Común unión y esperanza


Por Lucila Cordoneda

Subte línea A, 10 de la mañana.

Una pareja con un niño de más o menos 7 años se sienta frente a nosotras.

Íbamos camino con mi hija a una de nuestras extenuantes y muy copadas jornadas de caminata y elección de textiles, avíos y proyectos varios.

Ella es la que me hace reparar en el niño del grupo que acababa de subir, en su seriedad, casi exagerada para la edad.

Lo miro, erguido, ojos enormes café, una mano sobre la otra como si sostuviera un rosario, piernas cruzadas… idéntica postura a la de su mamá.

Al recorrerlo rápidamente con la mirada, lo que hasta ahí era enternecedor y risueño, en un instante pasó a ser casi conmovedor. La pulcritud de su gastadísimo jean (raya de planchado incluida), las zapatillas, la campera que llevaba, todo absolutamente hablaba de un cuidado y un esmero puestos en la tarea, casi excesivos. El pelo perfectamente acomodado, aún húmedo, daba cuenta de un esfuerzo extra por domarlo. Todo en él era casi como un certificado de decencia.

El cuadro se terminaba de armar con un padre joven que, a juzgar por el rostro, el curtido de sus manos y la ropa de fajina, daba cuenta de años de una vida no tan fácil.

La voz del subte anunció la estación. Nos bajamos en silencio, con el pecho apretado.

Mientras caminábamos hacia la salida, me asaltó un recuerdo entrañable y, cómo suele ser la mayoría de los que tengo, bastante aleccionador… la dignidad de la pobreza, pensé. Esa que, desde que tengo uso de razón, me transmitieron mis mayores.

Ese orgullo, esa integridad que solo da el trabajo, la mesa puesta, el plato lleno.

La soberbia del que se sabe útil, se sabe dueño de su destino y responsable de los suyos, a fuerza de trabajo, posibilidades y sueños.

En ese momento sentí la necesidad de volver a poner en palabras aquellos mandatos familiares. Los repetí casi como un mantra, una orden. Relaté, una vez más, anécdotas y dichos de mi abuela y mi madre.

Y, entonces, volví a sentir con ellas esa comunión que uno descubre cuando ve crecer a sus hijos, esa que te carcome las entrañas y las hincha de orgullo cuando, aunque sea por ratitos, son ellos quienes te dan el brazo para que cruces la calle o te ayudan a resolver alguna tarea que, por los años o por los avances tecnológicos, nos resultan tan incomprensibles como para ellos la división con resta hace algunos años.

Y sentí orgullo de ella y un poco de mi. El trabajo, pensé, dignidad para el que lo tiene, desesperanza y dolor para el que no.

Seguimos caminado, casi de la mano, avanzando en silencio, ensimismadas en nuestros recuerdos y presentes, soñando y agradeciendo.

Esperanza y presente, memoria y presente.

«A menudo expresé que el mejor poeta es el hombre que nos entrega el pan de cada día: el panadero más próximo, que no se cree dios. Él cumple su majestuosa y humilde faena de amasar, meter al horno, dorar y entregar el pan de cada día, con una obligación comunitaria. Y si el poeta llega a alcanzar esa sencilla conciencia, podrá también la sencilla conciencia convertirse en parte de una colosal artesanía, de una construcción simple o complicada, que es la construcción de la sociedad, la transformación de las condiciones que rodean al hombre, la entrega de la mercadería: pan, verdad, vino, sueños».

Pablo Neruda. Discurso al recibir el Premio Nobel de Literatura en 1971.
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