Con el objetivo de dar a conocer la importancia de construir cadenas de proveedores transparentes en la industria textil, la experta Carry Somers brindó una conferencia en el Instituto Nacional de Tecnología Industrial (INTI). Nosotros estuvo presente. Aquí, la cobertura.

 

Textos. Georgina Lacube.

Hoy, las grandes corporaciones dominan la industria de la moda y lo hacen con un solo objetivo: obtener más beneficios al menor costo posible. A tal fin, no es casual que la gran mayoría de las marcas tercericen la producción de sus creaciones, dejándola a cargo de proveedores que trabajan con mano de obra barata procedentes de países tercermundistas.

 

“Los ‘viajes’ que hace la ropa antes de llegar a nuestros armarios permanecen en gran parte invisibles. Pueden haber comenzado su vida en el campo y luego haber viajado por una vasta red de países, pasando por manos de cientos de trabajadores que trabajan para decenas de diferentes empresas, y que la mayoría de las veces lo hacen en condiciones inhumanas”, revela Carry Somers, la diseñadora inglesa fundadora de Fashion Revolution, un movimiento internacional con base en el Reino Unido y que cuenta con coordinadores en 90 países, incluido Argentina.

Integrado por diseñadores, minoristas, agricultores, productores, compradores y consumidores, exige información y debate para concientizar sobre el modo en que nuestra ropa se fabrica actualmente. Hasta posee una semana de la moda que se realiza todos los años en Inglaterra y en países como España o Brasil. Todo comenzó cuando en el 2013 Somers se enteró del derrumbe de la fábrica Rana Plaza en Bangladesh, donde hubo 1.129 muertos y 2.515 heridos. El edificio de seis pisos, que contenía fábricas de ropa, un banco y varias tiendas, se levantó sobre un pantano drenado y no tenía los permisos reglamentarios pertinentes para su edificación. Como si todo esto fuera poco, los dos últimos pisos construidos más tarde eran ilegales y en el momento del colapso se estaba construyendo uno nuevo. “Todo esto pasó ‘inadvertido’ o ‘ignorado’ por las compañías occidentales que habían auditado la fábrica varias veces. En ese momento me di cuenta de que la falta de transparencia y responsabilidad estaba costando vidas. Muchas marcas cuyas etiquetas (halladas entre los escombros) fueron expuestas más tarde por los medios desconocían su relación con ese lugar”, relató la experta, quien decidió tomar conciencia sobre la precariedad en la que muchos costureros trabajan.

 

“Lo que ocurrió en Rana Plaza fue una catástrofe tristemente inevitable que refleja una tendencia global: el aumento de la demanda que alimenta la cadena de suministro de moda rápida (también conocida como fast fashion)”, revela Carry. Y agregó: “Desde 1990, 2200 trabajadores han sido víctimas fatales de la precariedad laboral. Muchas dadas a conocer pero ignoradas por los responsables”.

CAMBIAR LA INDUSTRIA

 

Ante semejante panorama, “era necesario difundir todo esto y no olvidar las tragedias ocurridas en nombre de la moda. Fue entonces cuando nació Fashion Revolution. Su principal objetivo es acercar a los consumidores con quienes cosen, tiñen o producen su ropa. De este modo les damos identidad y derechos a los trabajadores, al tiempo que presionamos a la industria para que sea más responsable, segura y limpia. Para nosotros, la transparencia significa que si no puedes ver el problema, no puedes solucionarlo”.

 

Para este movimiento, esa palabra es la clave para trasformar la industria de la moda.

Es por eso que inició una fuerte campaña de concientización basada en la pregunta “¿Quién hizo mi ropa?” (Who made my Clothes?). La misma plantea la construcción de cadenas de proveedores transparentes como un pre requisito para crear una industria más sustentable. De este modo, insta a las marcas de moda a comprometerse con la causa y a participar de un índice de transparencia que es de acceso público en la web de Fashion Revolution. “Pese al esfuerzo, aún son pocas las firmas que revelaron los nombres de sus provisores. Entre ellas están Adidas, Reebok, Hugo Boss, Mark & Spencer y Benetton. Pero aún hay un largo camino por recorrer, sobre todo porque hasta ahora nadie está publicando una lista de los lugares de donde obtienen su materia prima, por lo que no hay manera de saber de dónde proviene su algodón, lana, cuero u otras fibras. Sostenemos que forzar a las empresas para que difundan dicha lista es importante para crear un cambio real y productivo en el modo de hacer la moda. Cuando esto ocurre, repercute directamente en una mejoría de los derechos humanos y ambientales”, explica quien fuera la mentora de Pachacuti, su etiqueta de sombreros de paja tipo Panamá elaborados por artesanos de Ecuador, Perú y Bolivia. Por esto se la reconoció como una de las pioneras en fomentar el comercio justo, y sus diseños fueron mostrados en las principales semanas de la moda de Londres, París y Milán y vendidos en las tiendas de lujo más importantes del mundo. “A partir de esta experiencia puedo confirmar que existe una mejor manera de hacer negocios, siempre y cuando se hagan públicas las políticas, procedimientos, metas y compromisos de las marcas; el desempeño, el progreso y los impactos reales sobre los trabajadores, las comunidades y el medio ambiente”, expuso la experta, quien, a su vez, develó un dato alarmante arrojado por una encuesta: “el 40% de los trabajadores encuestados informó que ha visto un incendio en sus fábricas. Nuestra esperanza es que los consumidores y creadores de ropa puedan entender cómo sus decisiones afectan la vida de los trabajadores”.

 

Para que esto sea posible, Somers informó que hay dos maneras de cambiar la industria. “Uno, a través de la legislación, y otro a partir de la toma de conciencia de los consumidores. La ropa, como la alimentación, son las industrias con las que nos relacionamos a diario. Tenemos derecho a saber que nuestro dinero no está apoyando la explotación, el abuso de los derechos humanos y la destrucción ambiental”.

IMPACTO AMBIENTAL

 

La gran escala de producción y desechos derivados de la tendencia de moda rápida es motivo de preocupación por su impacto ambiental negativo. Las estadísticas indican que una persona en promedio compra un 60% de ropa y la usa la mitad de tiempo de lo que se la usaba hace 15 años atrás. En los EE.UU. se desechan toneladas de ropa que pesan más que el Empire Estate. “Duplicando el año de vida de una prenda de uno a dos años ya se reduce la emisión de carbono en 24%. Son muy pocas las marcas que reportan iniciativas para recolectar, donar y reciclar ropa usada.

 

Gucci y Levis promocionan servicios con el fin de alargar la vida útil de sus productos. Mientras que sólo trece firmas revelan que invierten en recursos reutilizables con el objetivo de mantenerlas lejos de la basura”, destaca.

 

“Las marcas hacen muy poco en todos los sentidos y los consumidores también. Llenar los armarios de una manera más responsable es la meta. ¿Cómo? Intercambiando la ropa para extender la vida de la misma, customizándola, arreglándola y comprando en tiendas de segunda mano, donde se la consigue a menor precio. Le pedimos a la gente que se enamore de la ropa que ya tiene. Cuanto más amemos nuestra ropa, más durará”. Muy sabia.