¿Hasta cuándo le vamos a seguir cargando las tintas de todos los males que suceden en las organizaciones a los jefes? ¿Se han convertido en el blanco ideal de todas las críticas? ¿No existen otras variables que afectan la salud laboral, además de lo que ellos hagan, piensan o digan?

 

Textos. Gustavo Giorgi.

 

Tal y como sucede en muchos ámbitos de la vida, lo que sigue surgió en sus comienzos como un chiste. Una idea alocada sin ton ni son y tirada al voleo en una sobremesa de una bagna cauda.

 

El asunto es así: Rubencito, de sangre piamontesa y oriundo de Nuevo Torino, invita a su domicilio a quienes se han hecho sus amigos del trabajo, Adrián y Homero. Los tres comparten la afición por el buen comer y mejor beber. Por otro lado, son jefes de distintas áreas en la empresa: Administración, Ventas y Logística.

 

Calculo que deben trabajar juntos por más de una década y, entre otras curiosidades, son uno de los pocos casos que conozco en los que se llevan bien el comercial con el administrativo, dado que en muchas organizaciones existe una rivalidad entre los mismos, producto de que (en general) el primero gana bastante más que el segundo, y se le achaca menor esfuerzo para lograr los mismos resultados. Es posible que la cercanía de edades (todos rondan los cuarenta y tantos), sumada a la afinidad gastronómica ya aludida, y finalmente la pasión por charlar de cuestiones intrascendentes hasta altas horas de la noche, hayan sido los principales motivos para tal unión.

 

– “Viejo, estoy sumamente cansado de que los empleados me echen permanentemente la culpa de lo que pasa, y de lo que no pasa. Que si no se enteran de algo, es mala mía. Que si no están motivados, también es mi responsabilidad. Que no los defiendo de nada y etcétera, etcétera. ¡Basta papá! Hasta cuando voy a soportar esto!”, soltó Homero a los postres y sin la voz aguardentosa que en otro momento hubiese hecho dudar la veracidad de sus palabras.

 

– “¡Ja, a mí me pasa exactamente lo mismo!”, dice Adrián. “Sin ir más lejos, el martes me encaró en la oficina Agustina, la chica nueva de recepción y me dijo que debía ser más atento en el saludo. Que no podía ser que pase a su lado y no le diga siquiera ‘buen día’ o ‘buenas tardes’. ¡Habrase visto!. Si yo cuando empecé en esto le decía algo así a mi jefe me pegaban un zapatillazo que me cruzaba de una vereda a la otra…”. Y sobre esto comenzó un mini discursito de cómo eran las cosas antes y ahora, semejante al que hacen la mayoría de los estandaperos berretas, emulando a otro igual de berreta pero famoso (la siguiente media hora prefiero obviarla porque no hace al objetivo del presente relato).

 

El más relajado esa noche era el mismísimo dueño de casa, lo que configuraba en sí mismo una excepción, dado que si hay un rasgo característico de Rubencito es que se enoja por nada. Sin embargo, a la tarde, su hija le confió que iba a ser abuelo y esa noticia lo llenaba de felicidad. Por lo tanto, ofició de moderador. “Pienso que están exagerando un poco. Todos tenemos que hacernos cargo de lo que pasa en la empresa. Desde el que barre hasta nosotros que somos gerentes. Las cosas no pasan de la nada o porque sí. Siempre hay personas en el medio que no hicieron bien algo… No sé si recuerdan ese videíto que vimos hace un tiempo en una capacitación, que mostraba claramente eso…”.

 

Resulta claro que no es difícil frenar a quien viene a toda velocidad, menos en seco, por más buenos argumentos que hayan del otro lado. Prueba de eso es lo que sigue: -“¿Y por qué no formamos un sindicato de jefes?”, dice Homero y lo primero que recibe son sonoras risas del otro lado. A tal punto que Rubencito casi se ahoga con el champán que estaba tomando. “En serio les digo. Si hay sindicatos de todo. Por qué no podemos hacer uno nosotros? Es más, yo creo que si la semana que viene hablamos con el de finanzas y el de comercio exterior, van a estar cien por ciento de acuerdo. Hasta se me ocurre el estatuto y la misión: Velar por el bienestar de los jefes, defendiendo siempre su lugar dentro de las organizaciones”.

 

“Por ahí no es tan mala idea…” dijo Adrián más para acompañar la conversación que por convencimiento… mientras Homero bosteza…

 

Y si algo tiene Homero es su carácter insistidor. Siguió con esa cantinela durante gran parte de la velada, hasta que se hicieron como las tres, dando por finalizada la reunión. Pero fue tal la perseverancia que, según comentaron más tarde los otros dos, hasta soñaron con eso. Adrián, que venía una voluptuosa jefa nueva y, a los fines de conquistarla, le proponía la idea del gremio de jefes. Y Rubencito, más tradicional, se imaginó recibiendo reclamos en la secretaría de trabajo, de otros pares que reclamaban una mirada más benévola de sus actividades cotidianas, en lo que a liderazgo refiere…

 

APOLOGÍA DE LOS JEFES

 

¿Hasta cuándo le vamos a seguir cargando las tintas de todos los males que suceden en las organizaciones a los jefes? ¿Se han convertido en el blanco ideal de todas las críticas? ¿No existen otras variables que afectan la salud laboral, además de lo que ellos hagan, piensan o digan? Que el mal clima de trabajo o la falta de creatividad de los empleados… Que los bajos salarios o la desmotivación… Que el bajo sentido de pertenencia o la imposibilidad de formar equipos… Tal parece que los únicos culpables de esto son: ¡solo los jefes!

 

Desde aquí me propongo hacer una apología de esta posición, diciendo en primer lugar que es necesario reconocer la valentía de quienes asumen este rol, dado que no a todos convence tener más responsabilidades que las directas. Más allá de (es cierto también) que hay una buena cuota de narcisismo en estas personas, ello no excusa el elogio.

 

Claro, los libros de management insisten en la diferencia entre jefe y líder, dando por resultado un enorme número de textos publicados en este sentido, y de los cuales la mayoría de nosotros está un poco hastiado. Sin embargo, tal como ocurre siempre en que los excesos intoxican, al día de hoy pienso que nos hemos ido al otro extremo, y situamos a los jefes como los malos eternos de la película, evitando ver las demás razones que cooperan en el quehacer cotidiano de las compañías. Es indispensable que comprendamos que el liderazgo es un rol a desempeñar, y que forma parte de un lugar dentro de una estructura. Un ecosistema en el que conviven diferentes personas, las que ocupan a su vez distintos espacios. Entonces, aquel que decidió ponerse adelante en la gestión de gente, comprendió que sus acciones tendrán una influencia en los demás, tanto como sus decisiones impactarán en el resto de la empresa. Pero también hace falta establecer con firmeza que su fuerza dependerá de una serie de circunstancias que le son ajenas, y que en muchos casos hasta le exceden.

 

Por momentos, los que utilizan todo su tiempo en achacar a los jefes todas las causas que generan malestar olvidan que también son personas a las que les pasan cosas. Que son falibles, como todos y que tampoco pueden solucionar todos los problemas que detectan. Entonces, sugiero que antes de desligarse rápidamente de las culpas, tirándoselas por la cabeza a los que desempeñan roles jerárquicos, analicemos cuál es nuestro grado de responsabilidad en los asuntos, para que en simultáneo logremos concientizarnos del poder que está en nuestras propias manos y así mejorar, aunque sea un poco, aquello que hoy nos molesta.