“Seis historias tristes”, de José Gabriel Ceballos, presenta una serie de personajes que aparecen signados por una culpa que arrastran sin remisión o acosados por una tentación espantosa.

 

Por Enrique Butti.

 

Lo triste (pero también lo ominoso y lo fatídico) recorre los seis cuentos del nuevo libro de José Gabriel Ceballos, uno de los puntales más firmes de la narrativa argentina actual, aunque reconocimientos internacionales y una obra consistente no basten para horadar la mezquina anteojera de los catedráticos centralistas y de los enclaustrados suplementos literarios porteños. Oriundo y fiel residente de Alvear, Corrientes, Ceballos publicó una decena de libros de cuentos, dos novelas y tres antologías con sus relatos situados en la mítica topografía de Buenavista.

 

 

En “Seis historias tristes”, que acaba de publicar Moglia Ediciones, los personajes aparecen signados por una culpa que arrastran sin remisión o acosados por una tentación espantosa. Así, un enfermo de muerte decide vengarse cobrándose con vidas ajenas la vida que se le niega; un neonazi traicionado y atacado por sus camaradas ve llegar a una de sus olvidadas víctimas para guiarlo al definitivo lugar que le está destinado; un escritor imagina que los poderosos de la Tierra persiguen al científico que ha logrado la fórmula para anular la causa de todos los males de la humanidad, que no son otra cosa que máscaras con las cuales se intenta cubrir el miedo a la muerte.

 

 

Se destacan los cuentos más largos del volumen. Uno de ellos es una suerte de bildungsroman, la detallada iniciación de un joven de buena familia en la guerrilla montonera de los 70. Eros y muerte mezclados, el joven insensatamente se introduce en las doctrinas de la violencia por amor (o metejón que sea) hacia una compañera de estudios secundarios, fanática politizada, dominada a su vez por algún maduro militante. Todo esto es revivido muchos años más tarde, durante la era menemista, por aquel joven, devenido ahora en encumbrado personaje clave en consultoras nacionales que negocian en el exterior. Está en Madrid para un acuerdo de contratos y coimas con japoneses cuando vuelve a encontrarse después de tanto tiempo con aquella mujer que lo arrastrara al terrorismo. El encuentro satisface el largamente esperado resarcimiento erótico, pero en el fondo el hombre persigue una razón más profunda: develar si fue él o ella quien disparó al secuestrado al que debían vigilar.

 

 

Traicionados o abandonados por el resto de los compañeros, rodeados por la policía, quedan solos los dos y deciden cumplir la consigna de no entregar vivo al prisionero. La situación es tan rápida y confusa como para que todavía hoy el protagonista dude quién apretó el gatillo antes de emprender con éxito la fuga.

 

 

Otro de los relatos largos cuenta sobre la entrevista en la que una pareja de blogueros acorralan a un viejo escritor, famoso pero amargado, que carga con la culpa de haber plagiado a un amigo muerto joven e inédito. Y se presenta aquí una serie de declaraciones o reflexiones del escritor que, por contraposición irónica o en su patente veracidad, resultan una suerte de ars poetica del oficio de escribir y, se supone, particularmente de José Gabriel Ceballos. Como estas sentencias: “Al igual que un náufrago, uno se acostumbra a flotar agarrado a su pequeña tabla de la manera adecuada para no ahogarse ni perder la tabla. El náufrago sabe que la salvación es imposible, pero no lo aceptará mientras la tabla vaya con él. Así se abraza el escritor a la obra…”. O: “¿Calculan cuánto perdí por mis libros, además del amor de mis hijos? ¡Paz, salud, placer, amigos, seguridad, cordura…! ¡Cordura, cómo no, uno no escribe sin ir desprendiéndose de su cordura! ¡Para conmover al dios lector hay que dar con lo esencial, lo que se paga con cordura, puesto que lo esencial se halla siempre en la oscuridad y custodiado por demonios!”. O: “Desperdiciar la vida trabajando para los mediocres no vale la pena. Ellos nunca serán justos con ustedes. Porque en el fondo los odian, nos odian. ¿La razón? Reflejamos su rastrera pequeñez. Su miedo a la imaginación, la esclavitud a que los ha sometido la realidad… Entonces, exploten su imaginación sólo para ustedes mismos, sin convertirla en mercancía. ¡Qué error tremendo rebajar nuestra imaginación a mercancía!”.

 

Alguna honda decisión final o alguna suerte de expiación o un atisbo de remordimiento parece brillar, aunque sea por un momento, en el fondo de estos personajes y de sus tristes historias. Ese conato de humanidad y ética los rescata, esa capacidad de autocrítica y reflexión que no abunda en nuestra más lamentable y triste realidad cercana.