Esta semana venimos con un thriller de terror, con aires de western, con un dejo de novela negra. Un cóctel que parece disparatado, pero donde todo cae en su lugar y nos da una historia imperdible.

Por: Romina Santopietro.

En “Hacé que la noche venga”, publicado por Sudamericana, Leonardo Oyola narra la historia de cuatro tipos que en el gélido invierno de 1939 se sumergen en el submundo de la antigua estación Canning del subte de la línea D para buscar y enfrentarse a “una oscuridad” que está matando a linyeras y a obreros durante las madrugadas.

 

Tres es un atorrante -no un vago, tampoco un mendigo: un atorrante- que se las ingenia para pasar a cubierto una fría noche de invierno. Para el resto de los atorrantes, Tres es un misterio, ni siquiera saben su nombre. Nosotros sí: Tres es tercera generación de los Torrents; su abuelo fue aquel que diseñara los famosos tubos para encauzar arroyos subterráneos, en donde más tarde vivirían los atorrantes. Tres se empeña en encontrar al responsable de la muerte de uno de sus compañeros, Villeguitas, otro atorrante más.

 

Esa oscuridad puede ser el mismísimo demonio, según Tres, o un mensaje mafioso para el ingeniero Pablo Manzotti. El episodio, por cierto, es confuso. No queda claro quién fue el/la asesino/a, pero el atorrante no será la única víctima. Los obreros de la empresa Chadopyf, encargada de extender el ramal D del subterráneo, desde Plaza Italia a la futura estación Palermo, comenzarán una huelga, exigiendo el esclarecimiento de las circunstancias en que perdió la vida el obrero Leopoldo Arenas.

 

Western, policial, novela fantástica, de terror; los géneros encogen la textura de una trama y una historia que suma y se potencia con la cintura que fue adquiriendo Oyola para narrar a un ritmo frenético, vertiginoso, con un deliberado acento en el lenguaje.

 

Un recurso que lo caracteriza es el usar nombre y letras de canciones, tirándolas como por descuido en la trama, entre los diálogos. El guiño pop está dirigido hacia las series y películas paradigmáticas del western, como El Gran Chaparral, Bonanza y La rosa amarilla, entre otras, con las que titula cada capítulo de la novela.

 

Pero lo que definitivamente identifica a Oyola es la oralidad con que escribe. El libro se lee como si alguien te lo leyera en la oreja, susurrándote con urgencia por contarte un secreto que lo asfixia.

 

Además perfila unos personajes palpables, reales, complejos: Villegas, el atorrante a quien “la noche le respiró en la cara”. Diablos que se materializan incorporándose en dos patas. Un gato taimado -Pichuco- que se quiere comer al dueño porque lo encuentra riquísimo. Un ingeniero enamorado y temerario que ama el jazz. Un curita mexicano que se enfrentó al diablo a los tiros. Un ciruja esquizo y poseso. El atorrante antihéroe y poeta. Y la noche. La noche que si viene te mata. Y como un personaje más, la maldad humana, deforme, mezquina, aterradora.

 

Para leer cuando necesitemos dejarnos llevar por el hilo de una historia donde muchas cosas no son lo que parecen.