Antofagasta de la Sierra, tierra de volcanes y paisajes sublimes


Ubicado en la provincia de Catamarca, este destino ofrece entre otros atractivos el Campo de Piedra Pómez, un lugar único en toda la geografía mundial.
Textos y fotos. Juan Chiummiento.

Dos años antes que estalle la Guerra de Malvinas, un grupo de expedicionarios ingleses se instalaron en un poblado de la puna catamarqueña para explorar los secretos del volcán Galán. Poco sabemos del resultado de su investigación -que quedó trunca luego del tristemente célebre “si quieren venir que vengan”-, pero las huellas dejadas por sus Land Rover permiten hoy disfrutar de cerca la belleza del volcán, que ostenta el título de tener el cráter más grande del mundo.


Quien cuenta la historia es Secondino, nacido y criado en Antofagasta de la Sierra, utilizada como base para recorrer un extenso territorio en el que se suceden volcanes, salares, cerros y lagunas, mezclados con una fauna autóctona que incluye vicuñas, llamas, pumas y flamencos.


“Se instalaron con sus carpas en uno de los potreros, donde hoy está la escuela secundaria. Con sus camionetas fueron marcando los caminos que nosotros ya recorríamos a pie o a lomo de mula”, cuenta este hombre de 55 años, uno de los primeros en convertirse en guías de la zona, cuando el turismo empezó a llegar en la década del 90. Hoy tiene su agencia en la ciudad de Belén y maneja su propia flota de 4×4, único vehículo capaz de trajinar los caminos que salen hacia los principales atractivos de la zona.


Además del volcán Galán, muchos llegan a esta región tentados por conocer el Campo de Piedra Pómez, un paisaje natural que no registra antecedentes en otras latitudes. Bien podría servir de escenografía para alguna película del espacio, porque deambular entre sus formaciones es lo más parecido a caminar en la luna: sus 76.000 hectáreas están moldeadas por antiguas erupciones volcánicas y su posterior erosión. El lugar está declarado como Área Natural Protegida, aunque su protección es insuficiente: “Hace poco nombraron cinco guardaparques, pero la verdad que ni aparecen”, cuenta el chófer. La cabina de vigilancia ubicada en la entrada está vacía y no hay signos de que haya habido alguien en el último tiempo.


Itinerario
Para llegar a Antofagasta de la Sierra es necesario desviarse 222 kilómetros desde la mítica ruta 40, a la altura de El Eje. Luego de recorrer un camino mayoritariamente asfaltado se llega hasta este poblado de 1.400 habitantes, donde el turista puede encontrar todas las facilidades. Desde alojamientos en casas de familia hasta hosterías, la localidad ofrece también tiendas de artesanías, agencias de turismo y pequeñas despensas. Los principales circuitos son tres. Todos inician y culminan en el mismo punto y tienen una duración aproximada de 10 horas cada uno.


El que incluye la visita al Campo de Piedra Pómez es el que se recomienda para hacer en la primera jornada, ya que es el más corto y el que está a menor altura, por lo que puede ser bueno para ir aclimatándose al lugar. Desde la localidad de Antofagasta de la Sierra se sale hacia el sur por la ruta provincial 43, hasta una salida que ya anticipa lo que vendrá: un camino de tierra que se aproxima hacia la zona del Carachi Pampa, uno de los 233 volcanes que vigilan la región. A partir de allí el asfalto será una cuestión del pasado hasta nuestro regreso a casa.


Tras media hora de recorrido se llega hasta una laguna cuidada por algunos ejemplares de flamencos. El panorama incluye también montañas de colores y un agua rojiza por los minerales que componen la base del espejo de agua. Aparecen también algunos amarillos, resultado del azufre disperso en el área.


El vehículo vuelve a poner primera y enfila hacia un gran mar blanco que se ve a lo lejos. El Campo de Piedra Pómez espera. La visita dura lo que el visitante esté dispuesto a recorrer. El lugar es inmenso y no alcanzarían los días para visitar cada rincón.


La salida es a través de el poblado de El Peñón, donde también es posible dormir y probar algún plato tradicional, como tortilla de quinoa o algún corte de llama.


Un salar con mucho para contar
El segundo circuito tiene como principal atractivo inmergerse en el Salar de Antofalla, que se extiende por 163 kilómetros en una estrecha cubeta a lo largo, desde el suroeste hasta el noreste.


El camino hasta allí es nuevamente un sueño hecho realidad, con cerros de colores que se suceden en los cuatro puntos cardinales, tropillas de llamas que posan como modelos y vistas inigualables de la Cordillera de los Andes.


Al mediodía se arriba al pueblo de Antofalla, que tiene la particularidad de ser gobernada por la comunidad originaria “Kolla Atacameña”. Se puede comer allí en alguna de las casas que aún sobreviven al paso del tiempo, lo mismo que visitar la pequeña iglesia, que data de 1937.


Las aguas escorrentía de Antofalla han formado un cono de deyección con forma de abanico casi perfecto al borde del salar, que espera firme para ser fotografiado luego del almuerzo. También se destacan los “Ojos de campo”, géiseres apagados que hacen recordar a los famosos cenotes mexicanos.


Estos espejos de agua tienen la particularidad de alojar microorganismos llamados “Estromatolitos de la Puna”, los cuales viven en condiciones que recrean a las de la Tierra de hace 3.400 millones de años.


En la boca del volcán
La historia también forma parte importante del tercero de los recorridos, que si bien posee como principal atractivo meterse dentro del cráter del volcán Galán tiene como primera parada el sitio denominado “Campo Las Tobas”, donde se observan petroglifos sobre planchones de roca toba, a 3.700 metros sobre el nivel del mar.


Las marcas son una huella de la vida en el lugar hace 1.500 años, cuando la zona era un obligado paso para el comercio entre los valles y la zona cordillerana. El lugar fue declarado Monumento histórico nacional en 1997.


De todos los circuitos, éste es el que requiere a conductores más experimentados. Además de las variadas alturas, los pisos donde se asienta el camino cambian su fisonomía de manera constante. El vehículo debe atravesar ríos congelados, planchas de hielo y un estrecho entre paredes rocosas a las que no se atreve cualquiera.


Cuando el reloj comienza a acercarse al mediodía la puna nos regala una de sus mejores imágenes: la vista hacia la laguna Diamante, ubicada en la boca misma del volcán Galán.


La 4×4 acelera y no solo estamos dentro del cráter y a pasos del agua, sino en un sector que se conoce como “Las fumarolas”, donde el calor de la tierra profunda se hace presente de cuerpo y forma.


El último punto del itinerario no es menos atractivo: la laguna Grande. Allí nuevamente nos encontramos con cientos (¿miles?) de flamencos rosados que van llegando a medida que la temperatura va en aumento. Cuentan los lugareños que en pleno verano el agua parece transformar su color por la invasión masiva de estas aves, que a fuerza de su belleza se transforman en las modelos perfectas para la foto final del recorrido.

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