Con una alta cuota de humor, mucho histrionismo, una apuesta por el clima festivo y alejado de cualquier prejuicio en cuanto a la manera en que será juzgado por los puristas del género, el violinista André Rieu culminó anoche una serie de cuatro shows en el estadio Arena, de Santiago de Chile, que promete llevar a la Argentina para octubre del año próximo.

 

El músico holandés, que se caracteriza por hacer de la música clásica un fenómeno masivo, se presentó junto a la Johan Strauss Orchestra, la formación de alrededor de 70 integrantes que dirige desde hace 30 años, en un concierto en el que mezcló clásicos vals con melodías populares.

 

Si bien Rieu es famoso por sus interpretaciones para las grandes masas de las composiciones de Strauss, también logra llevar hacia su terreno clásicos populares de lo más variado como “Cielito lindo”, “Hava Naguila”, “Hallelujah”, de Leonard Cohen, o el “Tutti Frutti” de Little Richard.

 

Pero además, sus presentaciones se caracterizan por el colorido ropaje de época que usan los integrantes de su orquesta, sus recurrentes gags, sus movimientos coreográficos, y la grandilocuencia de su estilo musical.

 

A lo largo de tres horas de show, Rieu contó además con la complicidad de un público, compuesto anoche por unas 10.000 personas, que celebró cada uno de sus pasos y hasta se animó a participar activamente del concierto, con palmas, silbidos y pasos de baile.

 

En este sentido, el final del show se asemejó bastante a un cumpleaños de 15 o a una tradicional fiesta de casamiento, en donde se bailó el “Danubio azul”, le siguió un popurrí similar a un carnaval carioca, se soltaron globos y hasta se brindó con champán arriba del escenario.

 

Obsesionado con la puntualidad, al punto de retar desde el escenario al público que llegaba una vez comenzado el show, el violinista arrancó a las 21 su presentación, que se caracterizó en un principio por sus narraciones de la historia de la orquesta, para lo cual contó con una traductora en escena, a las que iba intercalando los temas musicales de su repertorio.

 

“Nosotros venimos desde Holanda y llegamos a tiempo”, reprochó el músico a los impuntuales, en una de las tantas maneras que tiene de generar un gran ida y vuelta con sus seguidores, a los que incluso endulzó con el tradicional elogio de estar frente “al mejor público del mundo”, en un tono que burlaba su propia demagogia.

 

En ese contexto, cuyo gran objetivo es descontracturar lo que sería un concierto de música clásica, Rieu hace desfilar por el escenario algunos instrumentos poco convencionales para el género, como un acordeón, del mismo modo que genera una interacción con sus dirigidos, quienes también saben asumir sus pasos de comedia.

 

Casi como una gran metáfora de estas actitudes, Rieu no interpreta ningún solo de violín en todo el concierto y las pocas partes solistas que aparecen suelen estar al servicio de algún gag humorístico.

 

En cambio, el violinista asume el rol de gran bastonero de una orquesta que se mueve con comodidad, sin mayores riesgos, en composiciones como el “Vals de los Bosques de Viena”, en donde, al igual que en la versión del “Bolero”, de Maurice Ravel, destila una precisión de relojería.

 

Las partes cantadas son asumidas por tres tenores y tres sopranos, quienes también alternan partes solistas, en canciones más populares como “Somewhere over the rainbow”, “Piensa en mí”, de la ópera “El Fantasma de la Ópera”, o “Madame Butterfly”.

 

Mientras todo esto ocurría, de fondo, podían verse unas obvias gráficas que podían proyectar un salón de una corte medieval, un anochecer, cuando lo que sonaba era un nocturne, las costas meditarráneas o las estepas rusas, de acuerdo a lo que se oía en el concierto.

 

El final fue a pura fiesta con el “Danubio azul”, al que presentó como “el vals de todos los valses”, y la seguidilla que incluyó los ya mencionados “Tutti Frutti”, “Hallelujah” con su toque obvio emotivo, y “Cant help falling in love”, entre otros.

 

La celebrada presencia en el cierre de la orquesta de Carabineros, a pocos días de una nueva represión de esta fuerza a estudiantes, fue el broche de oro de una velada en la que, con gran efectividad, Rieu logró su cometido: que el público se retire con rostros felices de satisfacción.

 

“Manden a sus hijos a un coro. Cantar juntos hace feliz”, había recomendado poco antes y la manera en se produjo la desconcentración del estadio pareciera haberle dado la razón.