Los rumores, chismes, habladurías o como te guste llamarlos, podrían ser definidos como percepciones o ideas que se difunden como realidades observables pero al mismo tiempo imposible de ser comprobadas.

 

Textos. Psic. Gustavo Giorgi.

 

Y no era exagerada la calificación… Recuerdo la primera vez que entré, allá por mayo del 2015 en la que me llamaron mucho la atención dos cosas. La primera, el brillo de todo. Era increíble como todo lucía a nuevo y hacía sentirte incómodo el apoyar tus suelas en ese piso. Y la segunda, era la enorme cantidad de chismes existentes entre los empleados.

 

Que Laurita de contable sale con el pibe de granitos; que parece que al jefe lo van a echar de un momento a otro; que el que anda con problemas de cama es el Alberto, a juzgar por la cara que trae; y así podría mencionar unos cuantos más, de dudosa veracidad pero obscenos en sus contenidos.

 

Pienso que, de ubicar los principales responsables de esto, de La Usina de Rumores (manera elegante de decirle si las hay) deberíamos sentar en el banquillo a tres personas claves en la empresa: el telefonista, la encargada H y el vendedor.

 

El telefonista es un tipo de unos treinta y pico años, soltero y con un par de temas a cuestas que le vendría muy bien tramitar en terapia. Según parece, al muchacho lo dejó colgado una flaquita linda, hippie de buen pasar. Rubia, de trencitas finitas y tinte manipulador lo hizo abandonar la carrera de abogacía para seguirla a El Bolsón, lugar que pasó de ser el espacioidealparadesarrollarsuarte a elinfiernoenelquelecolgaronlagalleta. El caso es que regresó a Santa Fe más malo que una araña mal dormida, su padre lo metió de las narices a laburar de telefonista en la empresa de un amigo y ahí está hoy. Amargo y con escasos vínculos sociales (buen ejemplo de esto es que su mejor plan para los sábados es hacerse brutales e intoxicadoras maratones de series por interné).

 

La encargada H. Genia total. Querida por todos. No hay en la empresa a quien le caiga mal o vaya a realizar un comentario inapropiado hacia su persona. Madre de cuatro criaturitas en edad escolar y beata esposa compañera de su marido, relevante cardiólogo de la zona. Calculo que la mayoría no ve como un problema que largue rumores como cachetada de loco. Informaciones sin verificar en absoluto son lanzadas al espacio oficinesco en forma constante y los otros no solo la escuchan sino que también aportan significativamente para su diseminación. “Cómo viene de la encargada H., debe ser cierto!”, corean (casi) al unísono…

 

El tercero es el vendedor. Si bien hay varios comerciales, éste es EL vendedor. Sus resonantes resultados y logros obtenidos lo catapultaron a un lugar de privilegio dentro de la organización, a punto tal que “…cuando te pasa al lado parece que sentís como una electricidad” dice la exagerada de Compras. Fuera de estas descripciones infladas, es verdad que el hombre es bueno para vender y bueno para inventar y/o transmitir noticias falsas de la propia empresa: “Dicen que a fin de año la venden a los chinos” o “Te digo una cosa en confianza: el lunes uno de los dueños me dijo que si no cambia la cosa nos fundimos”. ¡Y el asunto es que le creen!

 

HACIA UNA CLÍNICA DEL RUMOR

 

Está claro que aún no se han inventado vacunas para esto, y por lo tanto no existe oficina en el mundo capaz de estar exenta de estas cuestiones.

 

Los rumores, chismes, habladurías o como te guste llamarlos, podrían ser definidos como percepciones o ideas que se difunden como realidades observables pero al mismo tiempo imposible de ser comprobadas. Su capacidad para infectar rápidamente se debe a que cuenta con un componente racional de verosimilitud (es creíble) y posee un aspecto emocional capaz de impactar en las fibras íntimas del oyente, a tal punto que genera la necesidad de transmitirlo a un tercero. Esto explica la velocidad con la que se desarrolla, multiplica y circula por las redes informales que toda empresa posee. Es más, generalmente está relacionado con cuestiones negativas o de la intimidad de las personas. Muy raro sería el caso de un rumor que anticipe hechos favorables como un ascenso para aquel que se lo merece o una mejora en las condiciones laborales para todos.

 

Asimismo, es necesario distinguirlos de los malos entendidos en los que, posiblemente, no hay intenciones negativas de nadie. Alguien habla y el otro comprende algo distinto. Por ejemplo, cuando el jefe envía un correo diciendo: “La reunión de hoy será solo con el personal del área Ventas”. Al momento de asistir a la misma, aquel se enoja porque hay muy pocas personas. Pregunta la causa de ello, y le responden que los analistas no concurrieron porque entendieron que pertenecen al área de Administración y no de Ventas.

 

La respuesta a la pregunta de qué hacer ante el avance de los rumores, tanto a modo de prevención como de mejora en sus niveles, es desarrollar y fomentar una comunicación saludable, abierta y transparente en la empresa. Una organización cargada de prejuicios y tabúes al modo “de eso no se habla” favorece ampliamente la aparición de datos falsos y negativos de las personas que la componen.

 

Yendo a la práctica, propongo tres acciones sencillas y potentes:

 

  • 1. La primera es contar con los clásicos recursos de las carteleras, tablones de anuncios y las publicaciones internas. Todas conforman un espacio de información cierta y compartida.
  • 2. Luego, sugiero aprovechar las herramientas digitales a disposición. Es claro y comprobable cotidianamente el poder de que tienen las redes sociales. Utilicémoslas a nuestro favor, comunicando con claridad lo que la empresa pretende que sus colaboradores conozcan. Facebook, Twitter y los grupos de Whatsapp van a la delantera.
  • 3. Finalmente, lo que denomino “remedios” conversacionales, cuya capacidad curativa radica en los encuentros cara a cara entre personas. Así, los desayunos de trabajo y reuniones (formales o no) aportan un escenario privilegiado para que una comunicación transparente, honesta y asertiva encuentre el marco propicio para desarrollarse. Somos humanos y necesitamos el matiz cálido del diálogo que las anteriores herramientas carecen. Encontrémonos y digamos de manera franca aquello que la Compañía indique y los empleados necesiten saber.