Esta semana venimos con una historia de terror visceral que nos dejará imágenes sumamente inquietantes. “La condena del restaurador”, de Cezilla Lontrato.

Por Romina Santopietro

¿Qué harías si tuvieras que cargar con una maldición de tus ancestros? ¿Te animarías a enfrentar las consecuencias? Tanner Davis es un restaurador de muebles y objetos cuyo cumpleaños número treinta vendrá acompañado de una maldición. Será visitado por los antiguos dueños de las piezas que restaure para que cumpla con los deseos que ellos no pueden realizar.

En ese momento, la familia Davis tiene que restaurar una mansión que perteneció a los Wright, para convertirla en una atracción turística. El proyecto comienza, pero pronto es visitado por las niñas Wright, muertas hace casi un siglo, para exigirle que restaure él solo el parque de juegos y no permita que nadie lo utilice. Desesperado, decide encontrar la forma de deshacer la maldición y se entera que solo la bruja original puede hacerlo: Domita, una joven ingenua que fuera muy maltratada por un antepasado Davis, muchas generaciones atrás. De ahí en más, inicia una búsqueda contrarreloj para tratar de hacerla regresar de entre los muertos y luchar con ella para conseguir restaurar su vida.

Es una historia oscura, alucinante, donde se desatan odios viscerales que marcarán el rumbo de personajes torturados por fuerzas del más allá: muertos que vuelven, arrancados del descanso de sus tumbas por una antigua maldición que pesa sobre una desdichada familia.

“La condena del restaurador”, de Cezilla Lontrato, publicada por editorial Del Nuevo Extremo, es la segunda novela de la autora. En los book-trailer y en las reseñas de manera divertida se advierte con un hashtag que #NoEsUnaNovelaDeRosas. En este caso es otro el restaurador.

Además de los muertos, quien tortura al pobre protagonista -y a toda la familia- es la propia Cezilla que, mientras escribía esta novela, desde sus redes clamaba que lo estaba haciendo sufrir demasiado. Después de terminar el libro, debo decir que es cierto.

 

Con esa carita de buena, se las hizo pasar horrible al pobre Tanner.

La lectura de esta novela deja varias imágenes terribles, inquietantes, que abonan nuestra imaginación y se quedan ahí, gestando horrores paralelos sin que nos demos cuenta. Les cuento sólo una, porque si les comento las demás, les estaría espoileando la historia: los ojos de los muertos son lo único que no parece muerto.

 

Esos ojos luminiscentes que atraviesan al protagonista y le congelan el corazón en el pecho, también nos van a provocar pesadillas a los lectores. No me aguanto, les tiro una pista de la que más me impactó: picos y dientes. Y no diré más.

Hacia la mitad de la novela, llegué a pensar que la autora cometería la tropelía de George RR Martin -autor de la saga de Juego de Tronos- y mataría a su protagonista. Sólo hace que deseemos que esté muerto, para que termine con su miseria. Pero no, lo machacará sin misericordia durante toda la trama. Tanner nos cuenta su tortuosa historia directamente a los lectores. Nos habla sin tapujos, como testigos y compañeros fortuitos de su terrible viaje.

Y cuando creemos que ya está todo dicho, una brutal vuelta de tuerca nos hace cerrar el libro al terminarlo con una expresión de estupor. Sencillamente, no la van a ver venir. Como me pasó a mí. Lo cual es genial, porque hace tiempo que me quejo de la previsibilidad de las historias que leo o veo.

Para leer sin descanso, porque el ritmo que impone esta lectura es trepidante, pero dejando una lucecita prendida en la noche. Por si acaso.