En el fondo… la siembra


Por Lucila Cordoneda.

Todo pasa… El tiempo lo cura todo y pone cada cosa en su lugar… Nada es para siempre…

¿Cuántas veces lo habremos escuchado, no?

Y en cada una de la oportunidades en las que estas más que hechas palabrejas nos eran estampadas por alguien en nuestro doliente rostro, el contexto era desolador.

Esos ratitos de vida en los que tenemos la habilidad, sin competencia, de sentirnos unas desgraciadas. Esos episodios en los que nada puede salir peor, ni puede ser más doloroso y, que según nuestra vista, sentir y entender, tampoco puede resultar más injusto.

Basta mirar un poco atrás para que aparezcan varias escenas, o una, una en particular, esa de la que no podemos escapar, esa que nos va a acompañar siempre, esa que provocó un dolor tan profundo y lascerante que parece que sigue curando aun hoy.

Y es posible que así sea.

Es probable que haya dolores que se vuelvan crónicos.

Uno vive con ellos, claro que si, se acostumbra, a veces nos hacen creer que se olvidaron de habitarnos, que buscaron otro cuerpo, otro alma. Pero no, están ahí, agazapados, esperando el momento de dar el zarpazo.

Todos estamos rotos de una u otra forma.

A veces los pedazos quedan desperdigados tan obscenamente que nos encontramos descubiertos y expuestos de una manera bochornosa.

Otras transitamos el dolor tan en soledad que, aunque tenemos la certeza de estar destrozados no nos damos el permiso de advertirlo, mucho menos de pronunciarlo. Al ponerlo en palabras corremos el riesgo de hacerlo realidad, ya no hay chance.

Pero ¿sabés qué? Duele amea, duele y estás hecha bolsa. Duele y al dolor hay que transitarlo. No hay plan B.

Esos dolores cara mía, nos llevan al fondo.

No nos dan opción, nos sumergen en lo más profundo y oscuro de nuestro pade-ser.

Nos despellejan las entrañas.

Suele ser un dolor tan inmundo, tan insoportablemente deplorable, que no cabe en el cuerpo, no hay lugar para él, da nauseas.

Sin embargo, el muy ladino, goza de buena salud.

Como una mancha venenosa se derrama, infectando todo cuanto alcanza.

Todo lo que sucede lo hace bajo su maldición.

Nada tiene sentido fuera de él, nada pareciera existir.

Es como una especie de conjuro, prometiéndonos que no volveremos a nuestro cause nunca más, que viviremos alienadas en un cuerpo lastimado e inerte.

Allá afuera el mundo sigue rodando, adentro todo perdió sentido. No hay relojes, no hay instintos ni deseos, solo dolor. Dolor y la absurda idea de volver el tiempo atrás. A ese tiempo donde nada había sucedido. Donde esa herida no existía.

Pero esta, sucedió, y nos convencemos de que nada puede ser peor. Lo perdimos todo, nos perdimos.

¿Entonces?

Entonces sucede que en el fondo, en ese llano oscuro y salvaje, está lo posible.

En el fondo, dicen, está la mejor tierra, la más fértil.

En el fondo, auguran, está el sentido que da vida una y otra vez.

En el fondo, está la siembra, la simiente.

A veces querida Mal Aprendida mía, hundirse no solo es la única opción sino la precisa.

Perdernos, desencontrarnos, descuartizarnos, es la condición para seguir respirando.

Perdernos para encontrarnos dicen… ¿por qué no?

Perdernos para aliviarnos, para mutar la piel, para desarroparnos de los dolores añejos.

Perdernos para recrearnos, para volver a nacer, o mejor, para renacer.

Para renacer sobre lo que fuimos, vivimos y duelamos.

Renacer sin olvidar, porque aprendimos, porque nos fortalecimos y porque de eso pareciera tratarse el juego ¿no?

Y estamos dispuestas a jugarlo, claro que si.

«Si vivimos como respiramos, tomando y soltando, no podremos equivocarnos».

Mujeres que corren con los lobos. Clarissa Pinkola Estés.
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