Dos Jóvenes Líderes


Los Millennials tienen un vínculo bastante especial con las figuras de autoridad dentro de su trabajo. Relaciones paradójicas en donde se pide al jefe autonomía y contención a la vez, debiendo estar aquel en la delicada frontera que separa empleador de papá.

Textos: Gustavo Giorgi – Psicólogo.

 

¿Que cómo es Chuchi? A pesar de su frívolo apodo, puesto vaya a saber por quién cuando era apenas un gurrumín, es un tipo aplomado. No porque sea aburrido para pasar un rato con él tomando lisos, sino más bien porque cuenta con esa particularidad de poder dominar sus emociones en situaciones delicadas.

 

Ejemplo: tremendo patadón que le rompe la canillera de la furia y él se levanta sin decir ni mu. Ojo, no es que por dentro no quiera proceder a tomar cartas en el asunto, propinándole tal vez otro golpis o tan siquiera un empujón. Se controla, porque prioriza su diversión de todos los sábados por sobre el enojo del momento. Y lo mismo aplica para situaciones extra futboleras como puede ser con su novia o en el trabajo mismo.

 

Del Marquitos (que no es Di Palma, aunque ya medio lo tienen podrido con esta preguntita) podemos decir exactamente lo opuesto acerca de ese peculiar rasgo de carácter. Su tío lo define “de mecha corta” en una clara alusión al poco tiempo que tarda en explotar. No juega al fútbol, prefiere el póker, pero me animo a decir que si le pasa lo del Chuchi ahí nomás armaría tremenda trifulca y chau partido, liga, árbitro y así…

 

Entre estos dos surgió la amistad a partir de que fueron compañeros de trabajo en un archiconocido supermercado de la ciudad, de capitales locales. Eran repositores y por el hecho de tener la misma edad, compartir tiempo y espacio durante una buena parte del día, es que fueron intercambiando opiniones, ideas, aficiones y así se fue tejiendo el lazo que hoy los lleva a comer asados sistemáticamente todos los quince de mes, caigan lunes, domingo o sábado (eligieron esta fecha porque… porque… por qué será que la eligieron?… en fin…).

 

El tema en cuestión es que ambos compartían el mismo jefe. Hombre de carácter bastante rústico, poco afecto a los buenos modales y la caballerosidad. Provenía del sector fiambrería y a partir de ahí fue madurando hasta alcanzar la posición de Encargado de Salón.

 

El caso es que medio tenía alquilados a todos los empleados sin distinción de sectores, género o experiencia. A todos los trataba de la misma forma: de mal a pésimo. Y por supuesto, Chuchi y Marquitos no eran la excepción a la regla.

 

Como respuesta ante ese hecho, muchos empleados decidían irse, buscando otros horizontes que le permitiesen dejar de fumarse en pipa a este hombre, todos los días.

 

Otros se quedaban, porque no tenían opciones y aquí se dividían tres grupos claramente diferenciados: los que solamente agachaban la cabeza; los que le respondían agresivamente (hasta que los echaban del sitio con el pantalón zurcido) y aquellos que se defendían respetuosamente. Debo decir que este último grupo eran los menos, y dentro de los mismos debemos contar a Chuchi. Obvio que Marquitos estaba en el segundo pero tenía (y tiene) a su favor que es un tremendo trabajador. No le esquiva jamás a las responsabilidades y además es súper rápido para aprender cosas nuevas.

 

Así se fueron dando las cosas hasta que la Gerencia de este super decidió abrir dos nuevas bocas, una en Santa Fe y la otra en una localidad cercana. Y adivinen a quienes eligieron como encargados? Sí señor. A nuestros héroes.

 

El tema sustancial aquí pasa por lo siguiente: ¿cómo se imaginan que son ellos, hoy, como responsables de salón? ¿Habrán repetido lo que vivieron siendo repositores? ¿Serán coherentes con lo que su propia generación le pide a los jefes? Y la pregunta clave: ¿Qué podemos esperar de nuestros futuros líderes?

 

¿Qué Líderes serán los Millennials?

 

Sé en este punto que a más de uno le gustaría contestar tal como lo hacen muchas madres a sus hijas cuando se les indica una falla: “Ya te va a tocar a vos cuando seas mamá…” con un poco de razón y otro poquito de deseo de venganza…

 

Sabemos, no sólo por numerosos estudios sino también por nuestra práctica como psicólogos organizacionales, que los denominados Milenarios tienen un vínculo bastante especial con las figuras de autoridad dentro de su trabajo. Relaciones paradójicas en donde se pide al jefe autonomía y contención a la vez, debiendo estar aquel en la delicada frontera que separa empleador de papá. Es una relación extraña en la que el muchacho pretende cercanía pero sin sofocos. Y es indudable que cumplir con estos requerimientos no resulta sencillo para aquel que los lidera.

 

Asimismo, su grado de conformidad con la organización en general está altamente determinado por este factor: “A la hora de dejar una empresa, la mala relación con el jefe suele tener mayor peso que los motivos puramente económicos. Así lo demuestra un reciente estudio de la consultora internacional Korn Ferry entre ejecutivos de 80 países, en la que sólo un 5 % de los encuestados señaló un mayor salario como motivo principal para cambiarse de compañía. En la vereda de enfrente, las discrepancias con su superior inmediato y la falta de oportunidades de crecimiento profesional ranquearon al tope de las quejas (con un 20 y un 33 % de las respuestas respectivamente)”.

 

Entonces, lo que planteo es cómo se conducirán estos jóvenes al momento de tener personal a cargo: ¿Cometerán ellos los mismos errores achacados a los demás? ¿O bien podrán utilizarlos como ejemplos válidos para hacer algo diferente? ¿Podrán ocupar ese lugar casi ideal del jefe que hoy imaginan para sí mismos?

 

Es Freud quien enseña, en su maravilloso texto “Recordar, repetir, reelaborar” que la diferencia fundamental entre una y otra acción estriba en el grado de tramitación que haya tenido en el inconciente. Así, mientras más traumática es la experiencia, será más difícil su incorporación saludable a la vida psíquica. En términos del autor vienés, todo lo que no podemos asumir efectivamente, tenderemos a repetirlo: “Lo que no se recuerda ni elabora, se repite”. Esto aplica tanto a la sucesiva elección de parejas nocivas con determinados rasgos de conducta, como al hecho de situarse constantemente en un lugar dominante o dominado. Y a la experiencia vivida debemos combinarla con los recursos de cada quien. En el caso que analizamos, indicamos cómo y cuánto son de distintos estos jóvenes al momento de sortear situaciones problemáticas.

 

Para responder a la pregunta de cómo será un joven cuando tenga personas a cargo, mi hipótesis es la siguiente: Depende de cómo procesó sus primeras experiencias con los superiores. Si las mismas fueron traumáticas, es decir que superaron su umbral de tolerancia, éste tenderá a repetir la acción del jefe, mutando de un lugar pasivo a uno activo. Concretamente, si tuvo un jefe con conductas muy aversivas, y estas superaron su barrera de tolerancia al dolor (malestar) y recursos, lo más probable es que repita tales comportamientos aversivos. Si, por el contrario, la experiencia vivida no tuvo tal cariz, o bien, el Millenial pudo procesarla, lo más factible es que su trato y modalidad relacional con el colaborador sea positiva, e incorpore aquellos elementos que él mismo valora, llámese brindar autonomía, flexibilidad y contención.

 

Finalmente, como ya se han dado cuenta, Chuchi es el que mejor lleva la sucursal y Marquitos… Marquitos… está teniendo algunos problemas con sus colaboradores…

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