¿Cuánto amor estás dispuesta a soportar?


Por Lucila Cordoneda


“Te amo, te odio, dame más” popularizó Serú en su inmortal Peperina.
Más, siempre más. No sabemos con claridad lo que estamos pidiendo, solo sabemos que nos apetece otra ración. No alcanza, nunca parece ser suficiente. Y menos cuando de amor se trata.

Vamos por ahí exigiendo que nos quieran. Estirando la mano mendiga, golpeándonos el pecho, exigiendo, exhortando.

Sin embargo ¿cuán dispuestos estamos realmente a recibir eso que demandamos constantemente?

¿Qué nos pasa cuando alguien parece acercarse y desinteresadamente nos cobija?

Hagamos el ejercicio de pensarnos y retrospectivamente ubiquémonos en alguna escena en la que la vida se nos haya puesto a prueba (vale cualquiera, son infinitas).

¿Cómo nos comportamos? ¿Qué lugar jugó la posibilidad, la oportunidad? ¿Cuántos peros interpusimos al abrazo, al cobijo? ¿Cuántas barreras, reales o virtuales levantamos, cuántos posibles caminos clausuramos?

Puedo suponer cómo les fue, y me pregunto: ¿Qué fuerza opera en nosotros que la sospecha puede más, el miedo nos vence y ese amor propio, tan mal entendido como vacío de sentido, nos deja a la intemperie, sin abrigo? ¿Por qué el deseo de ser amados se doblega ante la posible amenaza de sentirnos desnudos o vulnerables frente al otro?

El placebo a cualquier mal aparente en esta sociedad de consumo y exitismo parece ser el mostrase fuertes, infranqueables, casi inmutables ante el dolor. Soltar, sacudirse las penas y seguir es la fórmula garantida. Salir ilesos y asegurarnos, en lo posible, de que nadie haya advertido nuestro dolor.

Cómo si solo dependiera de nosotros y de nuestra voluntad. Y, lo que es aun más trágicamente ingenuo, cómo si eso pudiera hacerse en soledad…

Pues no queridas Mal Aprendidas, no alcanza, somos necesarias pero no suficientes. Nada se puede solo, nada. Ni siquiera aquello que creemos que es absolutamente nuestro, que nos pertenece exclusivamente, que es parte de nuestras más íntimas elecciones, decisiones y hasta presunciones. Porque en todo, aun cuando pretendemos creer que solo estamos respondiendo a nosotros mismos y a nuestros deseos, está presente el otro. Presente con su mirada, con su juicio y compasión. Pero presente, también con su cuna, su vientre, su amor.

¿Por qué nos empeñamos en callar lo que nos pasa, en no enunciarlo, en ahogarlo? ¿Por qué no aceptar que hay alguien a quien le importamos y que, de verdad, está en él, el deseo de ayudarnos?

Ponerle nombre al dolor puede ser el paso inicial para desmadejarlo, desarticularlo e impedirle el knock out. Apegarnos a él e intentar transitarlo en soledad, en cambio, puede dejarnos al borde del abismo, tan sordos y desesperados, como impotentes y vacíos.

Hagámosle un lugar a la confianza, permitámonos sentirnos seguros en nuestra vulnerabilidad, cómodos en el abrazo amoroso del otro. Dejémonos querer caramba, que al mundo hemos venido a eso -estoy segura- a amar y a ser amados.

Fuera de eso, todo sobra.

“Hace falta mucho valor para dejarse amar sin reservas. Un valor que es casi heroísmo. La mayoría de la gente no puede dar ni recibir amor porque es cobarde y orgullosa, porque tiene miedo al fracaso. Le da vergüenza entregarse a otra persona y más aún rendirse a ella porque teme que descubra su secreto… el más triste secreto de cada ser humano: que necesita mucha ternura, que no puede vivir sin amor. Creo que esa es la verdad”.

Sándor Márai, La mujer justa.
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