¿Cuándo dejé de hacerlo?



Por Lucila Cordoneda

Dale má metete. No pasa nada. Solo tenés que saltar cuando vienen las olas.

Ahí estaba yo, después de… ¿diez? ¿quince años? Da igual.

Hace mucho que dejé de meterme al mar.

Y lo hice, si, si.

Y nada me importó si el traje de baño se empeñaba en dejar al descubierto mi humanidad o si se llenaba de caracolitos el pelo o lo que fuere que ocurriera.

¡Me metí!

¡Qué bien se siente!

Cuerpo fresco, alma calentita al ver la risa eufórica de quienes me acompañaban.

Lo habíamos logrado.

No tenemos claro cuándo fue que pasó.

Podemos estimarlo, imaginarlo y a veces hasta ponerle un día y una hora lo más próximas y acertadas posibles.

Sin embargo, lo único cierto acá es que, dejamos de hacerlo.

O lo hacemos menos, mucho menos, aceptando y resignando.

Por ahí, hasta nos convencemos de que «no es necesario» o de que «ya pasó el tiempo de…»

Por el resto del día mantuve el corazón apretadito.

Y fue inevitable…

¿Cuándo fue que dejé de hacerlo?

La lista que a continuación se detalla, no le pertenece a nadie. Es solo a modo de ejemplo.

Sin repetir y sin soplar un inventario, tan improvisado como sencillito y obviamente incompleto, de haceres (y placeres) que vaya uno a saber por qué, pasaron a dormir el sueño de los justos.

Sentarnos en algún lugar a ver la vida pasar.

Reírnos a carcajadas.

Animarnos a decir «no», «no es lo que deseo» y a no tener que inventar excusas descabelladas para justificarnos o lo que es peor, embarcarnos en citas, tareas o cuestiones varias que nos causan malestar o disgusto.

Jugar al elástico y a la rayuela.

Preguntar sin vergüenza. No hay preguntas tontas amigas.

Dar un abrazo y decir «te quiero», sin que haya causa o motivo aparente, más que las ganas de hacerlo.

Pedir un abrazo.

Recordar los números de teléfonos, las fechas de cumpleaños y llamar, no mensajear.

Comer mandarinas y escupir la semilla una y otra vez, intentando vencer nuestro propio récord.

Comer sin culpa.

Hamacarnos.

Pedir que nos cuenten un cuento.

Echarnos a mirar las estrellas…

Aún a riesgo de caer en el «ama, ríe, sueña» de dudoso standard autoayudesco, te propongo que lo intentes.

La lista puede ser enorme, o no, pero te aseguro que vale la pena.

Y, por ahí, quien te dice, te anima a tomar envión.

¿Que son cosas de chicos? ¿Quién lo dice amiga? ¿Dónde está escrito?

Hace poco leí: «Nacemos con un único contrato inquebrantable, morir. Y, aún así, no valoramos la vida que tenemos».

Solo agregaría: «Esa vida que esta hecha de lo sencillo y cotidiano».

La vergüenza y el miedo solo hacen que nos distraigamos de lo importante.Dale pa’ lante amiga. 

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