Consejos para el estresado Alberto M.


Si bien es imposible sustraerse por completo a los efectos del estrés, en tanto somos seres vivos y por lo tanto sujetos a los cambios en nuestro ambiente, existen individuos más vulnerables que otros a sufrir sus consecuencias.

 

Textos. Psic. Gustavo Giorgi.

 

Tal como si fuera una maldición, suena de fondo “Burning down the house” de Talking Heads en el taxi que lo lleva de regreso a su casa. La mala asociación entre la canción y los dichos de su compañero le tañe en la cabeza como la campana de la Iglesia del Carmen. “Flaco, estás al borde del burn out!”.

 

Este síndrome se caracteriza por un malestar generalizado, con franco decaimiento, cero ganas de hacer algo (mucho menos de trabajar) y surge a consecuencia de estar expuesto a fuentes de estrés durante un período sostenido en el tiempo. Originalmente se pensó que solo le pasaba a los médicos y al personal de la salud, pero luego se fue extendiendo a otros oficios como el de maestras por ejemplo; hasta que, al día de hoy, hay consenso respecto de que a cualquiera puede sucederle.

 

 

El flaco es Alberto M., el cuentacorrentista de la empresa. Explico: Tener esa tarea implica hacerse cargo de las cobranzas. Por ende, es estar atento a los plazos vencidos y consecuentemente actuar, ya sea por medio de llamados telefónicos, correos u otros con los morosos a los fines de reclamar las deudas.

 

Como te estarás imaginando, no todos se alegran cuando son contactados. En más de un caso se muestran hasta ofendidos con el tema. Mirá lo que decía uno de los clientes más antiguos hace unos días: “¡Pero flaco, por Dió…! ¡Hace más de veinte años que le compro al Ñato (apodo del dueño del negocio) y jamás le quedé debiendo una moneda! ¡Qué me venís a reclamar ahora por un cheque! Haceme el favor… Cortá antes de que me enoje en serio!”.

 

Y así una y otra vez… Encima, el tal Ñato este es de lo más cargoso. A veces parece que lo tuviese alquilado al flaco. Fija que al menos una vez por semana le pega una felpudeada por algo, ya sea porque se olvidó de llamar a alguien, o porque otro no cumplió con el plazo acordado… Como si él tuviese la culpa de todo…

 

– “Te juro, loco, que si no fuese por mi familia ya hubiese largado esto hace rato”.

– “Por ahí es el tiempo trabajando acá lo que también te tiene cansado. Yo creo que hay como un ciclo para todo, y que una vez cumplido, te tenés que ir y buscar otra cosa, qué sé yo… Otros horizontes. Mirame a mí: con treinta años ya tuve cuatro empleos. Y en cada uno me fue bastante bien, no me quejo. Pero en todos, apenas empezaba a aburrirme o a sentir que no tenía nada para aportar, me rajaba”.

– “Pero papá, flor de vivo sos… Yo no puedo hacer eso. Tengo una familia y cuarenta años en el lomo. No es soplar y hacer botellas conseguir otra cosa así de fácil”.

– “Flaco, si no hacés algo, vas a terminar gastándote el sueldo en remedios y tampoco es bueno eso…”.

 

Confieso que describir aquí la vida de Alberto M. es posible; pero el riesgo es que vos, mientras la leas, rompas la mesa de un cabezazo producto del sueño. Teniendo eso en cuenta, solamente diré que vive con un hijo de ocho años y su mujer, empleada en una repartición pública. Y sí, adivinaste, tienen por mascota a un adoptadito (así le llaman ahora a los perros de la calle, que de golpe adquirieron cierto status producto del esnobismo generalizado).

 

 

También tiene una peña con los amigos del primario, con los que a veces va a pescar. Y no mucho más de ahí. En resumen, no es una persona muy excepcional que digamos, encontrándose dentro del promedio de la población. Y justamente es por eso que su caso no resulta extraño, pudiéndole resultar familiar a más de uno. ¿Quién no tiene un amigo que siempre despotrica contra su empleo, se duerme en la mesa, y dice que no ve la salida al tema, que solo queda “seguir tirando para adelante”, mientras toma el último sorbito de vino con cara de resignación…?

 

La pregunta es: ¿Alberto M. (y aquellos en su situación) deberían preocuparse, por estar sufriendo estrés? ¿Cuál es la medida para eso?. Y finalmente ¿Hay algo que pudiesen hacer al respecto, más que quejarse de forma sistemática o rendirse dócilmente, asumiendo su taedium vitae?

 

¿QUÉ ES EL ESTRÉS?

 

Para Hans Selye, pionero en la definición de este fenómeno: «El estrés es una respuesta no específica del organismo ante cualquier demanda que se le imponga».

 

De esta definición se desprenden tres ideas fundamentales.

 

1. Demanda externa.
Debemos comprender que prácticamente cualquier episodio o circunstancia puede ser un gatillo para que aparezcan el aludido malestar.
Si bien existen clasificaciones de aquellos estímulos conocidos como alarmógenos, corresponde decir que las mismas observan más bien un carácter descriptivo que exhaustivo. Concretamente, puede decirse sin ambages que un hecho cualquiera puede ser vivido como estresante. Inclusive, hasta aquellos que convoquen al éxito como un ascenso o el logro de un objetivo fervientemente deseado.
2. Capacidad de respuesta vinculada a recursos propios.
Como tales existen los Vitales (salud), los Psicológicos (pensamientos positivos), las Habilidades Sociales (empatía, asertividad, etc.), los Lazos Sociales (amigos, familiares, compañeros de trabajo), y por último los de tipo material, como el dinero.
3. Los rasgos de personalidad.
Si bien es imposible sustraerse por completo a los efectos del estrés, en tanto somos seres vivos y por lo tanto sujetos a los cambios en nuestro ambiente, existen individuos más vulnerables que otros a sufrir sus consecuencias.

 

Tal como le pasa a Alberto M., su estrés (y el de todos) depende de la combinación entre estos tres factores:

 

Para padecer estrés es necesario percibir que la demanda exterior es mayor a los recursos que poseemos. Y tal evaluación es realizada sobre la exclusiva base de nuestra subjetividad.

 

Hay una sensación de desbalance entre demanda y recursos. Y para lograr restablecer un estado de equilibrio se vuelve imperioso esforzarse más.

 

Ante esto, y en términos generales, existen dos estrategias para controlar las manifestaciones del estrés. En la primera, se trata de rechazar o eliminar sus causas.

 

Por ejemplo, si se vivencia al empleo como algo muy difícil de sostener la sugerencia es abandonarlo.

 

Si lo anterior es imposible, el afrontamiento será la mejor opción. Como tal cosa existen numerosas acciones que han demostrado su eficacia. Muestra de las mismas son: la psicoterapia, actividad física, hobbies y reuniones con amigos, entre otras.

 

Lo que en ningún caso es recomendable la táctica del avestruz. Es decir, intentar huir del problema como un modo de hacerlo desaparecer. El desgaste psíquico implicado en tales acciones es, en muchos casos, superior al mal que se quiere borrar. Y esto sin mencionar los impactos a nivel físico que conlleva el desconocer tales dificultades, los que van desde un simple insomnio hasta complejas enfermedades psicosomáticas.

 

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