Los cuatro hermanos Brontë empezaron a escribir siendo niños, los cuatro fueron grandes escritores y tuvieron un destino singular (maldito, se diría hoy); serán “Infernales, la hermandad Brontë”, como se titula el apasionante libro de Laura Ramos que se acaba de publicar.

 

Textos. Enrique Butti.

 

“Un alma no puede encerrarse en un lugar; encierra en sí al lugar y le confiere sus virtudes”, escribió Victoria Ocampo sobre Emily Brontë y su deslumbrante novela “Cumbres borrascosas”. Ese lugar era Haworth, un pueblo de Yorkshire, Inglaterra, sacudido por vientos feroces, “entre ciénagas, cercano a la barbarie”, como lo describiría un periodista.

La familia de los Brontë comienza con el padre, que se inventa ese apellido al transferirse desde Irlanda. Se convierte en pastor anglicano y en Inglaterra se casó con la mujer que le daría seis hijos antes de morir a los nueve años de casada. El pastor trató sin éxito de contraer un nuevo matrimonio, y su cuñada se llegó hasta la casa parroquial para asistirlo por un breve período, ya que vivía feliz su vida de soltera en una villa marítima. Con amargura, sin resignarse nunca, sin salir de una pieza caldeada, viviría sin embargo el resto de su vida en ese páramo helado y solitario, sin siquiera ser correspondida con el cariño de casi ninguno de los niños.

Para librarse de gastos y molestias, el pastor instaló a los dos hijas mayores en un establecimiento dedicado a hijas de clérigos pobres.

 

La mala alimentación, la falta de higiene, el frío y las pestes hicieron que las dos niñas regresaran a su casa poco tiempo después para morir de tifus y tuberculosis. Los cuatro hermanos restantes son: Charlotte, Patrick (a quien la historia llamará con el apellido de la madre: Branwell), Emily y Anne. Los cuatro empezarán a escribir siendo niños, los cuatro serán grandes escritores y tendrán un destino singular (maldito, se diría hoy); serán “Infernales, la hermandad Brontë”, como se titula el apasionante libro de Laura Ramos que acaba de publicar Taurus.

A pesar de la experiencia mortal que sufrieron las dos hijas mayores, el pastor persistió en la idea de enviar las otras hijas a internados para señoritas, reservándose él la educación del hijo varón. Esas temporadas espantosas fuera de casa se repitieron cuando las muchachas intentaron ganarse la vida como educadoras o gobernantas, y serían registradas con toda su acritud en “Jane Eyre” y en “Agnes Grey”, las novelas de Charlotte y de Anne. “No por casualidad las Brontë otorgaron en sus novelas una gran importancia a los lugares físicos. En sus vidas, cada traslado hacia escuelas o empleos fue un asunto de vida y, literalmente, de peligro de muerte”, escribió Lydia Pinkus, otra autora argentina que se ocupó, en un libro premiado en 1997 por el Fondo Nacional de las Artes, de “Los hermanos Brontë”.

 

Aunque aislados entre pantanos y cuestas empinadas, los hermanitos Brontë tenían una formación vanguardista merced al mensuario Blackwood, de Edimburgo, que publicaba textos de De Quincey, Wordsworth, Coleridge, lord Byron, esas “inalterables estrellas” que se agrupan en “clubes celestiales”.

Branwell comenzó a editar su propio “Branwell’s Blackwood’s Magazine” a los once años, en un pequeño formato, con minúsculas letras de imprenta que recién terminaron de transcribirse en 1997.

 

El año 1829, cuando Charlotte tenía trece años y Branwell doce, los encuentra dedicados a la interminable saga de la Ciudad de Cristal, mientras Emily y Anne, de once y nueve años, fundaban el reino independiente de Gondal. Pero los personajes de Charlotte y Branwell pronto comenzarían a rivalizar implacablemente entre ellos, a insultarse, traicionarse, herirse con mordaces sátiras. En esas sagas se mezclan complejos héroes (entre ellos, Bonaparte y Wellington) y exuberantes paisajes (La Ciudad de Cristal estaba emplazada entre la actual Ghana y Nigeria, con un clima subtropical comparable al de nuestra selva misionera, apunta Ramos). Hay allí héroes, temerarios aventureros, crueles déspotas, heroínas sangrientas y licenciosas, hijos bastardos y endemoniados, monstruos feroces, genios gigantes. El Lucifer de Milton asociado a los paladines de Walter Scott en una cosmología de William Blake.
En el reverso de uno de los escritos originales de la Gran Ciudad de Cristal, una de los dos hermanas pequeñas (Emily, seguramente) escribió este mensaje singular: “Mi querido hermano, has escrito muy bien, yo no creía que verdaderamente pudieras hacerlo. Tengo fe en que eres un chico malvado y en que serás un hombre espeluznante”. En verdad terminaría desesperado, adicto al alcohol y al opio, en medio de delirios.

 

Los niños crecieron. Branwell fue el primero en soñar con hacer de su escritura una profesión. Apenas logró que alguna revista le publicara un puñado de poemas. Probó con la pintura; el famoso retrato de las tres hermanas le pertenece. Detrás de ellas se advierte un borrón y el fantasma de un pentimento en el lugar donde se había pintado a sí mismo. Todo un símbolo de su destino. De su supresión, ya que como anota Ramos “en la posteridad no alcanzó las alturas místicas de sus hermanas. Él fue, como Satán, un príncipe desterrado del mundo”.

 

Sus hermanas, en tanto, se decidieron a seleccionar y reunir sus propios poemas y pagarse una edición. Firmaron con seudónimos masculinos: Currer, Ellis y Acton Bell. La desprolija edición llegó a vender sólo dos ejemplares. Con los mismos seudónimos Charlotte envió a incontables editores su novela “El profesor” y Emily su “Cumbres borrascosas”. Un editor se mostró interesado en leer algo más extenso que “El profesor” y Charlotte envió su “Jane Eyre”. Se publicó y fue un éxito tan resonante como para interesar la publicación de los otros dos Bell. La crítica se sublevó escandalizada ante el despliegue de pasión y crueldad de “Cumbres borrascosas”.

 

Emily leyó esas reseñas alzándose de hombros. Somerset Maugham detecta en su biografía el amor o los amores por algunas de sus maestras o alumnas y elogió su libro diciendo que “Cumbres borrascosas” no se puede comparar con ningún otro libro. Hay que señalar, sin embargo, su ascendiente sobre la literatura posterior: esa gran novela de Emily (con sus distintos narradores y puntos de vista; sus estirpes embrolladas de hijos legítimos, naturales y entenados que a veces llevan el mismo nombre; con su naturaleza desenfrenada de personas y paisajes) resulta un claro antecedente de los personajes y regiones de Yoknapatawpha, Santa María y Macondo.

 

En pocos meses, entre 1848 y 1849, morían muy jóvenes Branwell, Emily y Anne. Charlotte, ya conocida la identidad de su seudónimo, famosa, conoció la admiración y la vida social de Londres. Siguió viviendo con su padre en la parroquia de Haworth, y tuvo que lidiar con él para que aceptara su casamiento. Durante su luna de miel escribió a una amiga: “Pienso que esas mujeres casadas que indiscriminadamente urgen a sus amigas a casarse tienen mucho para culparse. Por mi parte, yo sólo puedo repetir, ahora con profunda sinceridad y significado, lo que siempre dije en teoría: Espera la voluntad de Dios. De verdad, de verdad, Nell, para una mujer convertirse en esposa es algo solemne y extraño y peligroso”.

 

Pocos meses más tarde, a los 38 años, murió de inanición debido a las náuseas y vómitos extremos del embarazo.