El equipo llagado


Así bauticé a un grupo de veteranos gerentes el día que me enojé con ellos.

Por psicólogo Gustavo Giorgi.

Y sí, porque no se puede tirar margaritas a los chanchos o manteca al techo esperando que no haya consecuencias. Les dije claramente: “Señores, de seguir en este camino, no se quejen luego cuando los resultados no los acompañen. Cuando no tengan nada bueno que mostrar a los accionistas. ¿Se siente bien formar parte de un equipo mediocre?” Como ya se habrán dado cuenta, me tenían hasta la coronilla estos tipos…


Imaginate, cinco cráneos puestos al servicio de una de las empresas más prometedoras de la región, vinculada al conocimiento. Cinco “talentos” como se les llama desde hace un tiempo, convocados especialmente para conducir el derrotero de la Compañía y llevarla a su máximo posible. Desarrollar lo suficiente como para transformarla en una empresa verdaderamente global y que en la mitad del río se manque el caballo, da bronca.


Todo comenzó en el bar del hotel más pituco de nuestra ciudad, una tarde que nos encontramos de casualidad con dos de los tres dueños de la empresa. Pibes jóvenes con mucha capacidad, cuyas ideas van muchas veces por delante de sus piernas, lo que implica estar atento a no desbordarse en cuestiones un poco fantasiosas o, si lo querés en términos más elegantes, demasiado adelantadas. Ponele…


Rayando los treinta, el trío se conoció en el famoso posgrado de Pilar, relacionado a la Obra de Dios. Juntos fueron con la intención de mejorar sus competencias en liderazgo dado que en sus respectivas empresas estaban haciendo agua en ese tema. De hecho, a los tres los habían mandado justamente por eso: no lograban conformar un equipo de trabajo, ni vertical (con sus colaboradores) ni horizontal, con sus pares.


Por esa época Marcos estaba por ser papá y tenía muchas ganas de abrirse por su cuenta. Ya estaba algo cansado de su jefe, la rutina y lo poco desafiante de su empleo. Ernesto sentía lo mismo acerca de su Compañía, a lo que sumaba sentirse muy poco reconocido. Encima, era soltero y sin ningún tipo de obligaciones por lo que solo dependía de su decisión. Finalmente, Alberto, nieto de inmigrantes italianos clásicos que constantemente repetían: “El trabajo tiene que ser sacrificado, si no, no sirve” a lo que él respondía primero con argumentos livianos y terminaba el almuerzo yéndose antes de la cuenta, para evitar problemas mayores. Alberto tenía corazón de emprendedor y por su sangre corría la adrenalina suficiente para necesitar encarar un negocio o trabajo nuevo cada dos o tres años porque al cabo de un tiempo, todo lo terminaba aburriendo.


Los conocí de rebote en unas jornadas de capacitación auspiciadas por un banco nacional y desde ahí cada tanto nos intercambiamos algunas ideas por Whats App, como para no perder el contacto. Así, quiso el destino (¿?) que en cierto momento decidamos almorzar en el mismo lugar.

“¿Qué necesitan ustedes de mí, concretamente?”.

“Queremos que desarrolles al mejor equipo de los últimos cien años, jaja” dijo Marcos. “De verdad, te contamos que elegimos a los cinco tipos más potables de la región. Los cazamos de la competencia (no te vas a poner en moralista, ahora) y los trajimos de gerentes. La idea que les planteamos es simple: darle tanto valor a la Compañía que en 2025 estemos cotizando en el exterior”.

“Bueno, veo que han apostado fuerte muchachos. Me gustaría conocerlos y comenzar a trabajar cuanto antes. Tal como saben, mi dicho preferido es ‘No dejes para mañana lo que podrías empezar ya’”.


Todo comenzó en primavera


El lunes 21 de septiembre me presentaron al equipo en medio de bombos y platillos dado que esta gente ya había estado muchas veces en actividades de este tipo y es lógico que necesiten creer que la persona encargada de ayudarlos como facilitador cuenta con pergaminos suficientes. En definitiva, se trata de exagerar un poco las cosas…


Así las cosas, fui conociéndolos de a uno y confieso que coincidí con el diagnóstico de los dueños. Se trataba de gente con mucho talento en serio. Todos tenían gran visión de negocio y una experiencia que, de volcarla en un currículum, obligaría a ponerte los lentes de sol para no encandilarte.


Sin embargo, adolecían de competencias actitudinales críticas. Su comunicación y disposición a trabajar de forma colaborativa eran francamente escasas y sobre ellas decidí hacer foco, como puntales de mejora.


Fueron pasando los meses y, lo que al comienzo se fue dando entre mieles, donde todo era cuasi perfecto, fue cambiando de a poco. Durante las primeras reuniones había un clima cordial y cálido, que en las sucesivas había virado hacia algunos reclamos y susceptibilidades mutuas. Bastaba que alguien plantease una dificultad en otra área para que rápidamente el aludido salte a su yugular como un vampiro, tratando de debilitarlo. Las discusiones superficiales de las épocas primas pasaron a ser cada vez más virulentas, mordaces y sarcásticas… El equipo se iba acercando a su momento crítico…


Etapas del equipo


Se encuentra completamente estudiado que cualquier colectivo humano, reunido en pos de un objetivo atraviesa diferentes situaciones que lo encaminan hacia su consolidación o por el contrario, lo parten a la mitad como canoa en medio de un rápido mendocino.


En los albores observaremos optimismo, entusiasmo y reales deseos por formar parte de él. Luego, comenzarán los primeros roces, causados por las diferentes miradas de los miembros sobre las cosas. A continuación llega el punto clave, al que denomino “el muro” un poco por alusión a esa percepción por demás de incómoda, que aparece como un imposible en nuestro cerebro y es un síntoma común en maratonistas al pasar el kilómetro treinta (raza de la que supe formar parte hace un tiempo atrás pero de la que aprendí varias cositas).


En los equipos, el muro abre una Y imaginaria. Un camino en el que se bifurcan claramente dos senderos: uno que se abre hacia el aprendizaje y el otro, que lo lleva a su disolución. Es el momento más importante en la historia del colectivo porque si es superado transforma rápidamente a sus miembros, otrora sujetos individuales en elementos claves dentro de una organización. No es lo mismo sentirse solo y desencajado que en medio de una red que contiene, guía y da sustento emocional.


¿Qué factores son los que permiten suturar esta herida recién abierta y avanzar? En primer término, la respuesta dada ante un logro o fracaso.

Las consecuencias ante cualquier resultado harán saber de forma concreta y contundente qué tanta conciencia colectiva existe. Por ejemplo, si se alcanzaron las metas y celebró el equipo en su totalidad es una cosa bien distinta a que haya habido uno solo que se adjudique el mérito. Asimismo, cuando la pelotita no entró, si los miembros se dieron la vuelta buscando culpables será lo opuesto a la salud grupal, que en este caso sería analizar las causas de fondo que generaron el problema y afrontar la solución de manera consensuada.


Segundo, la capacidad, ganas, disposición o simplemente coraje que tengan los miembros de compartir sus faltas. En el caso que menciono y durante una caliente jornada de construcción grupal, de repente vino a mi mente la imagen de un grupo llagado. Es como si cada persona tuviese una llaga que intentase esconder, y los demás estuvieran empecinados en tocarla, poniendo a cubierto la propia. ¡Qué percepción tan paranoica la de asumir cada cosa que dijese otro como un dardo envenenado dirigido esencialmente a hacer tambalear mi trabajo, y consecuentemente mi narcisismo!


En ese momento caí en la cuenta que animarse a mostrar la llaga, como una metáfora de lo que me humaniza, permite a los equipos avanzar.

Lacan dice que el amor es eso, compartir la falta. De manera más mundana podemos pensar que si mostramos al otro nuestras dificultades, ignorancia en algunos aspectos, pensamientos propios que distan de ser políticamente correctos pero son míos, por ahí y en una de esas, lograremos hacer sólidos esos lazos indispensables para que el equipo siga en el buen camino hacia su siguiente estación: la madurez.

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