La historia es real y, como el asesinato de los integrantes de la familia de franceses Lefébre en la colonia San Carlos en 1869, también esta otra historia espeluznante de 1872 amenazó con desmantelar la política inmigratoria en la Argentina de aquellos años.

Por Enrique Butti

 

En 1871, desde Azul llega, para afincarse en Tandil, Gerónimo Solané, un curandero de unos 50 años, alto, morocho, barba blanca y cabello largo, de origen y pasado inciertos, zambo chileno se presume. Carismático, visionario, predicador, su fama se expandió de inmediato y atrajo multitudes en busca de consuelo o sanación. Se lo conocía como Tata Dios, o Médico Dios.

Líder mesiánico, su fanatismo religioso, milenarista, apuntaba como enemigos a los extranjeros, a quienes acusaba de herejes, masones y liberales. Según aseveraron sus secuaces más cercanos (los “apóstoles”), sus maldiciones e invectivas contra los inmigrantes eran apocalípticas: “¡Maten un extranjero o mueran en el diluvio!”.

Una xenofobia, vale aclarar, no compartida por la Iglesia, que contaba con un gran número de sacerdotes extranjeros.

El asistente principal del Tata Dios, Jacinto Pérez, un gaucho que se hacía llamar San Francisco, o San Jacinto el Adivino, era el encargado de trasmitir las consignas feroces y de reclutar gente para la lucha que era necesario emprender contras las fuerzas del mal. La secreta reunión clave tuvo lugar el 31 de diciembre de 1871 en el rancho de Pérez y congregó a más de cuarenta hombres: gauchos, peones, vagabundos y desertores de los ejércitos de frontera.
Y en las primeras horas del Año Nuevo entraron en el pueblo.

Asaltaron el juzgado en busca de armas y liberaron y reclutaron al único preso, un indio a quien ya tenían apalabrado. Al cruzar la plaza mataron a un italiano organillero, y ese crimen fue la obertura antes de salir al campo y entrar en un vértigo de matanzas, degüellos, violaciones y saqueos.


Sorprendieron primero a una caravana y mataron a nueve vascos. Se llegaron después a una estancia de escoceses y mataron a una joven pareja y a su asistente. En la pulpería de un vasco francés mataron a dieciocho personas: a los jefes de familia, a sus dos hijitas de 4 y 5 años y a un bebé de 5 meses; a empleados, clientes y viajeros que pernoctaban en el lugar, entre ellos una joven de 16 años, que fue además salvajemente violada. Como harían los asesinos de los Lefébre en nuestra San Carlos, robaron las mercaderías del almacén y en una operación significativa destruyeron el libro donde se registraban los deudores del negocio.

Por la mañana ya se habían despachado desde Tandil una patrulla y una tropa de la guardia nacional. Al primero que trajeron fue a Tata Dios, que se había cuidado de no participar en las acciones y que negó conocer algo de ellas.

Los perseguidores se enfrentaron con los asesinos a las diez de la mañana. Uno de ellos intentó justificar a los gritos lo sucedido: ellos sólo andaban matando gringos y masones. Diez murieron en la refriega, ocho fueron apresados y los demás huyeron, aunque varios de ellos fueron capturados en los días siguientes. Tres de los detenidos fueron condenados a muerte; siete a 15 años de cárcel; dos a 3 años y otros dos a 2. Los quince restantes quedaron en libertad.

John Lynch, historiador inglés, que contó estos sucesos en un extraordinario libro titulado “Massacre in the Pampas” transcribe los informes de un enviado británico de la época: “Uno de los grandes inconvenientes de la radicación en la Argentina es la impunidad de la cual goza la delincuencia. En su formulación política el gobierno puede proponerse proteger al colono, pero en la práctica no tiene voluntad de hacer tal cosa”.

¿Cuál fue el final de Tata Dios? Apenas arrestado se había negado a declarar hasta tanto un “juez más importante” se hiciera cargo de su caso. Pocos días más tarde, el 5 de enero, apareció muerto de un disparo en su celda. Nunca se esclareció quién lo acribilló, si un sicario del juez de paz, “complicado” por varias razones, o algún extranjero (un vasco, según Juan Basterra) ante el fundado temor de que se dejara escapar al preso.

Para entender algo de esta masacre ritual es necesario aunar análisis económicos, sociales, demográficos, políticos y religiosos. Pero no bastan, y quizás esa sea la razón por la que Basterra haya escrito su “Tata Dios” (Editorial Bärenhaus), un libro “basado en hechos reales” pero con la explícita advertencia de que se trata de una ficción, un “eco débil de la verdad acontecida hace más de 146 años”.

 

Se trata de una novela que hace gala de una efectiva condensación y que impele a una lectura ágil y apasionada sobre estos sucesos que todavía hoy nos siguen interpelando.