El día que enjuiciamos al que nos metió los cuernos


La pareja más mentada de compromiso y sentido de pertenencia de una persona hacia una empresa es siempre una consecuencia y no una causa.
Textos. Psic. Gustavo Giorgi.

¿Hay que aclarar que a nadie le gusta ser engañado?


No me vengas con que alguno habrá por ahí, con pretensiones de voyeur, que revolea a su pareja, dejándola a merced de los buitres de turno para luego regodearse mirando cuando es devorada. No. No voy a estos casos excepcionales, que ocurren de tanto en tanto sino a lo general.


La historia que sigue es la de una traición. Por lo tanto, y tal como se avisa ahora antes de que arranquen los noticieros, podría afectar la sensibilidad de algunos lectores.


En el estrado vamos a sentar al Tipo (elegí nombrarlo de esa manera para evidenciar, desde ahora, nuestro desprecio hacia él).


De juez va a oficiar uno de los dueños de la empresa. Como fiscal lo ponemos al Jefe y en la defensa del imputado a uno de sus compañeros de trabajo (Rogui).


“Se acusa al Tipo de haber infligido en varios puntos el reglamento de la empresa. En primer lugar, desconoció el punto número 5, que establece claramente la obligación de ser fiel a la organización. Luego, el ítem 8, en donde se escribe que cada colaborador debe avisar con tiempo a su jefe si algo le disgusta. El apartado 74 también fue vulnerado, dado que con su accionar generó un problema serio en el funcionamiento normal de la Compañía y último, la norma 104 que obliga a jubilarse aquí”. Lo que acaban de leer es un Manifiesto o algo así que se colgó en la cartelera, unos días antes del juicio.


“¡Se abre la sesión!” anunció a los gritos la mujer del dueño de la Compañía, haciendo retumbar el chas chas de su bisutería por todo el salón.


“Los aquí presentes estamos convencidos de que el Tipo nos ha traicionado. Y más que animarnos a reprenderlo estamos dolidos en nuestro corazón y espíritu. Es nuestra parte anímica la que se vio afectada y no solo la racional.

Todos hemos compartido tiempo con esta persona, algunos más y otros menos. Algunos, con la suerte incluso de compartir habitación de hotel durante un viaje de negocios… Los más antiguos recordarán sus primeros pasos, cuando de tanto gel que tenía en la cabeza se le pegaban los bichitos que caían por la mañana de los tubos fluorescentes… Con esa juventud que arrastraba todo a su paso, generando ideas nuevas, preguntando el por qué de todo y poniendo a prueba al sector de administración completo. Nostalgia que al día de hoy se pone rancia y nos invita a pensar qué hemos hecho mal. Qué hicimos mal como jefes, compañeros… para que el Tipo haya hecho lo que hizo. Pero bueno, este no es momento de darnos palos por la espalda. Vinimos a ajusticiar a la persona que nos decepcionó, mostrando la peor de sus facetas”. Por si no se dieron cuenta, el discurso pertenece al fiscal, Carlos Osuna de la Zarzuela y Obes, más español que chancho alimentado a bellotas y con un olor a cigarrillo incrustado entre sus dedos índice y mayor, imposible de erradicar por más que haya intentado (infructuosamente) más de una receta entre las que podemos citar crema indz, limón tibio, suaves masajes con vinagre, etc.


“Mi defendido aquí no tiene ningún delito que pagar, señores. Es más, debería (la empresa) hacerle el debido homenaje por haber transitado estos pasillos dejando gran parte de su vida aquí. Si más de uno sabe que ser un adicto al trabajo le llevó puesto su primer matrimonio.

Vamos gente. De qué podrían acusarlo, y mucho menos, ¿estar enojados con él? Si saben, claramente, la enorme cantidad de colaboradores que pudo formar en estos años. ¿Quien no escuchó decir que tener al Tipo de jefe aseguraba hacer escuela para poder, más adelante, ascender en el empleo? Siento que someterlo a esta situación es un vejamen, una afrenta y en el fondo, una puesta en escena para aleccionar al resto, dándoles el mensaje de que si te vas, vas a ligar”. (Lean como en esta última parte el hombre pierde la compostura y el buen uso del lenguaje. Según comentó en días posteriores, esta circunstancia también se debió a que andaba con algunos bolonquis domésticos). Quien hace las veces de defensor es Santiago Varela, homónimo de uno de los últimos monologuistas del recordado Tato Bores, pero con cero humor, en este caso. Para ilustrarlo, digo que el resto del personal lo apodó “cara derretida” en alusión a lo alicaídas de sus comisuras.


En esto que estaban meta echarse culpas unos a otros, la cosa iba poniéndose medio espesa porque desde la organización y sus escuderos se pedía lealtad vital con aquella. Y por el otro lado, se había generado como un tumor de pensamiento corporativo, que hacía ver a la empresa similar a una maquinaria de explotación.


“Si entramos en esta cuestión de blancos o negros no vamos a salir más muchachos. ¿Por qué no escuchamos al imputado, al Tipo, a ver qué piensa él mismo del asunto?” dije cuando ya tenía la paciencia por el suelo y mis nervios comenzaban a crisparse.


Así, el Tipo agarró el micrófono y comenzó a leer su discurso escrito en un papel, a mano.


“Quiero titular lo que van a escuchar como ‘Apología del sentido de pertenencia’” dijo, mientras podía escucharse el silencio generado en la sala. Hasta los más charlatanes estaban interesados en saber qué iba a decir el Tipo. Con qué argucias iba a defenderse…


“Sé que más de uno aquí piensa que he traicionado a la empresa. Y debo decir que no es así. Sencillamente lo que ocurre es que desde hace un buen tiempo a esta parte ya no me siento un miembro de este equipo. Se me han prometido muchas cosas desde arriba que no se cumplieron. Los objetivos que se fijan al área son directamente inalcanzables, y nos mentimos entre todos diciendo que sí, que vamos a poder porque somos los mejores y pavadas por el estilo. Y último, mi proyecto personal ya no coincide con el de la organización. Por todo eso, el hecho de ir a trabajar a otro lado no es una forma de rebelarme contra el lugar que me dio de comer tantos años… Es simplemente ser consecuente conmigo mismo. Con lo quiero para mí y lo que me entusiasma”.
Comentarios


En más de una empresa que conozco, cuando un colaborador importante renuncia en pos de otro empleo, es visto como alguien desleal y por ende, merecedor de todos los fuegos del infierno. En simultáneo, existe la idea de que los colaboradores deben tener un alto sentido de pertenencia con la organización, y que eso es condición para que todo funcione adecuadamente, incluyendo crecimiento, desarrollo, bien común y otras.


Luego, se supone que los empleados deberían tener este especial sentimiento para dar lo mejor de sí. Y que el mismo surgiría un poco por generación espontánea (o ingenuamente, pensando que si se cumple con el salario a término, un lindo uniforme y las condiciones de seguridad ya sería suficiente [1]) o bien, que si la empresa se pone a su disposición, en cuestiones de escucha e interés logrará desarrollarlo en su personal.


Déjenme decirles que la pareja más mentada de compromiso y sentido de pertenencia de una persona hacia una empresa es siempre una consecuencia y no una causa. Consecuencia de tener, en primer lugar, un compromiso de cada quien consigo mismo, previo a cualquier enlace posterior. Esto es: al principio mi deseo, luego el engrane con la organización. Es lo que el Tipo muestra con toda crudeza. Fue una persona comprometida con una empresa y luego lo será en igual proporción con otra. Pero siempre, y en ambos casos, tal cosa y su sentido de pertenencia surgen porque hace lugar a su propio deseo. ¿Y de qué se trata mi deseo? Es tan particular y único que resulta forzado hacer una universalización, pudiendo manifestarse en “lograr un nombre”, “llegar a ser un gran profesional”, “convertirse en un padre o madre genial”, “ser mejor que mi papá” y luego un largo etcétera…


Arengo a los líderes a animarse para encontrar o despertar el deseo en cada colaborador y a su vez a preguntarse por el propio, haciéndose cargo del mismo en forma madura. Si no quiere ser jefe, pues no lo sea. Si prefiere un empleo distinto, anímese primero a reconocer su insatisfacción y luego comience una búsqueda por aquello que, de verdad, lo entusiasma.


Las organizaciones de primer nivel son aquellas que han comprendido cabalmente que tendrán empleados por encima del promedio cuando sus acciones (incluyendo mensajes directos e indirectos) sean consecuentes y coherentes. Las compañías que deseen colaboradores comprometidos y que sientan la camiseta en primer término elegirán sujetos con fuertes deseos y visiones personales. Luego, intentarán todos los días facilitarles el acceso a su consecución. Saben que todos trabajan como un medio de satisfacer sus necesidades y expectativas, no como un favor a su empleador. Las empresas de punta no piden docilidad a sus empleados, piden rebeldía.

Necesitan de gente pensante, analítica, crítica y creativa. Y luego los reconocerán. Así funciona la cosa y no hay misterios aquí.


Sin embargo, este tan mentado sentimiento, tan difícil de definir en la práctica no surge de forma espontánea o porque la compañía haga tal o cual cosa. El sentido de pertenencia es primero con uno mismo y luego con la empresa. Dicho en otros términos, es una consecuencia.

Así, los colaboradores más fieles y valiosos son aquellos en los que se observa un fuerte compromiso con su propio deseo. Caso contrario, son simplemente veletas que acompañan distintos vientos o simples obsecuentes, carentes de ideas propias y simbióticos con el jefe de turno.

[1] Esto fue ilustrado de manera brillante por Frederic Herzberg quien enseñó la diferencia fundamental entre los Factores Higiénicos, cuyo logro máximo es evitar el malestar y los factores motivacionales, verdaderos motores de la conducta entusiasta.

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