Para conocer parte de la historia del país y de la zona, estos son los referentes infaltables, además del Museo San José y el Molino Forclaz.

 

Por: Romina Santopietro. Fotos: Gentileza Secretaría de Turismo de Colón.

Pueblo Lieblig

La Colonia San José es la primera colonia inmigrante de la provincia de Entre Ríos, la segunda del país -la primera es Esperanza- y fue fundada en 1857. estos primeros inmigrantes venían, en realidad, con un contrato para ir a la provincia de Corrientes, pero al llegar miembros de la casa contratista, quienes les habían vendido el pasaje, le informan al gobernador Pujol que estaban listos para ir a cuidar naranjos, como establecía su contrato, y la gobernación les responde que no los va a recibir Entonces les rescinde el contrato por disidencias políticas del momento. Estos inmigrantes quedan varados en Corrientes. Piden ayuda a Urquiza para ubicar a estas 530 personas. En principio se las destina a las islas del Ibicuy. Ellos piden un traslado, porque eran islas muy pequeñas, con terrenos inundables y con mucho monte donde no podían cultivar o criar ganado. Urquiza contrata a un agrimensor y en tierras de su familia, que iban desde lo que es hoy Concepción del Uruguay hasta El Palmar, y finalmente se asientan ahí. Así comienza a poblarse esta zona.

Referentes imperdibles son el Museo Regional de San José, y el Molino Forclaz, consignados en la nota anterior.


A recorrer la historia

Una de las paradas obligadas del circuito es Pueblo Lieblig, declarado patrimonio histórico, siendo el único pueblo considerado como tal en su totalidad.

Marcado por la presencia de una gigante industria que en la actualidad permanece dormida, Pueblo Liebig nació en 1903 por iniciativa de una compañía inglesa dedicada a la elaboración de extracto de carne, que decidió instalar un imponente frigorífico en esta región del litoral entrerriano.

Simpático cartelito de la esquina de la capilla de Lieblig

Declarado Patrimonio Histórico en 2009, en Pueblo Liebig se puede identificar perfectamente la antigua división de la comunidad en el barrio perteneciente a los obreros y en el que se afincaba el personal jerárquico. Esta separación aparece marcada por “la manga”, una construcción de madera que servía para dirigir el ganado hacía el imponente frigorífico, y que divide al pueblo en dos.

La monumentalidad de las construcciones frigoríficas no dejan de sorprender a los visitantes que se aventuran por estos caminos de la historia regional: una gran chimenea, un muelle, y enormes galpones que supieron albergar hasta 3.000 empleados, descansan en silencio sobre las costas del río Uruguay.

La particularidad de este pintoresco pueblo es su arquitectura espacial: el centro de todo era la fábrica, por lo que la población está planteada como una suerte de punta de flecha hasta el vértice de la propia fábrica. La población vivía en manzanas circulares, aquí en Lieblig no se aplica el sistema de cuadrícula. Entre estas manzanas existen pasadizos, algunos vehiculares y otros peatonales. El centro de cada una de esas manzanas es un espacio común. Y tienen zaguanes que son el ingreso a las viviendas. Cada zaguán es entrada de dos viviendas, y se ingresaba por la parte de atrás de las mismas.

La biblioteca del pueblo contiene una colección completa de la revista “Caras y caretas”, además de innumerables títulos.

Filtrado de licores en Bard, y Olga, su dueña, cebando riquísimos mates.

Espirituosas bebidas añejas

Licores Bard es una fábrica de licores artesanales fundada en 1908. “Desde ese entonces continuamos tal cual lo elaboraban nuestros antepasados, ya que es un producto totalmente natural y artesanal, que se prepara con frutas y productos autóctonos de la zona (yatay, naranja y miel); siendo la cuarta generación con esta hermosa tradición familiar”, contó Olga, mate en mano, durante la recorrida por la planta de producción, mientras explica el proceso de elaboración de sus licores.

“A partir del 2008, año en que la licorería cumplió su cumpleaños número 100, comenzamos a realizar la visita temática guiada ‘Licores Bard desde adentro’. En el recorrido por la fábrica conocerán la cocina de jarabe, el lavadero de botellas, el salón de elaboración y por último serán invitados con una variada degustación”, indica Olga, actual dueña.

Olga cuenta que los licores se siguen elaborando de la misma manera en que indica la receta de sus abuelos. Es un producto 100 % natural. Se utilizan las mismas ollas -de 300 litros cada una- para obtener el mismo sabor. La receta es familiar y es único que no se revela en la visita. En realidad, ¡no se revela nunca! Es un secreto familiar, que se transmite de generación en generación. “Siempre les digo a los chicos: si van a continuar, que se respete esto, esta receta original. De lo contrario, que se dediquen a cualquier otra cosa. Porque licores de medio pelo, hay por todas partes”, afirma categórica.

Luego de un año de maceración los frutos se utilizan para la realización de los licores. En la licorería se sigue embotellando a la manera de los abuelos, con una herramienta manual, cerrando las botellas una por una.

Una idea de Olga se puso en práctica hace 25 años: añejar una tanda de botellas, ya que al no tener aditivos químicos, los licores se conservan naturalmente. Por eso hoy la empresa tiene una línea exclusiva de licores añejos, de sabores exquisitos, concentrados, profundos.

“Mis bisabuelos -Hipólito y Juana- llegaron en el tercer barco de Urquiza, en 1860, se conocieron en el viaje, que duraba de 70 a 100 días, según las inclemencias del tiempo, se casaron al arribar y formaron su familia aquí. Tenían 18 y 20 años. Tuvieron 11 hijos que vivieron, y entre ellos Lino, Miguel y Cristóbal formaron la sociedad Bard Hermanos. Juan, el primer boticario del pueblo con sus conocimientos de química ayudó a sus hermanos a realizar las fórmulas. Estuvieron aproximadamente dos años haciendo mezclas… En realidad, Juan mezclaba y los otros tres vagos degustaban. Después de dos años de pedalines y resacas consiguieron lanzar al mercado los licores Bard”, resume Olga entre risas.

Finalmente sólo Lino seguirá con la licorería. Aunque no fue ésta la única actividad que realizaron los tres hermanos: primero pusieron a funcionar un motor a carbón que generaba energía, que permitía dar luz a la pequeña población que formaba San José en esos tiempos, y que también abastecía la primera fábrica de hielo y la primera fábrica de soda para toda la región. “Me contaba la abuela Macedonia que no había medios de comunicación. Y este motor generaba sólo tres horas de energía. Así que para avisar a la población se utilizaba una sirena, para indicar que se iniciaba el flujo de energía, y con unos toques de encendido y apagado se avisaba cuando estaba por culminar, así la gente podía prender faroles y velas antes de quedar sin luz”, relata Olga, mientras ceba riquísimos mates.

El hielo se fabricaba en bloques y se vendía por trozos. Quienes vivían cerca venían con su bolsita de arpillera a buscar su pedacito de hielo. Un día en la semana salían en carreta a repartir hielo en carreta a las colonias y a Concepción del Uruguay. “Primero envolvían cada barra en lona de arpillera, luego tapaban toda la carga con aserrín finito, formando toda una capa aislante. Salían a las 3 de la mañana para llegar a Concepción antes del calor fuerte, repartían el hielo y volvían”, concluye Olga.

Viñedos de Vulliez Sermet

Vinos entrerrianos de calidad internacional

La bodega Vulliez Sermet es la única bodega de Entre Ríos que retomó su actividad productiva.

La casa de la bodega fue construida por el inmigrante suizo Joseph Favre en 1874. Fue una de las tantas bodegas que quedaron abandonadas luego de la ley de prohibición: en 1936, bajo el gobierno de facto de Agustín Justo, se promulgó la ley donde se prohibía la producción de vino y de uva para la comercialización en todas las provincias que no fueran parte de la región de Cuyo.

Cuando en 1997 se levantó la prohibición, la familia decidió revivir el proyecto de sus abuelos. En el 2003 arrancaron con tres hectáreas de viñedos y se comenzó con la reconstrucción de la bodega, que es la primera en la provincia desde la abolición de la ley de prohibición.

Sótanos de guarda.

Equipada con la tecnología necesaria para elaborar vinos de alta gama, ha recibido varios premios a nivel internacional. Hoy, la producción supera las 70 mil botellas anuales, aunque su capacidad total de producción es de 260 mil litros. El vino Vulliez Sermet se elabora exclusivamente con uva de sus viñedos.

Los vinos blancos y espumosos son la insignia de la bodega, con uvas chardonnay, pero también cultivan las variedades malbec, merlot, tannat, sirah y cabernet-sauvignon.

Actualmente los vinos Vulliez Sermet se comercializan sólo regionalmente. Cuenta con cabañas junto a los viñedos, y una casona para realizar fiestas y reuniones empresariales.

Antigua prensa de uvas.