Por Carlos Mario Peisojovich (el Peiso)

 

En principio y al principio de esta columna y por principios en toda mi vida profesional y desde cada medio que estuve tanto aquí como en nuestra indudable Madre Patria, jamás utilicé insultos soeces ni palabrotas (por cierto, un abrazo grande Negro Fontanarrosa, seguramente estarás por las nubes del firmamento rememorando tu inolvidable y genial discurso del Congreso de la Lengua castellana en Rosario) por lo tanto, Donald es un reverendo HIJO de PATA. Eso me lleva a pensar que nuestro democrático y globalizado mundo nos muestra que muchos de nuestros congéneres son grandes HIJOS de PUTIN no necesariamente cosanguíneo de la gran planicie euro asiática o de las islas de un REINO más o menos UNIDO muy carnalmente al Imperio del Gran Pato, o Donald, o el H.D.P… Y lo decimos en serio, no en SIRIO.

 

No podemos obviar que nuestro amigo MACRON y su émulo tandileño, MACRITING mediante, donde vale la PEÑA poner las BARBAS en remojo mientras DURAN dure, se alinearon a la gran idea de PATOLANDIA que personalmente y creo que con muchos de Nosotros, vosotros, y vosotras, más que una idea es una IDEOTA.

 

Volvamos a las mal llamadas palabrotas que no solo se escuchan o se cantan en los campos del más popular de los deportes sino también en calles y avenidas, en las llamadas pinchadas o en las esquinas atestadas de autos con nerviosos conductores/as, violentos/as motociclistas/os, expuestos ciclistas/os y peatones temerarios/as. Los grandes humoristas del mundo me hicieron ser del PARTIDO COLUMNISTA – MARXISTA (no de Karl, sí de Groucho) el gran Groucho Marx, ese humorista delirante casi surrealista, dotado de gran fuerza corrosiva, cuyo humor no solo me definió en las letras sino en mis actos y mi forma de relacionarme con los demás.

 

Muchos me dicen El Loco Peiso y les doy La Razón (aunque si de vespertino se trata, yo les doy El Litoral, que ahora también es matutino, ¡tomá! Peralta Ramos). Si mi locura pasa por aquellas estentóreas carcajadas leyendo solo, acompañado, en tranvías, en aviones, o por mi desordenado razonamiento y mi re-conocida distracción (¿por qué no atracción?) han hecho de mí y de mi sin-sentido del humor, esta locura que llamo Peisadillas. Adoro que ustedes lectores/as estén compartiendo hebdomadariamente mi insana manera de provocar sonrisas, no pretendo carcajadas pero al menos sí algún rictus GIOCONDESCO, aunque me gusten monas, pero no lisas. Que H.D.P. soy, y sí… ¡HABLEN DE PEISO!