Es uno de los diez parques de atracciones más importantes del mundo y el más grande de América Latina. Está en Penha, muy cerca de Camboriu, y suele ser una parada obligada para los argentinos que veranean en la zona.

Texto. Gastón Neffen (gneffen@ellitoral.com) – Enviado Especial a Brasil. Fotos. Gastón Neffen y gentileza Parque Beto Carrero.

 

Cuando el asiento-ascensor de Big Tower -“la mayor torre radical del mundo”, según el cartel- comienza a subir me doy cuenta de que es una mala idea. Las bromas que hacíamos cuando estábamos cerca del suelo, con los cuatro compañeros de asiento, se cortan y cuando el ascensor llega al punto más alto el click metálico suena muy fuerte. Es que todos estamos en silencio.

Tengo miedo y quiero escapar como sea, pero estoy fuertemente atado a la silla. ¿Por qué dije que me gustaban los juegos radicales? No sé cuántos segundos pasan, suspendido al borde del “abismo”. Sé que todo va a pasar muy rápido: se baja a 120 kilómetros por hora y son 100 metros, una cuadra.

Se escucha otro click metálico y de repente estoy en una de mis pesadillas recurrentes: la de caer, aparentemente sin control. Se siente que nada te sostiene, que el pecho se oprime y no estoy seguro de haber respirado en los dos o tres segundos de “caída libre”. No recuerdo haber mirado nada.

A 20 metros del suelo, el asiento se amortigua y la caída se frena, lentamente. Al salir de la silla y comenzar a caminar, siento toda la sangre en los pies y una extraña sensación de euforia. Me siento valiente.

Fabiano Hoffmann de Oliveira, asesor de comunicación del parque Beto Carrero, nos mira y hace la broma que tenía preparada desde que subimos: “¿Otra vez?”, pregunta. Le sonrío, pero pienso: “Ni loco”. Y entonces los veo: en las otras sillas del ascensor -hay lugar para cuatro personas en cada una- que estaban al costado y detrás nuestro, hay dos grupos de adolescentes. Parecen de 14 o 15 años y la acaban de pasar “bomba”. Hacen bromas y se van caminando rápido hacia la otra aventura extrema del parque: la montaña rusa invertida Fire Whip. Ya no me siento valiente.

A nosotros, una delegación de periodistas argentinos, uruguayos y paraguayos —que recorrió el parque en la previa de la temporada de verano—, también nos llevan a la montaña, que fabricó una empresa holandesa y es una de las más extremas de América Latina. Me dicen que si me banqué Big Tower no voy a tener problemas en Fire Whip. ¿Me mienten?

Junto con una colega de Paraguay nos sientan en el primer asiento -son dobles-. De vuelta, me siento atado como un piloto de combate y cuando la formación comienza a remontar la primera cuesta tengo un deja vu: otra vez pienso que es una mala idea. Lo que viene son dos minutos y medio en los que siento que me voy a estrellar contra la estructura de acero amarillo en cada espiral y vuelta de la montaña. Cuando quedo patas para arriba -un par de veces-, la sensación de vulnerabilidad es total. Atrás mío, en cambio, la periodista de la revista Lugares disfrutó cada segundo con la adrenalina al máximo y la pasó genial. Se le ve en la mirada. “Los pibes” se bajan extasiados. “La próxima que los pongan primeros a ellos”, pienso. Cerca de la boletería, Fabiano pregunta: “¿Otra vez?”.

PARA TODA LA FAMILIA

El parque Beto Carrero, ubicado en Penha (unos 35 kilómetros al norte de Camboriu), es un fabuloso negocio de la industria del entretenimiento. Hay espectáculos de Madagascar y Shrek -a partir de un convenio con la empresa de animación DreamWorks-, un show de acrobacias y motos de primer nivel, juegos de agua y cientos de atracciones para los chicos.

En temporada pasan unas 12.000 personas por día y a pesar de que todo esta organizado para facturar (te sacan la “selfie”, por ejemplo, en el momento clave de cada atracción), el parque cumple con lo que promete: el día va a ser inolvidable y mucho más para los chicos.

Para una familia santafesina no va a ser barato. Para la entrada hay que calcular entre 120 y 150 reales por persona (entre 800 y 900 pesos) pero suele haber promociones para los grupos familiares (hay que mirar en la página web del parque).
Los que quieran disfrutar el parque sin colas tienen que comprar una pulsera aparte -en diciembre costaba unos 100 reales (600 pesos)- para tener el “pase rápido”. Si uno tiene el dinero conviene, porque puede haber colas de una hora en los mejores juegos.

El show de los autos y las motos es impresionante. Un equipo de pilotos profesionales simula persecuciones y picadas, con muchos saltos y piruetas. En el de Madagascar, el famoso león Alex te choca los cinco mientras lo persiguen los inspectores de fauna franceses. Y al salir del anfiteatro techado se puede hacer un circuito de rafting por los paisajes de las películas de animación.

Los que se suban al tren, que recorre un sector del enorme predio, hacen un viaje al lejano Oeste y también a la tierra de los dinosaurios. Otra opción -hay más de 100 atracciones y se recomiendan dos días para recorrer todo el parque- es entrar al Portal de la Oscuridad. Es como un tren fantasma pero que se hace caminando. En cada habitación hay actores poseídos y psicópatas que te persiguen con motosierras. Uno sabe que son actores, pero te asustan igual…

Y el que esté interesado en conocer la historia de Beto Carrero (el actor João Batista Sérgio Murad, que fundó el parque en 1991 y que quizás alguno recuerda de las películas de Xuxa) puede ver un espectáculo al estilo “Bonanza”, pero que es difícil de seguir si no se “fala” portugués. La despedida es con un show de Shrek y los pingüinos de Madagascar, que hacen bailar a todos a la tardecita, ya cerca de la salida.