El jefe (auto)destructivo


¿Qué quiere decir ser un “jefe malo”? ¿Qué es hacer el mal a otros? La agresión a otros ¿no esconde una autoagresión? ¿Y viceversa?
Textos. Psic. Gustavo Giorgi

“Cada tanto me pasa que siento un impulso muy loco cuando manejo en la ruta: virar rápido el volante y que todo empiece a girar como loco… Pienso en qué se sentirá perder el control de golpe y lo que vería… Qué cosas vería… Si sentiría dolor o quedase atrapado. Si fuese de noche y nadie me viese. Qué voces escucharía o si el audio del vehículo continuaría con la música de fondo, mientras trato de respirar… Pienso en un tema de Pink Floyd, ‘Breathe’ por ejemplo… Y sabés que no me pasa con otras cosas. Por ejemplo, en todo lo demás soy bastante cuidadoso y hasta un poco cobarde te diría. Posiblemente porque mi mamá me cuidaba demasiado cuando era chico y eso me hizo temeroso o no sé… En terapia mi psicólogo me hizo ver cierta relación entre estos pensamientos medio morbosos y mis síntomas obsesivos, como que hubiese un vínculo frecuente entre una cosa y otra…”. Quien comienza el relato es Carlos C., gerente de planta de una fábrica situada en el norte del país, productora de molduras de madera.


Me habían convocado porque los índices de accidentes se habían disparado y Carlos, persona ciento por ciento directa, quería una explicación de iguales características.


Recuerdo como si fuese ayer que se rió en mi cara cuando traté de explicarle los motivos por los que la gente mete la mano donde no debe o se conduce imprudentemente, accidentándose. Se burló de la pulsión de muerte hasta que se lo ilustré con lo que él hacía habitualmente: poner su auto a 200 km. por hora. Hábito temerario si lo combinás, encima, con ideas suicidas.


El caso es que este concepto, inquietante, nos habla de la tendencia humana a hacerse pelota.


La idea freudiana de pulsión de muerte, tan revolucionaria en su momento y a la vez tan vigente en la actualidad, ilustra de manera clara que nosotros los neuróticos, estamos decididos a podrirla no solo con nosotros mismos sino también con los demás.


Explicar sus razones nos llevaría aproximadamente seis años, por lo que no voy a hacerlo en estas líneas. Sí quiero decir que esta tendencia halla su origen en nuestra instancia crítica o moral denominada Superyo, cuya principal función es hacernos sentir mal ya sea porque nos compara con la madre Teresa de Calcuta o San Martín, dejándonos en falta. O bien cuando nos empuja de forma imperativa a estrellarnos contra una pared (la actual “felicidad a presión” que nos obliga a todos a “estarbientodoeltiempo” es una de sus manifestaciones).


Yendo a la historia del día, tuve la oportunidad de trabajar junto a uno de los dueños más nocivos que conocí. Parecía empeñarse a diario en dinamitar todos los aspectos que conforman una empresa, tanto internos como externos. Así, veías como paulatinamente su organización, la que había creado y hecho crecer vigorosamente era horadada sistemáticamente por él mismo y sus actitudes destructivas.

Por ejemplo, con los empleados cometía casi todos los errores posibles: no tenía en cuenta sus ideas, no los hacía partícipes en las decisiones, los destrataba, tenía sus preferidos con sus consecuentes privilegios, prometía cosas que no cumplía y así. Acerca de los factores externos hacía lo mismo. Era el principal responsable de minar su cadena de valor: no cumplía su palabra con proveedores, competía con su propio canal de distribución vendiendo de forma simultánea a mayoristas y de manera directa, etc., etc., etc.


El lector podrá preguntar, y con toda razón, cómo hacía entonces esta empresa para sobrevivir. Y la respuesta es simple: a través de la renovación. Cada dos por tres sus empleados se iban, siendo reemplazados por otros. Y desde el punto de vista de su cadena de valor pasaba lo mismo. Continuamente desarrollaba incautos proveedores y clientes nuevos.


Hasta que en un momento las cosas comenzaron a cambiar…


La luz de frente


Eso fue lo que obligó a este hombre a detenerse a tiempo. Bah, no tan a tiempo porque por esquivar una enorme motocicleta conducida por un fan de las rutas y los viajes se pegó flor de palo, yendo a Mina Clavero.

Tras una curva tomada en forma imprudente se salió de la huella marcada en el pavimento, yendo a impactar primero en el guardarraíl (gracias a esto aún puede contarlo) y luego contra la ladera de la montaña. Conclusión: cuarenta días con las dos piernas en alto y mucho tiempo para pensar. Demasiado…


“En ese momento no me importaba nada más que trascender. Porque no pasaba por una cuestión de plata. El negocio tenía que ser mi trampolín para que las personas me recuerden una vez que ya no esté en este mundo. Quería dejar mi huella a toda costa todo el tiempo y en eso me llevaba puesto lo que esté adelante, incluyendo familia, amigos y así…”.


Marco esta frase con especial énfasis porque si la pescan en profundidad habla de él más allá de sus intenciones. Describe de forma directa eso que les explicaba antes de la pulsión de muerte: cómo esta idea de perecer para luego sobrevivir en el recuerdo de otros solo es posible haciéndose pelota, arrastrando en el mismo movimiento a los demás.


“Mis días por aquel entonces comenzaban bien temprano y terminaban tarde. Lo dedicaba ciento por ciento al trabajo. Todo y todos los días pensando y pensando de qué manera cerrar negocios. Todo el tiempo renegando con proveedores, clientes y empleados. La moto en la cabeza todo el tiempo”.


-“¿Quedaste traumatizado con el motociclista?”, le pregunté en ese momento.


-“Pero no, es una forma de decir que no podía parar de pensar…”.


Aquellos que no estén familiarizados con las tinieblas del inconciente y sus manifestaciones podrían llegar a confundirse, suponiendo que una persona así es mala o cuestiones por el estilo. A veces la moral no ayuda al entendimiento de las cosas. De hecho, la alusión del título pretende plantear varios interrogantes: ¿Qué quiere decir ser un “jefe malo”? ¿Qué es hacer el mal a otros? La agresión a otros ¿no esconde una autoagresión? ¿Y viceversa?


“Hoy veo y siento lo que pasa desde otro lugar. Ojo, me ayuda mucho también que la pegué con varios colaboradores nuevos. Ellos entienden la empresa y me hacen ver que no vamos a durar en el tiempo si hacemos las cosas como las venía haciendo. Que es necesario precisamente lo contrario: resignar algo (tiempo, dinero, impulsos) para ser sostenible”. No piensen que este hombre, cual epifanía al estilo Sueiro se transformó al ciento por ciento. Solo digo que se dio la oportunidad de comenzar a confiar en algunas personas claves dentro de la compañía y a partir de ahí autolimitarse. Lo que él no sabe es que en esa autolimitación estriba la causa de su mejoría.


El accidente puso un límite real a sus intentos por destruir(se) y luego, este trauma pudo ser simbolizado durante su convalecencia y traducirse en una autolimitación. Es decir, el golpe marcó un límite, un hito entre el antes y el después.


La repetición de conductas de manera compulsiva, sin mediar palabra o razones es un síntoma de la pulsión de muerte. En este caso, las constantes decepciones, frustraciones y malos momentos que sometía a empleados y externos eran una constante hacia donde dirigir su sadismo. El golpe logró poner en palabras eso que venía insistiendo desde las acciones y conductas.


Finalmente, recordemos que el superyo, del que la pulsión de muerte es subsidiaria, siempre va a los extremos. A fondo, como cuando pisás el acelerador y fantaseás con ponerte el auto de sombrero…

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