Esta semana venimos con una novela extraña, de sucesos enrevesados y narrada desde la perspectiva de… un can.

Por Romina Santopietro

“El niño pez” es la primera novela de Lucía Puenzo, que también escribió y dirigió “Wakolda”.

 

Con un atractivo punto de vista, el de Serafín, el perro callejero, negro, feo y bastante vago de Lala, una de las protagonistas, “El niño pez”, publicado por Emecé, cuenta una historia de amor. La de un amor complejo donde los sentimientos y roles adquieren el movimiento del agua: del río donde Lala y la Guayi buscan construir su propia leyenda y del torrente de hechos que se sucede y las desborda.

 

Lala es una adolescente de la Zona Norte que descubre en la Guayi, una mucama paraguaya de 17 años que trabaja en su casa, al verdadero amor. Juntas planean una vida frente al lago de Ypacaraí, y ahorran cada peso que pueden para concretar ese sueño.
Por esos días, Sasha, la madre de Lala, desaparece siguiendo un amante a la India, y su padre, Brontë, un intelectual prestigioso y depresivo, se recluye en su cuarto a escribir. Sólo sale para acostarse con la Guayi.

 

Cuando Lala descubre la traición, lo mata. Al día siguiente, la Guayi desaparece con la plata y Lala viaja a Paraguay en su búsqueda con su perro Serafín, el narrador de esta historia.

 

Allí, Lala reconstruye el pasado de la Guayi: su primer amor con un chico del pueblo hoy devenido el actor más famoso de la televisión paraguaya, su embarazo y la leyenda alrededor de un niño pez que guía a los ahogados hasta el fondo del lago.

 

Ágil, a veces sórdida y divertida a la vez, a veces mágica, esta primera novela de Lucía Puenzo sorprende por la singular respiración de su prosa, la inteligencia de su escritura y el interés de su trama y de su historia.

 

En una sucesión imparable de escándalos, persecuciones, drogas y sangre, “El Niño Pez” pone en jaque los mandatos establecidos y apuesta a encontrar una salida de la incertidumbre con la que las jóvenes viven en el mismo mundo que condenan.

 

Lucía Puenzo crea un universo asfixiante en el que la acción se construye en torno de una fuga, a un cruce de fronteras que las protagonistas -y Serafín- deberán atravesar para reinventarse a sí mismas y comenzar de nuevo. La crudeza simple de su prosa es lo que encanta de esta historia. Cuando las cosas son dichas sin vueltas, de manera brutalmente honesta, no hay lugar donde esconderse de lo que suscitan. No podés evadirte de lo que sentís al leerla. Sea bronca, ternura, repulsa, indignación… Todo esto te ataca sin aviso y sin filtro desde las frases de Puenzo.

 

Y como no se conforma con eso, encima va a plasmar imágenes en tu cabeza, porque escribe de manera visual. Es directora de cine, también. Hay gente que escribe como habla. Creo que la autora escribe desde las imágenes que pueblan su mente. La historia es descarnada. Parece que no gasta recursos de estilo para embellecer su novela, pero escribir de manera tan contundente y clara es a veces el recurso menos usado y más temido: si no escribís bien, se nota. No hay engaños, no hay florituras, es la historia terrible y cierta, mítica y salvaje. Y este contrapunto de opuestos funciona para crear un relato donde no se puede quedar indiferente.

 

Hay película de “El niño pez”. No importa a cuál lleguen primero, esta vez vale la pena leer y ver.

 

Para disfrutar un día donde tengamos ganas de dejarnos sorprender.