Nació a unas cuadras de la cancha de Unión pero es hincha de Colón, estudió en la Beleno, la Avellaneda y el Industrial, trabajó en el sur del país y en 1960 se fue a Estados Unidos. La apasionante historia de un santafesino que se emociona cuando escucha folclore y cada tanto regresa a su tierra y con su gente.

Textos. Enrique Cruz (h). Fotos. El Litoral y gentileza entrevistado.

El bebé de la foto es “Paco” y es una de las reliquias que guarda con mucho cariño de su familia. Rodeado de sus seres queridos, cuando recién amanecía a la vida y ni imaginaba el futuro que lo aguardaba.

 

“Alguien dijo una vez, que yo me fui de mi barrio. ¿Cuando?…, pero, ¿cuando?. ¡Si siempre estoy llegando! Y si una vez me olvidé, las estrellas de la esquina de la casa de mi vieja, titilando como si fueran manos amigas, me dijeron: “Gordo, gordo, quedáte aquí, quedáte aquí”. Es la letra de “Nocturno a mi barrio”, un tango compuesto por Aníbal “Pichuco” Troilo allá por el segundo lustro de la década del 50. Cuando aquél muchacho llamado Francisco Antonio Alvarez, “Paco” para los amigos, hacía todas las cosas de los jóvenes de esa época: los picados en el potrero, el inicio en los bailes, las amistades que se recuerdan y perduran para siempre en la memoria, las charlas en la esquina y los gritos de la madre para ir a comer porque llegó papá y hay que sentarse a la mesa. “Paco” era un típico muchacho de barrio, nacido en el corazón del barrio Roma, en calle Dr. Zavalla, bastante cerca de la cancha de Unión. Vivió con intensidad aquellos años inolvidables de la infancia y la adolescencia, los primeros amores, los estudios y los amigos que resisten al tiempo y al olvido. Pero en 1960, con apenas 24 años, resolvió lanzarse a una aventura de la que no se arrepiente: dejó todo y se fue, con lo puesto, a criar raíces en Estados Unidos. Y tiene toda una historia a cuestas para contar.

—¿Qué recuerdos tiene de su niñez?
—Jugábamos día y noche a la pelota, en los baldíos, en la esquina, con pelotas de trapo o hechas con las vejigas de las vacas. La primera pelota la ganó mi hermana en un sorteo en la escuela. Ella sabía que yo soñaba con la pelota. Tenía para elegir la pelota o la muñeca. Y trajo la pelota, que era de tiento. Esa noche dormí con la pelota. Jugué en Gimnasia de Ciudadela, en 6ta, 5ta y 4ta. Jugar al fútbol era todo para mí. Hice la primaria en la Beleno, parte de la secundaria en la Escuela Avellaneda y luego me cambié a la Industrial y me recibí estando en el servicio militar. Me acuerdo del coronel Pita, una excelente persona que me daba permiso para venir a la escuela de noche. Teníamos un grupo muy grande. Pochito Lillino, que jugaba al fútbol en Gimnasia y luego se fue a Newell’s, que era un excelente jugador pero le tenía miedo a los aviones y una vez no quiso viajar a un partido que Newell’s jugaba en Mendoza. Juan Carlos Montemurro, el Turco Aguier que vivía en calle Primero de Mayo, “Cri-cri” Ruatta…. Un montón…

—¿Y su primer trabajo?
—En YPF, me mandaron a Cañadón Seco en Santa Cruz. Y de ahí a Pico Truncado. Lo malo era el viento, que no paraba. Pero teníamos buenos sueldos, cobraba tres veces más de lo que cobraba mi padre.
—¿Cómo se le ocurrió aquéllo de irse a Estados Unidos?
—Junté mucho dinero en el sur, pedí permiso en YPF y me fui. Lo único que tenía era la dirección de un cubano que era periodista. Tenía 24 años y entré a trabajar en el restaurante en el que trabajaba él. Limpiaba mesas, levantaba platos, después pasé al mostrador, a veces fui cocinero, me dieron la oportunidad de ser cajero y luego fui asistente del manager. Ahí estuve casi cinco años y conocí a un uruguayo, que me invitó a jugar en un equipo de fútbol que se llamaba Argentino. El me dijo de trabajar en una empresa de electrónica. Yo sabía de electricidad pero no de electrónica. Y ahí trabajé 43 años y me jubilé. Desarrollábamos componentes para el ejército y la marina, cosas para la guerra. Me hice ciudadano americano para poder quedarme. Ellos estudiaban y averiguaban todo. Hasta llegaron a averiguar cosas mías en Santa Fe, por el tipo de trabajo que hacía.

—¿Extrañaba?
—A los amigos, las reuniones, pero hacía la vida como acá. De vez en cuándo un asadito, lo mismo que acá…

—Y pasaron presidentes…
—Nixon, Carter, Obama, Reagan, Bush, Ford… Cuando estaba trabajando en el restaurante y llevaba el cambio al banco, me enteré que lo habían matado a Kennedy en Dallas. Me gustaban Carter y Obama. No me gustaron los republicanos. Reagan nos creó problemas económicos. Y del que está ahora, no quiero ni hablar.

—¿Se casó?
—Me casé con una chica de República Dominicana, tengo una hija que se llama Virginia Giselle. Virginia por mi madre y Giselle en honor a un ballet. Mi señora se llama Telma del Pilar Fittipaldi, como el corredor brasileño. Resulta que en aquellos tiempos, terminaba de trabajar como a las 11 de la noche y salíamos corriendo a la Casa Galicia a bailar. Llegaba a ese lugar con olor a “bistec” (risas). Ese día, había ido a bailar un grupo de chicas que recién egresaban de la escuela secundaria. Y ahí estaba ella. Estamos casados desde hace 54 años. Primero recorrimos el mundo y a los 12 años de casados, tuvimos a nuestra hija. Ella estudió medicina y un día me dijo que no le gustaba, se recibió de sicóloga, se especializó en sicología deportiva y siguió estudiando. Un día me dijo que quería estudiar abogacía y se recibió también. Rindió un examen obligatorio del Estado y lo pasó en el primer intento, algo que es casi imposible. Y después de trabajar con varios abogados, resolvió abrir su oficina.

—¿Habla en inglés o en español con ellas?
—Con mi señora y mi hija, hablo en español, pero ellas entre sí hablan en inglés. No soy muy bueno en el inglés, pero me defiendo.

—¿Pensó en un regreso definitivo alguna vez?
—Nunca. Creo que sería injusto que le dijera a ella, mi mujer, que se venga para acá. Ella es de República Dominicana. Y echamos raíces en Long Island. Ahí nos quedaremos.

—¿Qué le sorprende cada vez que viene a Santa Fe?
—Que la gente se queja (risas). Pero este año me sorprendió la ciudad, veo que realmente se está haciendo algo. La avenida Freyre, bulevar Gálvez, la plaza San Martín. Hay muchos edificios y veo que la ciudad está cambiando.

—¿Qué cosas le angustian?

“Paco” hace un silencio pronunciado y se le nota la emoción.

—Me pongo a escuchar folclore y me emociono, se me caen las lágrimas. El tango también, pero más el folclore. Admiraba mucho a Los Fronterizos, Los Chalchaleros, Los Quilla Huasi, Ariel Ramírez, Cafrune… Y en el tanto, me gustaba mucho Pugliese. Recuerdo cuando venían a Unión las orquestas de Buenos Aires y yo estaba en primera fila. Ayudaba a acomodar las sillas y las mesas para entrar gratis, porque no tenía plata para pagar la entrada.

—¿De qué club es hincha?
—Soy de Colón, pero no sé bien por qué. Mi papá no sabía nada de fútbol pero me regaló la camiseta. Mis padres vieron por primera vez un partido en Nueva York, cuando yo jugaba en Argentino. Admiraba en esos tiempos a Severino Varela, el delantero de Boca, también me gustaba Pescia. En Colón, inolvidable Chengo Canteli, que después tuvo una pizzería. Me gustaba mucho el fútbol. Y ahora lo sigo al Barcelona. Y a Boca, claro.

—Y allá en Estados Unidos, ¿qué le dicen cuando se enteran de que es argentino?
—A veces me da la impresión de que no saben que existe la Argentina, ellos se creen que Buenos Aires queda en Brasil (risas).

—¿Y la inseguridad?, ¿es algo que lo sorprende a usted, que vivió en Santa Fe en otros tiempos muy distintos?
—Te cuento algo: en Buenos Aires me asaltaron, así que ya la experimenté. Antes, la gente se sentaba en la puerta de la casa, los vecinos hablaban, se reunían, tomaban algo y se quedaban en el verano hasta la hora de irse a dormir. Me acuerdo que venía del cine a las 12 de la noche caminando y nunca me pasaba nada. Hoy es algo diferente, la gente no anda de noche. Y se siente que tiene miedo.


Con su señora, en un viaje inolvidable que hizo por varios países. “Con ella nos casamos, nos dedicamos a viajar y luego tuvimos a nuestra hija”, cuenta. Su esposa es dominicana.

Francisco Alvarez es “Paco” para aquéllos amigos con los cuáles aprendió los primeros grandes secretos de la vida en aquellas calles de tierra de barrio Roma, hace muchas décadas. Después, esa misma vida lo llevó a Estados Unidos, a buscar nuevos horizontes y a encontrarse con la felicidad de un amor y una familia. Cada tanto vuelve a su tierra, para estar con su gente y caminar por esas calles que lo vieron crecer y a reencontrarse con los amigos que la distancia y el tiempo no lograron que los olvide.