Textos. Psic. Gustavo Giorgi.

 

“Que me echen loco. Si no me quieren, que me echen. Yo no voy a ir llorando por los rincones pidiendo por favor…” repetía como una especie de mantra el Cuti, personaje popular de la ofi y famoso por los asados que supo mandarse otrora, cuando nos invitaba a su casa de Colastiné y terminábamos más borrachos que una cuba. Felices, hasta que el sentimiento de culpa en unos casos y la esposa en otros, nos atenazaba el corazón al día siguiente.

 

Nadie sabe a ciencia cierta porqué la cosa empezó a podrirse de forma tan notable.

 

El Cuti tenía más de diez años en la empresa, y siempre fue un operario más o menos del montón. Nunca se destacó por su brillo o labores extraordinarias, pero tampoco era una desgracia humana. Tan es así, que cumplía con los objetivos casi todos los meses.

 

En el grupo a todos nos llamó la atención la primera vez que escuchamos sus lamentos-quejas-rezongos porque en líneas generales, se la bancaba bastante bien. En sus propios términos: “Yo vengo porque me pagan, pero no me quejo. Tengo que llevarle el pan a mis hijos todos los días así que no hay otra”. De eso a “Que me echen…” y así, había una distancia.

 

Parece que la mano comenzó a cambiar cuando el Cuti se enojó porque no le habían dado las vacaciones todas juntas. O sea, los veintiún días de corrido. Era una época de pico de producción y no había forma de cubrir las vacantes, por eso el Jefe de Personal lo obligó a dejar una semana para el invierno. Creo que ahí le pifió cuando trató de venderle la idea como que iba a ser mejor para él y que iba a aprovechar mejor las vacaciones de invierno de sus chicos. Lo que no sabía es que la edad de los pibes del Cuti superaban holgadamente los dieciocho años, por lo que hacía rato solo iban a la escuela para votar.

 

Parece que este hecho, al que sintió como un impúdico tocamiento en la parte que no da el sol gatilló una hilera de reclamos en fila. Empezó con berretines varios, algunos con criterio de realidad y otros francamente desencaminados. Ejemplo de los primeros cuando pidió elementos de protección personal para todos y del segundo cuando solicitó un premio especial en dinero por el mero hecho de cumplir 50 años.

 

La cosa es que la situación no resultaba fácil para nadie. Desde que este hombre se tiró a chanta el trabajo se nos hizo más pesado a todos, y la explicación es simple: además de nuestra tarea tenemos que hacer la de él. Y un día, pasamos de criticarlo a sus espaldas durante el almuerzo, a ir a hablar con el jefe. El que asumió la voz cantante fue el viejo Jaime: “Oiga patrón. Esta situación no da para más. Ya estamos cansados del Cuti. Todo el día está haciendo berrinches como las criaturas, no deja hacer el trabajo, se queja y anda tratando mal a todo el mundo. Haga algo. Ya no da para más esto”. Y la respuesta no se hizo esperar: “Sacaron cálculos de lo que vale echar a un empleado con esa antigüedad? Ni loco lo despido. Me sale más caro el collar que el perro!”, dijo en medio de una risa nerviosa Góme (así, sin zeta final, es el jefe y dueño de la empresa). Hoy rozará los sesenta años y siempre manejó las cosas así, a su antojo. Su política es la del desgaste barato. Consiste en perturbar a un empleado, asignándole las tareas más rutinarias y monótonas, cambiándolo de turno todo el tiempo, etc. En una palabra, molestarlo todo lo posible hasta que se canse y renuncie, o en el peor de los casos, pida negociar una salida.

 

Los costos ocultos de no despedir a un empleado problemático

 

Seguramente que este caso, siendo empresario o gerente, le ha tocado más de una vez. Circunstancia que lo llevó a afinar el lápiz y ponerse a sacar cuentas de cuánto le costaría despedir a un empleado problemático. Y en ese momento, observar cómo los números empiezan a engrosarse, sumando cada vez más ceros a la derecha, a medida que su jerarquía o antigüedad asciende en la organización. Aquí, es donde aparece el dilema: ¿Qué conviene hacer: retenerlo, para ahorrarse el dinero y no dar una imagen de debilidad ante los otros empleados o desvincularlo y asumirlo como una inversión? Basado en la experiencia de innumerables casos, pienso que la respuesta es inequívoca, imponiéndose así el despido. Desde mi punto de vista, sostener un empleado problemático o disconforme en la plantilla equivale a asumir los siguientes costos ocultos:

 

1. Desmotivación y percepción de injusticia
Dentro de las principales causas de bajo rendimiento, rotación o ausentismo en los empleados, figura esta percepción negativa de sentir que la organización trata a todos por igual, no solamente no premiando a los mejores sino sobre todo no castigando a los nocivos. Da lo mismo hacer las cosas bien que mal y por lo tanto la performance comienza a emparejarse para abajo.

 

2. Daño en la comunicación organizacional
Esto debe ser analizado en sus dos vertientes. La primera, cuando el colaborador negativo es aislado del resto y la segunda, peor aún, cuando aquel genera grupúsculos corporativos dentro de la empresa, al modo parasitario. En ambas situaciones cabe esperar como consecuencia rumores, chismes, circulación de informaciones falsas y ocultamiento de datos claves.

 

3. Sobrecarga de actividades en los jefes o en colaboradores valiosos
Esto es evidente: Alguien debe hacer las cosas. Los productos y servicios deben ser prestados a tiempo, y para que ello suceda la ausencia de esfuerzo por parte de algunos será suplida inmediatamente por otros, ya sea el jefe (en el conocido fenómeno de delegación inversa) o los propios compañeros. A mediano plazo sumaremos otro problema al que ya teníamos: empleados valiosos estresados.

 

4. Posible pérdida de clientes
Quizás este sea el factor más ponderado por los empresarios, y posiblemente menos tenido en cuenta al momento del presente análisis. ¿Se puso a pensar detenidamente el impacto que podría llegar a causar en sus clientes los errores, omisiones, desvíos o malas atenciones?. Y no solamente me refiero a empleados con atención al público. Todos los colaboradores de una empresa inciden en el resultado final. La mala preparación de un pedido. Un error de cálculo en la facturación. La falta de respuesta ante un problema concreto tiene la fuerza suficiente para hacernos perder un cliente.
En resumen, puede verse aquí que siempre termina siendo mucho mejor una cirugía a tiempo que muchos analgésicos juntos.