Esta semana venimos con fantasía, acción, mucho humor negro, profecías apocalípticas, un calamar gigante en su tanque de formol (8 metros de bicho) que desaparece de un museo, delincuencia mágica, un protagonista que no entiende nada de lo que está pasando y que nos arrastra por todo Londres, tan perdidos como él.

Por: Romina Santopietro.

Ustedes saben que la culpable de que los atormente con esta columnita es mi amiga María. También les conté que tengo varios secuaces en esto de ser fanatiquitos de la lectura, verdaderos sujetos de cuidado en cuanto a traficar con libros se refiere. Entre estos hay dos que son los más peligrosos, porque me sugieren lecturas, y encima compartimos gustos: Gastón y Emerio. Así que cuando uno descubre un autor interesante, inmediatamente le pasa el dato al resto.

 

Así hizo Emerio cuando leyó “Kraken”, de China Miéville, y como le encantó, en cuanto lo terminó me lo pasó. Y a mí me voló la peluca.

 

China Miéville, el autor, cazó un Kraken, lo encerró en un museo y luego lo perdió por las intrincadas calles de la ciudad.

 

Vamos por partes: en su inicio, la novela nos engaña pretendiendo ser una historia detectivesca normal. Sí, hay suspenso, hay aires policiales pero no hay ni un ápice de “normalidad”. Miéville crea todo un universo, una realidad subyacente a la ciudad de Londres, un submundo mafioso mágico, oscuro en luchas de poder y amenazas de guerra.

 

 

En el Centro Darwin, en el Museo de Historia Natural de Londres, Billy Harrow, especialista en cefalópodos, está encargado de la muestra de un Architeuthis dux, un Calamar Gigante. Como les decía en el copete, es un bicho de 8 metros, con todo y su tanque también gigante.

 

 

Con el robo del colosal calamar y su frascazo contenedor Billy pronto descubre que dicho acto fue llevado a cabo por una serie de fuerzas misteriosas que habitan en Londres, y cuya existencia ha sido felizmente ignorada por casi todos, hasta ahora.

 

“Kraken” parece, bajo un primer escrutinio, una locura, puro delirio: el Kraken, pieza estrella de la exposición, ha desaparecido, literalmente, del museo; ¿cómo puede alguien robar ocho metros de calamar gigante flotando en un tanque en formol sin que nadie, ni los guardias, ni los visitantes, ni ningún encargado se percate? Billy tampoco se lo explica, y por más que insista en su desconocimiento, extraños personajes empiezan a aparecer en su vida empeñados en decirle que está vinculado de algún modo con todo el asunto.

 

Una brigada especial de la policía dedicada a documentar y contrarrestar (cuando suponen un peligro) los cultos y sectas que brotan en el cuerpo del Londres oculto quiere reclutarlo para la investigación, al mismo tiempo que la secreta iglesia del Kraken lo reclama como profeta. El Tatuaje, el bidimensional señor de los bajos fondos, manda a dos esbirros para que lo agarren, Goss y Subby, cuyo mero nombre evoca las escenas más desagradables de los últimos cientos años de historia londinense. Y por sobre todos ellos flota una sensación de malestar de origen incierto, de inminencia catastrófica, una vibra de miedo y expectación que sugiere que esta vez sí, esta vez el final de todo está realmente cerca.

 

 

En esta comedia oscura entran y salen excelentes personajes e inolvidables secundarios, tales como Wati (el líder sindical de los familiares mágicos), Goss y Subby, el Tatuaje, Dean Purcell, los Londromantes, el camaleón proletario, Colingswood, y muchos, muchos más; moldeados con este humor oculto bajo una capa de total seriedad que los hace a todos entrañables.

 

 

El autor tira todo encima de nuestras cabezas, el humor negro, la acción trepidante, la descripción de una realidad que forjó en su mente y en la que nos adentramos sin GPS, ni mapa, ni ¡nada! que nos oriente, pero donde todo se nos antoja completamente natural cuando nos movemos en estos campos de la fantasía. Lo hace con maestría para desarrollar las tramas y subtramas argumentales y nos atrapa sin remedio. Porque en medio de toda la locura que es leer “Kraken”, también queremos saber quién se afanó el bichejo.

 

Para leer cuando necesitemos ser sorprendidos por un relato que ponga nuestra mente de cabeza.