La autora nos presenta un pintoresco relato de su viaje por el encantador sur de Francia.

 

Textos y fotos. Graciela Daneri.

Tras visitar Lyon, donde se advierte una urbe importante, con arbolados bulevares y un generoso espacio comercial ­además de su ciudad medieval- y donde el Ródano y el Saona desplazan sus aguas, la meta era retornar a ese hechizante sur de Francia.

 

 

Mientras el tren nos lleva de una ciudad a otra, en un par de ocasiones pasamos por dos localidades que no teníamos en nuestros registros, Béziers y Sète, y viéndolas así, de manera fugaz, pensamos que debíamos visitarlas en algún momento.

 

 

Y así lo hicimos, llegando en una ocasión a ambas, ya que a la distancia nos habían impresionado favorablemente. Béziers tiene sus atractivos, entre ellos el viejo puente sobre el río Orb, que data de la Edad Media. También un amplio predio prolijamente diseñado y forestado, denominado Parque de los Poetas, emplazado en 1867 y que, con estatuas y bustos alusivos, rinde tributo a algunos vates universales. Más allá, en la parte alta de la ciudad, está su singular catedral de Saint-Nazaire, cuyo aspecto exterior es semejante a una fortaleza y su frente asoma hacia el propio Orb, que vemos discurrir muchos metros más abajo.

 

Por su parte, a pocos kilómetros de Béziers está la más pequeña Sète, donde a través de un puente se desemboca en uno de sus bulevares centrales, con su teatro y el navegable Canal Royal, donde uno de sus muelles lleva el nombre del insigne Louis Pasteur. Hay varios puentes levadizos más en diferentes tramos de esa amplia vía acuática, donde pequeñas embarcaciones permanecen amarradas, brindando el conjunto una pintoresca estampa de esta ciudad.

Tras las huellas del Conde de Montecristo

 

En el programa viajero, Marsella pasaba a ser el inicio del tramo final de nuestro periplo, aunque aún nos quedarían varias ciudades más por recorrer. Arribar a la estación ferroviaria Saint-Charles, centenaria y magnífica ella, con una impronta de la belle èpoque , constituyó algo deslumbrante: no en vano fue declarada monumento histórico nacional.

 

La vida en Marsella transcurrió siempre alrededor de su puerto tradicional (allí embarcaron mis abuelos maternos, rumbo a una Argentina inesperada), con muelles muy activos, a partir de los cuales se extienden sus calles comerciales. En ellas, el quehacer cotidiano es intenso y el caminar de un lugar a otro por las zonas aledañas a la estación marítima, internarnos (aunque sea turísticamente) en el mar fue también una manera de compenetrarnos con esta metrópoli mediterránea.

 

Fue así que, en una jornada llena de fantasías alimentadas por recuerdos literarios, abordamos una lancha que nos trasladó hasta la Isla de If, en el archipiélago de Frioul, donde está el castillo del mismo nombre, una fortaleza, que data del siglo XVI, que también supo ser prisión.

 

Sus celdas albergaron a prisioneros que fueron parte de la historia de Francia. Pero en verdad nosotros íbamos tras los pasos novelescos del Conde de Montecristo, ese que Alejandro Dumas inmortalizara en el personaje de Edmond Dantès, al que confinó en el castillo-prisión de If, que se mantiene tal como era entonces y muy bien señalada la celda que en la imaginación del escritor sufrió su condena el famoso conde.

 

Fue esta una ocasión de revivir lecturas de nuestra adolescencia, de repasar un período histórico en un arco de tiempo que comprende desde Napoleón I hasta Luis Felipe de Orléans y cuyo escenario oscila entre Francia e Italia. Este recuerdo nos fascinó como lo hizo con los lectores de 1844, cuando apareció esta obra. Y vale apuntar que sigue fascinando aún hoy, ya que fue llevada al cine, a series televisivas en todo el mundo e incluso hace unos años fue revivida por nuestra TV.

 

En la actualidad la casi totalidad de los turistas que llegan a Marsella lo hacen atraídos por la posibilidad de visitar el castillo de If, situado en medio de un Mediterráneo incomparablemente azul.

Las agitadas “calanques”

 

Otra navegación por el Mediterráneo fue para acercarnos a las “calanques” (calas), macizas formaciones geológicas, semejantes a pequeñas bahías o fiordos rocosos tallados caprichosamente por la naturaleza. El mar en esa zona suele ser agitado, por lo cual nuestro barco se vio por momentos temerariamente zarandeado. De regreso al puerto las aguas vuelven a tornarse más calmas y, apaciblemente, el navío se desplaza hacia los muelles, mientras desde ahí repasamos extensas costas marsellesas, frente a una ciudad que se extiende más de lo imaginado.

 

En el imaginario personal, Marsella fue siempre una ciudad intrigante, pero “in situ” la realidad, hay que admitirlo, concede otra imagen. Lamentablemente, la ciudad en sí no resulta atractiva, y ello no se debe a su arquitectura, que es excelente, sino al descuido en el que ha caído. Y en este punto hay que reconocer, a fuer de sinceros, que no parece poblada por franceses, sino que en realidad lo es por una gran cantidad de migrantes que, como no es su lugar de origen y porque poseen hábitos distintos, la maltratan, ensucian y la desmerecen… Es un criterio personalísimo, pero la realidad nos convence de ello.

 

Perpignan

 

Perpignan fue la última escala en territorio francés, antes de regresar a Barcelona y hacer una escapada a Andorra. Desde el hotel en que nos alojamos no necesitábamos más que atravesar una plaza para internarnos en la zona histórica, con todo lo que en ella se puede encontrar. En su entramado urbano hay desde calles empedradas a callejas estrechas que conforman un prudente laberinto. Por ahí también está el Castellet, bastión que fuera puerta de entrada a la ciudad y también prisión; muy cerca, el Palacio de los Reyes de Mallorca, que data del siglo XIII. Los nombres de las arterias están escritos tanto en francés como en catalán, puesto que la cultura catalana está aquí muy arraigada.

 

En esa área tan concurrida, donde por esos días se celebraba la Fiesta de San Juan (con música, curiosos desfiles populares y fuegos artificiales), se halla también la catedral gótica de Saint Jean-Baptiste, erigida frente a una plaza no demasiado amplia. Y por un canal urbano, las aguas del río Tet bajan desde los Pirineos, atravesando Perpignan hasta su desembocadura en el Mediterráneo.

Entre los Pirineos, Andorra

 

Ya en Barcelona evaluamos la posibilidad de visitar Andorra, y así una mañana abordamos un bus que al cabo de un par de horas nos dejó en Andorra la Vella, capital del minúsculo principado. El frenesí comercial y turístico se complementan aquí y constituyen la base de su economía de bajos impuestos y mercadería a buen precio, además de paraíso fiscal…

 

Enclavada entre los Pirineos, la ciudad tiene sus atractivos, con sus calles concurridas, ninguna de las cuales alejada de las montañas que rodean su geografía urbana. Allí se alinean múltiples comercios, además de algunos shoppings de varios pisos, modernos y funcionales, que acaparan la atención (y la tentación) de los forasteros.

 

A metros del área mercantil se prolonga la ciudad ancestral, de añejas construcciones, a la vera de un río caudaloso que desciende desde las rocosas alturas pirenaicas. Sí, conocer Andorra era un deseo largamente acariciado.