Estado de ánimo y microbiota


El intestino y el cerebro están íntimamente relacionados de manera bidireccional. Son como una autopista de dos vías. Lo que ocurre en uno repercute en el otro. Por eso, mantener ese vínculo en equilibrio es clave para mantener nuestra salud mental y digestiva en óptimas condiciones.

El intestino es el hogar de varios miles de millones de bacterias. Conviven en un espacio reducido más de 1.000 tipos diferentes: algunas en gran cantidad y otras en muy pequeñas cantidades. Todas son necesarias para orquestar lo que pasa ahí donde digerimos lo que entra a nuestro cuerpo…, pero también para gestionar lo que ocurre más allá de sus límites. Porque otros órganos, como el cerebro, están en íntima conexión con la microbiota, ese equipo de bichos buenos que trabaja para que nuestra salud se mantenga en equilibrio, aún en tiempos de pandemia. En otras palabras, lo que pasa en el intestino repercute en el cerebro; y lo que pasa en el cerebro repercute en el intestino.

Te preguntarás cómo se comunica la microbiota con el cerebro. El doctor en Química Gabriel Vinderola, investigador del Conicet y docente de la Universidad Nacional del Litoral lo explica de manera muy didáctica: «Lo hace por varias vías que conforman lo que se conoce como eje intestino-cerebro, que más que una vía es una autopista de varios carriles, y de ida y vuelta. Por un lado, existen neuronas que conectan directamente el intestino con ciertas zonas del cerebro. Las señales químicas que generan las bacterias de la microbiota al fermentar los alimentos, que llegan al cerebro, son señales que viajan a gran velocidad por estas neuronas intestinales. Otra forma de comunicación es a través de neurotransmisores que se producen en el intestino y que viajan por vía sanguínea hasta el cerebro. Algunos de esos neurotransmisores son las famosas serotonina, dopamina y noradrenalina, muchas de ellas necesarias para que el intestino se mueva correctamente, pero también para relajarnos, descansar, dormir bien, tener sensación de placer y de felicidad». Esto quiere decir que si el intestino funciona correctamente eso repercutirá directamente en nuestro bienestar general.

Otra manera en que el intestino se relaciona con el cerebro es a partir de la fermentación de los alimentos gracias a los cuales la microbiota puede producir otros neuropéptidos especializados en darnos saciedad. Vinderola, especialista en el estudio de la microbiota, explica que «mantenerla ‘entretenida’ fermentando hace que tengamos hambre con menos frecuencia, y eso ayuda al control del peso».

Por último, existe otra vía de comunicación, que es a través de las llamadas ‘citoquinas’ que son mensajeros que pueden causar inflamación, o el efecto contrario, en todo nuestro organismo, incluso en el cerebro. «Esta intercomunicación entre órganos impacta en nuestro estado de ánimo. El cerebro interpreta y actúa, según las señales que le llegan del intestino, generadas por el tipo y cantidad de bacterias, y por lo que ellas hacen», aclara el investigador. Y agrega: «Lo que pasa en el cerebro, o cómo percibimos lo que nos pasa, repercute en el intestino. El estrés y la ansiedad producen modificaciones de la microbiota y de sus funciones, y esto acarrea problemas intestinales de motilidad, de inflamación, entre otros. El cerebro traduce lo que nos pasa en señales químicas, estas viajan por las neuronas hasta el intestino, y esas señales se transforman en señales para la microbiota, provocando desequilibrios y sus consecuencias».

¿Se puede decir que una microbiota en equilibrio es sinónimo de felicidad?

La doctora en Nutrición y docente investigadora de la UBA Marina Torresani (M.N. 936) dice que «es sabido que la serotonina (también conocida como la ‘hormona de la felicidad’) desempeña un papel esencial en la regulación del humor y de las emociones y sus niveles se alteran cuando se sufre de ansiedad, depresión, estrés o excitación. Debido a esto se plantea la hipótesis de que la microbiota podría tener un papel clave en el desarrollo neurológico».

«Una microbiota diversa y abundante es sinónimo de bienestar, y esto se ha estudiado mucho en modelos animales. Se conoce que los antibióticos, usados en exceso, causan perturbaciones de la microbiota, reducen la cantidad de bacterias. En modelos animales donde a los ratones se les da antibióticos por mucho tiempo, se observan cambios en su microbiota (se empobrece), y los animales manifiestan síntomas de ansiedad, de depresión, entre otros», resume Vinderola.

¿Qué podemos hacer para que nuestra microbiota esté en equilibrio?

El equilibrio de la microbiota no es una foto: es una película. Esto quiere decir que no existe una única composición en tipo y cantidad de bacterias que necesitemos tener para afirmar que estamos frente a una microbiota equilibrada, sino que existe una especie de ‘rango’ donde diferentes composiciones de la microbiota están asociadas a la salud.

Vinderola explica que podemos separar en dos grupos la serie de medidas para tener una microbiota sana: «Por un lado, tenemos todo lo que pase entre la fecundación y los 2 años de vida, lo que los pediatras llaman los 1.000 primeros días. Desde que comienza el embarazo la mamá se debe preparar para tener una microbiota saludable, porque la microbiota se hereda. Por eso, es fundamental alimentarse bien y consumir alimentos con fibra y alimentos con microorganismos, por ejemplo los alimentos fermentados».

El otro grupo de medidas está relacionado con nuestra alimentación, una vez terminada la lactancia: es importante incorporar alimentos ricos en fibra (legumbres, verduras, frutas) y alimentos fermentados y probióticos, tal como mencionamos anteriormente, existen yogures que poseen probióticos y en una porción diaria aportan la cantidad recomendada para obtener beneficios para la salud). Hay otras estrategias que también vale la pena adoptar: tomar antibióticos solo cuando sea estrictamente necesario y estar en contacto con la naturaleza de manera regular.

En este sentido, Torresani coincide con Vinderola: «La alimentación es, sin dudas, un determinante importante de la composición microbiana. Cuando es a base de probióticos (yogures y otras leches fermentadas) y fibra dietética (cereales, legumbres y frutas) se produce el equilibrio de la microbiota, mediante la producción de ácidos grasos de cadena corta (AGCC) que promueven un cambio hacia diferentes tipos de bacterias beneficiosas e inhiben la proliferación de bacterias nocivas».

Por otro lado, se deben desestimar sustancias que ejercen efectos negativos sobre la microbiota intestinal, tales como una alimentación desequilibrada, con exceso de grasas, proteínas y/o carbohidratos concentrados, así como otros factores como el estrés, ya que pueden alterar la estabilidad de la composición natural de la microbiota intestinal y tener un efecto perjudicial sobre el bienestar del huésped, explica Torresani.

Lo que pasa en el intestino es tan importante para nuestro cerebro como lo es para nuestro intestino lo que ocurre en nuestro cerebro. En otras palabras: nuestras emociones y el estrés afectan la manera en la que digerimos los alimentos, y lo que comemos influye en la manera en que nos sentimos a nivel emocional. Por eso, como en toda relación, lograr el equilibrio es la mejor manera de asegurarnos un futuro saludable y alejarnos de los problemas que pueden acecharnos mañana.

Fuente: Retórica.

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