Capitán de barco


Por Euge Román.

El pasado 13 de Septiembre fue el Día del Organizador Profesional de Eventos. Esta fecha fue aprobada por la Cámara de Diputados de la Provincia de Buenos Aires en 2008 (hace apenas 11 años) y fue elegida porque ese día se conmemora el nacimiento del COE (Centro de Organizadores de Eventos) que cumplía en ese año 2008 veinte años. Esta es una entidad educativa que tiene el reconocimiento oficial de la Dirección General de Enseñanza y Gestión Privada.

Si bien no hace muchos años que esta actividad es reconocida y certificada con profesionalismo, aun cuando en algunas regiones es todavía considerada una actividad secundaria en el rubro de los eventos, se trata de una vocación desarrollada desde tiempos remotos. Desde las monarquías europeas, cuando el maestro de ceremonias era el que coordinaba cualquier festejo, coronación o jubileo teniendo en cuenta la logística, la seguridad de las personas, el cuidado de los bienes y el protocolo; hasta las simples reuniones de familias donde siempre hubo y habrá una persona que por inercia es quien se ha encargado de organizarla, pensarla y llevarla a cabo.

Hace varios años estudié en Rosario Organización de Eventos como complemento de mi laburo, me pareció importante saber más allá de lo que abarca la ambientación, conocer mejor las pautas generales y todo lo que implica cada fiesta. Pero como en todo, lo más productivo fue la práctica. A lo largo de los años entendí y aprendí que el organizador de eventos fue teniendo un rol más complejo y detallista. Y no hablo solo de eventos sociales, sino también de eventos deportivos, corporativos, institucionales, empresariales, etc.

El organizador debe reunir varias características. Por redundante que parezca, debe ser ‘organizado‘ (como primer cualidad), pero también debe ser flexible, inteligente, analítico, audaz, creativo, mediador, negociante, paciente, visionario, un poco psicólogo, detallista, comunicativo, claro, imparcial y objetivo, entre tantas otras cosas. Yo diría que hasta ahora no conocí al organizador que reúna todas esas cualidades, pero considero que con tener las más importantes basta para ser capaz de tomar el timón de un barco que (a veces más chico y a veces más grande) siempre debe llegar a buen puerto. Y como todo capitán, debe tomar buenas y rápidas decisiones ante urgencias, debe visualizar el rumbo y el destino y debe quedarse sobre el barco hasta el final, siendo el último en bajarse sin que casi ningún pasajero haya notado siquiera su presencia. Porque más allá de la importancia de su labor, lo verdaderamente importante es que los pasajeros hayan disfrutado el viaje. ¡Todos a bordo!

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