Esta semana venimos con una fábula aterradora: ¿qué ocurriría si la muerte se toma vacaciones y dejamos de morir? “Las intermitencias de la muerte”, de José Saramago, plantea este panorama.

Textos. Romina Santopietro.


“En un país cuyo nombre no será mencionado se produce algo nunca visto desde el principio del mundo: la muerte decide suspender su trabajo letal, la gente deja de morir. La euforia colectiva se desata, pero muy pronto dará paso a la desesperación y al caos.

Sobran los motivos. Si es cierto que las personas ya no mueren, eso no significa que el tiempo haya parado. El destino de los humanos será una vejez eterna.

Se buscarán maneras de forzar a la muerte a matar aunque no lo quiera, se corromperán las conciencias en los ‘acuerdos de caballeros’ explícitos o tácitos entre el poder político, las mafias y las familias; los ancianos serán detestados por haberse convertido en estorbos irremovibles. Hasta el día en que la muerte decide volver…”.

Esta es la contratapa de “Las intermitencias de la muerte”, del premio Nobel de Literatura José Saramago.

La inmortalidad es un antiguo anhelo humano que tiene un reverso grotesco, un viejo sueño que puede volverse fácilmente contra uno mismo. Lo que de verdad interesa a Saramago son las repercusiones sociales y organizativas de esa inmortalidad, contemplada bajo una mirada que es más tragicómica -en muchas ocasiones cínica- que puramente trágica.

“Las intermitencias de la muerte” comienza y termina con la misma frase: “Al día siguiente no murió nadie”. Pero no se trata por ello de una novela estática o circular.

En un primer momento la inmortalidad se recibe con alegría, pero los problemas que plantea tal condición no tardan en aparecer. En primer lugar, que haya desaparecido la muerte no significa la juventud eterna ni tampoco exactamente la vida eterna, sino un nuevo estado que es mezcla de ambos pero al mismo tiempo no es ninguno y que se describe como “un vivo que está muerto, un muerto que parece vivo”. El resultado es una población condenada a envejecer con “una masa gigantesca de viejos en la parte de arriba, siempre creciendo, engullendo como una serpiente pitón a las nuevas generaciones”. Ante esta perspectiva el país se sume en el caos más absoluto: el poder se tambalea, se produce una inversión de los valores morales, la pérdida del respeto hacia los ancianos o hacia los enfermos terminales, surgen facciones ocultas que se dedican al tráfico de la muerte.

Porque efectivamente se encuentra la manera de engañar a la muerte: como en los países limítrofes continúa funcionando, basta con pasar la frontera para morir. Y puesto que las leyes no han cambiado para adaptarse a la nueva situación, cruzar uno mismo la frontera por su propio pie se considera suicidio y ayudar a hacerlo, homicidio. Saramago aprovecha para introducir una crítica a la hipocresía imperante en los gobiernos: oficialmente los mandatarios se oponen a la muerte pero extraoficialmente comprenden la necesidad de descargar a un país que cada vez tiene mayor densidad de población y que exponencialmente será imposible de gobernar en poco tiempo. Pronto aparecen las mafias que se dedican a comerciar, ilegalmente pero amparadas por el propio gobierno, con la muerte. Lo que comienza como un conflicto interno pronto acaba convirtiéndose en un asunto internacional, cuando las fronteras de los otros países comienzan a llenarse de cadáveres.

A la renuncia inicial a cumplir con su cometido sucede, siete meses más tarde, el regreso de la Parca, con la aparición de un sobre morado, una carta escrita por la propia muerte en la que explica que ha pretendido que el ser humano conozca cómo sería la vida si ella no funcionase y en la que reconoce públicamente que se ha equivocado y que a partir de ese momento anunciará a las personas su muerte con una semana de antelación para que les dé tiempo a poner en orden todos los asuntos de su vida. Para avisar del fallecimiento la muerte utiliza el servicio postal tradicional, a través de cartas de color violeta. Este nuevo experimento lleva a peores resultados que el anterior. El aviso de una semana sólo sirve para crear un estado de histeria colectiva que lejos está de la aceptación y de la resolución de los asuntos mundanos. El país cae en un nuevo caos.

Así, por ejemplo, el primer ministro, una vez analizados en su entrevista con el rey todos los efectos negativos que la inmortalidad acarrea, llega a concluir que “si no volvemos a morir, no tenemos futuro”.

El libro se divide en dos partes tan distintas que podría hablarse de dos libros.

La primera es una historia con un protagonista colectivo “todo un país”, sin que ningún personaje destaque por encima de otro; la segunda, una historia individual, con dos protagonistas claramente definidos. Cada parte, además, está escrita con un estilo completamente diferente: aún manteniendo el tono novelístico la primera tiende más a la exposición y a lo ensayístico mientras que la segunda es una novela en el sentido más tradicional.

Para leer con atención y disfrutar de los momentos de humor negro.