En estos eventos se actualiza, vive y pone en escena lo percibido por los empleados de aquello que sucedió durante los últimos doce meses. Se trata de una herramienta simbólica que revela, más allá de las palabras, los sentimientos profundos de las personas.

Textos. Psic. Gustavo Giorgi.

 

“1; 2; 3… ¡128!. Somos un montón este año!” decía una atribulada Margarita mientras repasaba la lista de los empleados en una planilla Excel.

 

“Y claro, con todos los chicos nuevos que entraron ahí tenés. Esos te hacen la diferencia…” seguía con su cantinela pero ahora en un volumen mínimo (como cuando ponés el tele en 1 para no despertar a nadie).

 

“Encima que ando con tantas cosas, también me enchufan esto para hacer…” refunfuña luego. “Marga, no te quejes… sabés bien que sos la mejor para esto…” le contesta Robertito, comercial nuevito con femenino andar y modalidades algo manipuladoras aunque también, un poco ingenuas-simpáticas.

 

Ella es, además de secretaria del namberuan la organizadora de eventos periódicos que cada año debe algo así como revalidar su título. O por lo menos ella lo ve desde ese punto de vista. Dice: “La fiesta de fin de año no tiene que ser buena o muy buena: debe ser im-pe-ca-ble de principio a fin. Que los bocaditos se sirvan enseguida, para evitar la ansiedad/quejas de los invitados. Que la entrada no debe ser la aburrida tirita de fiambre con rusa. Que el plato principal tiene que llegar caliente a la mesa y el postre, en simultáneo para todos. Y lo fundamental: ¡el número principal!”. El año pasado lo trajeron a ese de colita que canta cumbia con voz gruesa (no recuerdo en este momento el nombre… por ahí más adelante sale…) y fue todo un éxito. A pesar de las resistencias iniciales, al poco rato ya todos habían abandonado sus mesas y comenzado a bailotear como maniáticos plenos de furia catártica (1).

 

Sus expectativas para este año son más bien altas, como de costumbre. Está confiada que todo va a salir como lo planea, pero sabe también que para que eso suceda hay una parte que a ella le toca y otra que la excede plenamente. Digo esto a propósito del tremendo garrón que se comieron en 2014, cuando a la fiesta solamente fueron 4 personas: el dueño, su esposa, ella misma y el gerente de marketing (que, corresponde decir, estaba más que comprometido con el evento).

 

Nunca olvidaré el lunes posterior a ello: la oficina se había transformado en algo muy similar a una sala de velatorio. O inclusive, con más mala onda (porque hasta en los velorios, siempre hay alguien que se ríe. Acá no. Nadie osaba siquiera una mueca similar a eso).

 

Los clásicos comentarios posteriores a un evento de estas características eran nulos. Nadie tenía fotos para mostrar de la noche del sábado: ni comprometedoras, graciosas ni nada. Nada que poner en Facebook ni en el incipiente Instagram. Cero al as.

 

Los ausentes rehuían la mirada a los 4 fantásticos (esos que sí habían concurrido). Y estos últimos los fulminaban con los ojos intentando (pienso yo) transformarlos en piras humanas y así chamuscarlos de pies a cabeza.

 

Los que siempre hablaban estaba mudos. Y los que nunca hablaban seguían igual, claro, aunque ahora su silencio adquiría un peso mayor. Todo ese volumen de puntos suspensivos se hacía, paradójicamente ensordecedor. Era un mutismo lleno de palabras a descifrar. ¿Por qué los empleados no fueron a la fiesta? ¿Realmente todos tenían otros compromisos? ¿Pifiamos en la elección del día? Preguntas que insistían en la cabeza de los organizadores y ameritaban ser respondidas…

 

Le atribuyo a esa situación el carácter de una epifanía. Esos tremendos porrazos que, si sabemos leerlos y aprender de los mismos, nos permiten cambiar e ir mejorando. La experiencia del Eureka, diría… Arquímedes? (ay, hoy estoy con los nombres…).
El caso es que hasta ese fatídico momento todo el mundo veía a la fiesta de fin de año como algo sin importancia. Una cosa que sirve para verse las caras de cuando en cuando, tomar un poquito de más, aprovechar para sacarle el cuero a alguno y no mucho más de ahí. Sin embargo, esa noche los que mandaban se avivaron que este evento valía para saber exactamente lo que pensaban los empleados de la empresa, independientemente de lo que hayan respondido en la burocrática Encuesta de Clima Anual o sus palabras durante los desayunos de trabajo de los lunes…

 

¿Para qué sirven las fiestas de fin de año en las empresas?

 

Primera respuesta obvia: Para que los empleados se diviertan. Ok.

 

Segunda: Para elevar el sentido de pertenencia en los colaboradores. Sí.

 

Tercera: Motivar a la gente. Ponele…

 

Cuarta (y no tan evidente): Animarse a conocer qué sienten realmente las personas que hacen el día a día en la organización.

 

Para esto último, aquellos interesados deben tener el coraje para asomarse al balcón y mirar el paisaje sin lentes que deformen la realidad. Es mucho más fácil relajarse y hacer de cuenta que. Es aliviador suponer que nuestra gente está feliz en su empleo, que no hay grandes problemas personales entre unos y otros o que están ciento por ciento conformes con lo que hacen. “Porque eso dijeron en la encuesta ¿No?”. Tal como escribía Platón es su Mito de la Caverna, no es para cualquiera asomarse y aguantar la claridad emanada por la luz del sol. Muchos prefieren las cadenas, la oscuridad y lo conocido antes que aventurarse en el camino del verdadero conocimiento.

 

En las fiestas de fin de año se actualiza, vive y pone en escena lo percibido por los empleados de aquello que sucedió durante los últimos doce meses. Es una conducta simbólica que revela, más allá de las palabras, los sentimientos profundos de las personas: En la historia, durante 2014 se produjeron hechos concretos que minaron la confianza del personal hacia la organización. La ausencia masiva en el acontecimiento no estaba ligada a aquellas excusas poco creíbles ni a malos resultados comerciales sino que tenía que ver con la remoción de un gerente muy apreciado, de la que jamás se brindaron los motivos y el no cumplimiento por parte de la compañía de una mejor obra social para sus colaboradores.

 

Es increíble cómo estas cosas se descuidan, ilusionando a quienes comandan las empresas con que son temas menores, que con el paso del tiempo quedarán olvidadas y que en el fondo hay cuestiones más importantes, como el sueldo. Sin embargo, los empleados siempre, a la corta o a la larga, dirán o actuarán sus verdaderas emociones.

 

En estos tiempos de balances, reacomodamientos y planificaciones recomiendo e invito calurosamente a todos los que hayan atravesado situaciones similares a la descripta a que las utilicen como una palanca de cambio tendiente siempre al aprendizaje y la oportunidad de mejora. Siempre es preferible estar atento a las verdades antes que dormir la tibia siesta de una comodidad negadora de los hechos.
Ah, y ahí me acordé: al que trajeron el año pasado fue a Mario Pereyra.

 

(1) Aquellos que me conocen saben que el baile no es precisamente lo mío. Mi lugar más cómodo es el del debate pavo y la generación de hipótesis ridículas de difícil comprobación. Concretamente, durante esa noche y mientras los veía danzar con fruición pensaba en los cantos del coro en la tragedia griega, también orientados a dar cauce a las pasiones más bajas de los hombres.