El perfume posiblemente sea la paradoja más exquisita del estilo. Aunque el concepto evoque una idea de prescindible, más bien resulta todo lo contrario. De hecho, nunca hay que subestimar el alto poder que ejerce. Puede levantar o hundir un estilismo. Dar esa última pincelada para transformar un lienzo en una obra maestra. La famosa guinda del pastel que ha llegado a ser incluso el objeto principal de numerosas colecciones.

Esto en Francia lo sabían muy bien, Versalles no era llamada “la corte perfumada” en vano. La obsesión por las fragancias de los personajes más míticos es legendaria: María Antonieta tenía su propio perfumista y Madame du Barry o Napoleón eran incapaces de vivir sin su agua de colonia, cuestión que también fascinó a Oscar Wilde o Mozart.

Es de conocimiento público que a los franceses les gusta perfumarse el pelo porque el olor permanece más tiempo y porque al dar un beso a alguien pueden oler la fragancia. Pero hemos descubierto que hay otra forma de perfumarse (muy francesa) para que el olor de la esencia dure más. Tal y como explica Eloy Martínez de la Pera, experto en moda e íntimo amigo de Givenchy, el diseñador siempre decía que para oler un perfume de verdad había que vaporizarlo en un pañuelo. Método infalible para prolongar su duración.

Se trata del complemento idóneo precisamente por lo que evoca. Se sabe que es el aliado perfecto para completar un look o para transmitir un mensaje de forma invisible. Es un modo de transmitir emociones, sensaciones, cómo nos vemos, cómo nos sentimos o cómo nos queremos sentir.