A tono con una tendencia que busca resucitar el legado de firmas legendarias que casi cayeron en el olvido de parte de la industria de la moda, la etiqueta revive de la mano de una diseñadora oriental que apenas tiene 33 años. Presentó sus diseños en París y logró que los medios la adoraran. Larga vida para Poiret, un artista único que revolucionó los armarios de la mujer.

 

Textos. Georgina Lacube.

Paul Poiret nació en París en 1879 en el seno de una familia humilde. Su padre, un comerciante de telas, le envió a aprender un oficio a un taller de paraguas. Allí aprendió la técnica y dio sus primeros pasos en el diseño cogiendo retales de tela y diseñando trajes para las muñecas de su hermana. Su carisma y talento le llevaron a introducirse en los círculos más exclusivos de la Belle Époque parisina y a trabajar, al principio como asistente y después como jefe del departamento de sastrería, para Jacques Doucet hasta que inauguró su propio taller en el número 5 de la rue Auber de París.

 

 

A principios del siglo XX, donde la moda imponía el talle de avispa (busto realzado, cintura ceñida y caderas ajustadas), Poiret fue el hombre que se animó a aligerar y adelgazar la figura femenina prescindiendo nada menos que de dos elementos claves del vestir de aquel entonces: el corsé y la enagua. El modisto francés además inventó el vestido tubo y el de saco (aunque ambos se le atribuyen habitualmente a Cristóbal Balenciaga, que los actualizó en los años 50) y propuso los primeros pantalones de alta costura. Y aunque muchos le adjudiquen el mérito a Coco Chanel, Poiret fue el primer diseñador en lanzar un perfume (al que bautizó como a su primogénita, Rosine), y en abrir una boutique de decoración a la que llamó Les Ateliers de Martine, tal el nombre de su segunda hija.

 

También fue un pionero a la hora de introducir en sus creaciones mucho de la iconografía oriental, -un estilo poco difundido por aquellos años-, que enseguida tuvo una gran aceptación entre la élite europea que estaba ávida de originalidad fashion.

 

 

Así, los colores vivos que matizaron distintas versiones del kimono japonés y de la camisola se acoplaron a otro de sus sellos: las prendas drapeadas. Como amante del lujo no se privó a la hora de ornamentar sus diseños con piedras preciosas, plumas, pieles y coloridos bordados. Pero esto no fue todo. Su inspiración se nutrió principalmente de esa caída desde los hombros que tienen las siluetas voluminosas y etéreas que ostentan los vestidos de la India, la vestimenta islámica y griega o el peplo romano; aunque también de las líneas imperiales de los ropajes eduardianos y los vestidos de cintura alta de la post Revolución Francesa. De este modo logró durante 26 años que su atelier viva momentos de gloria desde su apertura en 1904. Como auténtico precursor fue el primer creador europeo en percibir la amplitud del mercado norteamericano y en cruzar el charco para hacer negocios en USA. Pero, y a pesar de su considerable influencia en la moda, su legado expiró con la Segunda Guerra Mundial, periodo en el que se impuso un realismo más conservador, liderado por Coco Chanel, sepultando la fantasía romántica, compleja y poco práctica que representaba Poiret. Su debacle fue tal que en 1944 el “rey de la moda” murió en la miseria. Su vida terminó entre ilustraciones, las mismas que utilizaba para crear sus hermosos trajes fluidos de estilo art decó.

 

Como no podía ser de otra manera, sus creaciones fueron objeto incesante de homenaje, precisamente en las colecciones orientalistas de John Galliano para Christian Dior, las siluetas fluidas de Alber Elbaz en Lanvin, las prendas casual de Dries Van Noten y los vestidos transparentes de Valentino, por nombrar solo algunos.

 

 

Y en 2005, se descubrió una colección de 600 piezas del diseñador, de entre 1905 y 1928, en casa de su nieta, lote que alcanzó en subasta la cifra récord de 1,3 millones de euros. Dos años después, el museo Metropolitano de Nueva York (MET) albergó una retrospectiva de su obra donde, entre otras cosas se develó su historia.

 

 

Hoy, y a casi un siglo de la clausura de su tienda en 1930, la maison volvió a nacer gracias a un equipo de diseño formado íntegramente por mujeres entre las que se cuentan la diseñadora china radicada en París Yiqing Yin, en el cargo de directora creativa, y la gran empresaria belga del lujo Anne Chapelle, la mujer que propulsó el éxito de Ann Demeulemeester y Haider Ackermann. Entretanto, la financiación de este titánico proyecto (siendo que otras casas de renombre como Balenciaga, Carven, Schiaparelli y Vionet han decidido revivir, con mayor o menor éxito), corre a cargo del conglomerado coreano de moda y belleza Shinsegae International, liderado por Chung Yoo-kyung, la acaudalada nieta del fundador de Samsung.

Así las cosas, y de la mano de Yiqing Yin, la histórica etiqueta recuperó la extravagancia del modisto pero en clave contemporánea. “Él era famoso por la excentricidad de sus prendas y la decoración en los tejidos, pero la arquitectura de sus piezas era muy sobria”, precisó la diseñadora tras su primer desfile, celebrado en el Museo de Artes Decorativas de París, en el marco de la Semana de la Moda.

 

 

Allí, y en un escenario místico, invadido por humo artificial y luces azules, las exquisitas telas de su propia autoría se impusieron sobre siluetas anchas, con elaborados jacquards metalizados y sedas satinadas que dieron forma a parkas y grandes abrigos tipo plumón en un lujoso metal tejido, con sensación de papel al tacto.

 

 

Su otoño-invierno 2018/2019 también propone una amplia variedad de pantalones de corte clásico, largos vestidos plisados y algunas piezas súper modernas como exagerados jerséis en punto de lana, trajes en glitter y lamé plateado muy a lo Bowie, una chaqueta con las solapas drapeadas y asimétricas tipo estola de color carmín, un abrigo-manta de color cobalto y ribete de flecos que recupera los orillos originales de la firma, y un saco de cuero negro que envuelve la silueta en una forma floral. Por supuesto, también dijeron presente tanto el vestido de tubo como el de forma de crisálida, ambos iconos de la firma, con los que Yin hizo viajar a principios del siglo XX a todos los presentes. Los colores llamativos y brillantes como el azul zafiro, el escarlata o el amarillo canario cobraron vida en vestidos y abrigos de corte japonés con un espíritu relajado rebosante de refinamiento y funcionalidad.

 

 

 

Todo, obra de esta mujer que es parte de esa generación de jóvenes de “treinta y tantos” que copan los talleres de diseño de firmas con siglos de herencia. Pero, ¿por qué Chapelle la eligió? “Quería a alguien joven y vital, con ganas de triunfar pero sin bagaje previo. Después de todo, Poiret no tenía ni 30 años cuando encaró algunas de sus creaciones más emblemáticas”, explicó la empresaria a la prensa especializada.

 

 

Ganadora en 2010 del Gran Premio a la Creación de la Ciudad de París y galardonada también con el ANDAM (Asociación para el Desarrollo de las Artes en la Moda, presidida por Pierre Bergé y apoyada por el Ministerio de Cultura de Francia) a la Primera Colección en 2011, Yin se jacta de tener un estilo que busca volver a la feminidad y a la sensibilidad en medio de tantas propuestas enfocadas en hacer productos que compitan o que se ciñan al modelo de negocio de la ropa de sport. Un hallazgo.