Cuando las vacaciones detonan preguntas difíciles


Sabemos muy bien que el tan deseado descanso puede ser el paraíso imaginado, el infierno tan temido o bien la ocasión propicia para resetearse en serio y comenzar a tener una mejor vida.

Textos. Psic. Gustavo Giorgi.

 

Mar del Plata, Argentina. 5 de enero de 2019. Playa.
“¡Te juro que es la última vez que salgo de vacaciones con vos, Ernesto!. Esto no puede ser… Tenemos los chicos grandes y todo para disfrutar: un buen pasar económico, salud, tiempo… Qué más querés… Es el segundo año que me hacés lo mismo. Y no te confíes en que llegamos a casa y en unos días se me pasa. ¡Olvidate! Esto me hizo dar cuenta de un montón de cosas… Y llegó la hora de hablarlas”.

Santa Fe, 15 de febrero de 2019. Consultorio.

“Desde afuera, yo les sugeriría que comiencen por pensar el lugar que el trabajo tiene en la vida de cada uno. Lo que significa…”.
“Mirá Gustavo… El empleo fue siempre todo, todo lo que tengo se lo debo a mi trabajo: el pan de mi familia, los estudios de la nena, la casa… Incluso hasta las vacaciones, motivo por el que saltó todo”.

Viñeta clínica inventada pero no por eso mítica o inusual. Por el contrario, sabemos muy bien que las tan deseadas vacaciones anuales pueden ser el paraíso imaginado, el infierno tan temido o bien la ocasión propicia para resetearse en serio y comenzar a tener una mejor vida.

Supongamos una pareja de mediana edad, Ernesto y Eugenia. Ambos profesionales medianamente exitosos, cada uno en lo suyo. El primero orientado al rubro inmobiliario y ella dedicada a su consultorio odontológico. A los dos les fascina lo que hacen. Sin embargo, el costo psíquico para cada uno es distinto. Eugenia nunca tuvo estrés por caso, y eso que pacientes no le faltan. En cambio, Ernesto ya tuvo episodios de arritmias, insomnios prolongados y malestares gástricos de variada intensidad a lo largo del tiempo (“Porque te aclaro que esto que le pasa no es de ahora, es de siempre”, acotaría su esposa).

La rutina del día a día es como un tren al que te subís tempranito y vas a toda velocidad, deteniéndote en varias estaciones (llamados telefónicos, encuentros, almuerzo, computadora) pero en ninguna te quedás mucho y tampoco la pasás demasiado bien. Así hasta llegar a las últimas: cena y cama, chau.

Decime, ¿en qué momento del día estuviste contento? ¿O cuántas veces te preguntaste por las personas que amás?. ¿Mientras almorzabas, tu cabeza pensaba cómo estaba tu hija con su novio o bien en el próximo cierre de ventas?

“Por Dios Gustavo. Estás cada día más parecido a un libro de autoayuda. Lo mío pasa por otro lado. No es tan fácil de resolver… Pero yo no es que esté enfermo, lo mío son problemitas… nada serio… Problemas, lo que se dice problemas los tiene esa pobre gente que no puede llegar a fin de mes. Esos sí que la tienen difícil”.

Si algo aprendí de una psicoanalista que coordinaba uno de mis primeros grupos de estudio es eso. “El obsesivo cuando se acerca a su dificultad, se pone bravo. Se enoja cuando comenzás a intervenir de lleno en su padecer. Una vez que se cierran, hay que saber entrarles después”, me dijo una vez Graciana Rossitter.

Claro que no todos los que tienen rasgos obsesivos se vuelven de las vacaciones antes de tiempo ni todos sufren por lo mismo. Hay, sin embargo, algunos temas comunes que Ernesto encarna: las constantes tribulaciones (a eso le llamamos rumiación de ideas) que no llevan más que al goce propio del devaneo intelectual sin salida (en buen romance sería pensar pensar y pensar sin llegar a nada); una vocación permanente por tener el control sobre todas las cosas y una preocupación insistente por el dinero.

¿Será solo una cuestión de plata?

¡Claro que no!. En el inconciente, el dinero es sinónimo de otras cosas pero fundamentalmente debemos entender que posee un componente imaginario muy patente, capaz de impedirnos preguntar por lo importante. Es como si te dijese que sirve muy bien como máscara de otras cosas y a la vez te hace creer que con él podrías lograr casi todo.

En el obsesivo el tema del dinero es central, posiblemente más que en otras neurosis por el carácter especial que tiene el mismo, vinculado de forma muy cercana a las primeras experiencias infantiles que delinearán más adelante el malestar o síntoma en la persona que lo padece.

En este caso, todo parece indicar que la imposibilidad de Ernesto de desentenderse por unos días de sus obligaciones y de darle al trabajo un lugar en su vida, pero no protagónico sino como uno más dentro de otras esferas importantes como la de la familia o los amigos tiene que ver con algo de lo pulsional que lo torna muy difícil de manejar. Y como todo síntoma ligado a lo inconciente, el mero hecho de racionalizarlo no basta para liquidarlo. Hace falta un paso más. Preguntarse por uno mismo y su deseo. Ir a fondo… En el obsesivo tenemos un superyó feroz. Instancia crítica que no solo se la pasa juzgándonos sino que nos declara siempre culpables. De ahí la recurrente frase: “Me siento culpable por haber hecho (o no haber hecho, para el caso es lo mismo) tal o cual cosa”. En términos de Ernesto podría ser: “Si dejo al negocio sin mí todos estos días se va al tacho. No estamos en condiciones de que se maneje solo. No los puedo dejar solos. Además, para serte franco, me da culpa estar sin nada que hacer…”.

El superyó contemporáneo y global, si cabe la expresión, no solo obliga sino también impulsa a producir ciegamente todos los días sin parar. Todo descanso en esta lógica mecánica y ciento por ciento compulsiva es visto con pánico. “Si dejo de trabajar una semana lo perderé todo”. “No es un verdadero hombre aquel que no trabaja y lleva a sus hijos el pan de cada día”. “Es mi obligación continuar con el negocio de papá…”.

Entonces, tenemos una sumatoria que más que adicionar multiplica sufrimientos. Una estructura psíquica vulnerable al superyó como es la obsesiva potencia la agresividad inherente a este último cobrándose por víctima no solo al sufriente sino también, si no es detenida a tiempo, a todos sus seres queridos.

Eso le diría a Ernesto y con él a todos los otros Ernestos que andan sufriendo solos por ahí y no se animan a parar la bocha y darse la oportunidad de tener una vida mejor.

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