “bancar la parada”.


Cada día es domingo, dice una canción por ahí. Porque cada día es celebración, es reparo del afuera, es nostalgia de tardecita y es mañana de mates en la cama.


Domingo de lluvia, domingo de pelis, de mesa larga, de visitas esperadas y de encuentros esporádicos. Es domingo de “solos”, de vigilia, de baile.


Cada día es domingo, de amores sencillos, de vida que vuelve, se repite y te reclama.


En días que parecen ser solo eso, simples días, amo ponerme de cara al sol, creo que en el fondo, busco sin más, el abrazo, el calor, la caricia vital, el remiendo.

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