El propio inconciente como obstáculo en la carrera profesional


Textos. Psic. Gustavo Giorgi.

Conocí a Manuel durante un caluroso verano de 2004, en una de las provincias más húmedas que existen en este bendito país.

Fue en ocasión de unas jornadas de capacitación en los albores de mi profesión (lo que ya en sí mismo configura un hecho a tener en cuenta dado que se combinaba falta de experiencia y sensación de altísima presión por lograr buenos resultados) más el carácter, sin exagerar, de perros del protagonista de este relato.

Junto a mis colegas, coincidimos en que hay dos terrores básicos del capacitador: uno, cuando te sirven una gaseosa y el aire te juega una mala pasada en medio de una frase, exteriorizándose bajo la forma de un indisimulable provechito y el otro, en el momento en que tenés a una persona muy, pero muy cara de traste en primera fila. Esto último me pasó con Manuel y así lo conocí.

En esos tiempos estaba muy en boga hablar de la diferencia entre grupo y equipo. En eso estaba mientras veía no solo su gesto adusto sino también los sucesivos comentarios acompañados de risitas por lo bajo que de tanto en tanto realizaba con otro compañero. Y no es fácil te aseguro mantener la calma en esos momentos. Sumale a que uno cuando es joven tiene la cadena corta… ¡Me salía de la vaina por aplicarle un correctivo verbal!. Sin embargo y por suerte, pude controlarme lo suficiente como para no detonar todo, perdiendo así una empresa por demás de interesante como cliente. En resumen, pudimos terminar esos días en buenos términos y cumpliendo con las metas que habíamos acordado.

Pasado algún tiempo, y aprovechando cierta cuota de confianza ganada con uno de los dueños de la fábrica, le comenté algo de lo sucedido en aquel momento, en alusión a los malos modos de esta persona durante las charlas. Curiosamente (o no tanto) éste me comentó que las mismas actitudes había tenido cuando formaba parte de la mesa chica de las decisiones, de la que luego había sido expulsado justamente por estas conductas. Manuel fue llamado para participar en un grupo de liderazgo acotado e importante y, con su accionar, se quedó afuera. ¿Autoboicot? ¿Desinterés? ¿Enojo con el mundo? ¿Cómo le dirías?. No arriesgues aún una respuesta, porque en las líneas que siguen encontrarás la solución…

Quiso el destino que años más tarde me reencontrase con Manuel, ya no como participante de un curso sino como entrevistado. La Compañía de marras había tomado la decisión de analizar desde el punto de vista psicológico a toda su línea jerárquica con el objetivo de conocer sus fortalezas y, luego de detectar sus aspectos a mejorar, tomar cartas en el asunto procurando el desarrollo de cada quien. Cuando leí que este hombre estaba en la lista de los convocados recuerdo que me corrió por el cuerpo una sensación algo compleja, propia de las emociones aprendidas con la experiencia: por un lado, la premonición de que me la iba a hacer difícil y por el otro, la percepción de un excitante desafío profesional. Entender qué había detrás de la fachada hermética y de comisuras caídas podía permitir que me acerque al motivo por el que Manuel, sistemáticamente, hacía cosas que lo alejaban de su mejora en el empleo, y me animo a decir también, le impedían una mejor calidad de vida.

-“Bueno Manu, ¿te contaron desde la empresa cuál es el motivo de esta entrevista?”.

– “Y no, si acá siempre que te enterás de las cosas es por chimentos… No tengo idea de lo que hago acá. Pero ya te adelanto que no creo en los psicólogos”.

Así de livianita empezó la cosa…

Una de las ideas fundamentales dentro de quienes trabajamos con personas es tener plena conciencia de que el tema no es con uno. Freud acuñó una frase memorable para graficarlo: “No es conmigo, sino con el lugar que ocupo” cuando explicaba su concepto de transferencia, consistente en un fenómeno de enamoramiento de la paciente hacia su terapeuta. Eso mismo, aplicado en este caso sería no tomar su enojo como dirigido hacia mi individualidad sino en todo caso con otro, ligado a su inconciente.

Luego de tomar el tiempo necesario como para lograr una dosis de confianza, en posteriores conversaciones puedo decir que fui corriendo su velo a partir de salir de ese lugar persecutorio que me había asignado para situarme en el de un semejante. Yo no era su analista sino alguien que fue contratado para la empresa para realizar su psicotécnico, y eso me ayudó bastante. El objetivo de nuestras entrevistas no era terapéutico, pero tocaba temas familiares a menudo: es claro que la persona que trabaja es la misma que tiene otras vivencias fuera de su empresa como así también una historia.

“Mi viejo toda la vida fue un cagón. Y eso se lo voy a reprochar hasta el día de hoy. Nunca se animó a rebelarse contra las condiciones injustas que tenía en su empleo. Nunca tuvo huevos para defenderse tampoco de su propio padre, ni de defender a mi mamá cuando sus hermanos la subestimaban”.

Esa frase fue un momento de verdad en sí mismo. Una epifanía. El hecho de haber podido decir con palabras, con la simbolización que eso conlleva, permite al sujeto abordar situaciones desde otro punto de vista. Comprender la profundidad de algunas heridas a nivel inconciente es un primer paso hacia su cicatrización que, si bien no será definitiva, cada vez dolerá menos si es tramitada con eficacia.
Para la mayoría de los hombres, el vínculo con su padre es conflictivo. Haya estado presente o ausente; sido bueno o malo, cariñoso o distante; exigente o permisivo. No se trata de modos, formas o categorías morales. Cuando el psicoanálisis lee a Hamlet lo hace para mostrar justamente la duda de un hijo ante el dilema de vengar a su padre. ¿No se supone que ese furor debiera surgir de manera espontánea, como respuesta inmediata y pasional ante el asesinato de un ser querido? ¿Por qué Hamlet duda? ¿Es una cuestión de amor?. Sí, pero no por falta de él, sino a veces por exceso…

Lacan enseña que los sujetos debemos ir más allá de nuestro padre, a condición de servirnos de él. Si a esto lo llevamos al llano (aún a condición de perder rigorismo teórico) podremos decir que evidentemente este paso no había sido dado en Manuel. Que quedó entrampado en un reclamo eterno y una deuda impagable que lo convertía en acreedor por siempre.

Ir allende nuestro padre equivale a poder disfrutar de lo bueno que nos tocó o que conseguimos. Obtener un mejor trabajo, una pareja que nos ame o lograr el éxito en aquello que anhelamos solo es posible para los que se animaron a dar tal paso.

A veces hace falta un acompañamiento terapéutico para que ello suceda. Otras, un amor o el mismo devenir de las experiencias puede lograrlo. En todos los casos, lo que surgirá es el propio deseo. Ni el del padre ni el de los hijos.

El ejemplo de Manuel muestra claramente de qué forma y en qué medida la dificultad para asumir y elaborar la propia historia incide de lleno en nuestra vida, y generalmente lo hace sobre dos esferas bien importantes: la del amor y la del trabajo.

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