Duelo entre comerciales al estilo spaghetti western


Juanele y Julio compartían tres cosas importantes: la empresa, su tarea como vendedores y su afición por las versiones italianas de las pelis de vaqueros cuyos exponentes máximos fueron los inoxidables Bud Spencer y Terence Hill.
Textos: Psic. Gustavo Giorgi.

Quiso el destino que un día se cruzaran y bueh…! Pasó lo que tenía que pasar…


Juanele. Tenía ese apodo no por el escritor de apellido Ortiz (por si querías dártela de intelectual) sino porque cuando jugaba al fútbol en el jardín botánico de Aristóbulo calzaba una remera con una gran L adelante.

De ahí la combinación sagaz de quien mostraba habilidades no solo con la zurda sino también con las palabras, Josué, que lo bautizó de esa manera a partir de mezclar Juan, con esa letra.


Físicamente es retaco, símil Maradona, pero en lugar de rulos crespos usa un peinado muy raro, de esos que usan los pibes de hoy en día. Podría definirlo como de una “desprolijidad cuidada”.


En la otra esquina, don Julio. Fan, pero lo que se dice fan mal del varón del tango. Honestamente, no tengo elementos suficientes como para decirles si a su papá también le gustaba ese cantor y por eso le eligió ese nombre, o bien se trata de una simple coincidencia. Como dato de color te anoto que es parecido a Beto Carella en esa peli que se chifla creyéndose tenor o algo así…


El caso es que ambos compartían tres cosas importantes. Una, la empresa; dos, su tarea como vendedores, y tres, su afición por las versiones italianas de las pelis de vaqueros cuyos exponentes máximos fueron los inoxidables Bud Spencer y Terence Hill.


Y en la empresa, todos los principios de mes pasaba lo mismo: apenas se colgaba la planilla de ventas con su ranking, los dos salían disparados a verla. Algunas veces, estaba Juanele por encima. Otras, Julio. Y siempre, muy por debajo, los demás comerciales. Pero la cosa no quedaba ahí. En todas las ocasiones, se escuchaban las críticas ácidas, chistes y por qué no, burlas de uno al otro. Era francamente cansador. Hasta que un día, Luciana de operaciones, se infló soberanamente la paciencia (creo que ayudó que ese día estaba mal dormida por su insomne bebito) y los puso contra la espada y la pared.

“¿Hasta cuando van a seguir con esta cantinela? No se dan cuenta que nos tienen cansados a todos con su escenita?”. Se había puesto brava la petisa… a tal punto que estos dos, tan machitos que eran, recogieron el guante y acordaron cómo dirimir, de una vez y para siempre, sus diferencias.

Fue Julio el que propuso ir disfrazados de cowboys al día siguiente y batirse a duelo. Obvio que en lugar de pistolas usaría cada uno su arma más potente: la lengua…


LA ESCENA

De presentador lo designaron a Maidana, del área Sistemas, dado su afición al box. Sus primeras palabras fueron: “En cualquier oficio se puede, simplemente ejercerlo o bien hacerlo con excelencia… Asimismo, toda tarea puede hacerse de forma profesional que amateur. O a la antigua usanza versus la modernidad. De eso se trata el duelo que veremos a continuación. ¡Comparar el estilo comercial de Julioooo con el de Juaneleeeee!” (aplausos cerrados oír se dejan…).


“Yo empiezo” bramó Juanele, haciendo gala de su brío juvenil y de su ansiedad también…


“Yo, por ejemplo, pienso que el cliente es mi aliado. Y por eso siempre busco lograr la máxima ventaja para ambos en un acuerdo que sea mutuamente positivo, porque si no lo logro, las chances de alcanzar una nueva operación a futuro serán mínimas”.


“¡Bien por Juanele, bien bien bien!!”. Lo vitoreaban las chicas de administración…


“Juira con eso, pibe. ¿Que te hacés la Madre Teresa vos…? El objetivo fundamental, siempre y en todos los casos, es obtener el máximo de los beneficios y la mínima pérdida personal. O sea, quiero ganar lo más que se pueda, no vivo del aire yo!”. “¡Esa papá! ¡Y pegue, y pegue y pegue Julio pegue!” gritaban desaforados los de depósito…


Y ahí nomás parece que se agrandó Chacarita (mucho no le cuesta tampoco) y continuó: “Además de eso tenés que cerrar rápido el negocio. Vender y enseguida meter violín en bolsa que mañana será otro día…”.


“No, no, nooooo… ¡Por eso cambiás de clientes como de calzoncillos! Tenés que fidelizarlos. Fi-de-li-zar-los. ¿Sabés lo que es eso? Es preferible vender algo razonable durante mucho tiempo que vender mucho en poco tiempo”.


“¿Fidequé? ¡Ja… pensé que era una nueva marca de fideos!” le espetó Julio, burlón.


“Bueno, bueno… no perdamos el foco”, dijo Maidana y menos mal porque ya la cosa se estaba poniendo un poco peluda. “A ver, chiquito, seguí vos ahora…”.


“Yo prefiero ir con la verdad y hablar de forma honesta con el cliente. No es un chico al que hace falta engañar para salirte con la tuya y luego reírte con tus compañeros. Por ejemplo, si tiene dudas, intento despejarlas sin mentirle. Por supuesto que sin olvidarme de remarcar las bondades de nuestros productos” (en este punto el Gerente de Ventas, a la sazón jefe de estos dos, dio un respiro como aliviado).


“No querido, hay que comunicar lo justo y necesario. Solo remarcar las cuestiones positivas y tratar de ocultar al máximo las negativas. Si el cliente pregunta algo incómodo hay que contestar con evasivas, y si hace falta mentir u ocultar. No sé vos, pero yo vivo de las ventas, no soy un ángel… Yo vendo lo que sea. Desde alfileres hasta colchones o seguros de retiro. Lo mío es la venta y no me interesa el qué… Nunca me hizo falta conocer a fondo lo que vendía ni si a mi cliente le gustaba el fútbol o la pesca. Esas son pavadas que te distraen del objetivo: vender y ganar plata”.


“Esa es otra cosa con la que no coincido para nada. ¿Vos pensás que tantas compañías invierten en herramientas para saber de los clientes porque son otarios o ingenuos? ¡Vamos Julio querido, hay que copiar a los que saben! Hay empresas dedicadas a la generación de datos demográficos, de consumo, etarios, intereses según perfiles que luego comercializan a otras que necesitan tal información. Esto te debería hacer ver lo crucial que se volvió hoy en día saber los hábitos, percepciones y conductas del cliente. Y lo mismo pasa con conocer a fondo lo que llevamos en nuestro portafolio. Tenemos que transformarnos en un referente del producto o servicio que ofertamos”.


“¡Última bala muchachos! ¡El duelo se define con el tema Planificación!”, dijo Maidana subido al escritorio de la recepcionista.


“Jamás planifiqué más que lo mínimo y mal no me ha ido… Más te digo, es imposible planificar una semana de visita porque en el medio te cambian la bocha diez veces… o llueve, o se inunda la ruta o pasa algo. Aprendí a ocuparme no a preocuparme”.


“¿Y eso que tiene que ver?”, dijo Juanele, colorado de los nervios. “Ya no sé cómo decirte que tenés que planificar. Que no salgas a la ruta como un loco, tirando tiros para todos lados. Que te sientes a analizar y pensar, para ser más efectivo”.


“Todo tiempo que no pases frente a un cliente es tiempo perdido pibe… me extraña que aún no lo sepas”.


Y así fue terminando la cosa, sin ganadores ni perdedores. Bah, creo que sí, que ganadores hubo porque todos los que escuchamos ese duelo nos llevamos varias ideas a casa. De uno y otro lado. Y si me preguntan cómo está la cosa hoy entre ellos, te diré que dejaron de combatir. Pero ojo, no porque hayan abandonado su carácter competitivo sino simplemente porque a Juanele le ofrecieron la gerencia de San Juan y allá se fue, cargando juventud y ganas. Y Julio sigue acá, invitando a los compas con un asado, todos los meses que supera los objetivos…

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