Hacer pie


Por Lucila Cordoneda

Una y otra vez zambullo la cabeza en el agua. No suelo hacerlo, el cloro, el alisado y la mar en coche se interponen en mi camino y me privan de este placer.

La temperatura en Santa Fe es agobiante en esta época del año, bochornosa por momentos. Una especie de Macondo del Litoral… Con sus propios amores, condenas y demonios; sus propias vírgenes, sus ríos y mariposas amarillas.

La sensación de pasar por agua aliviana, tierniza, saca del sopor.

Abajo nada parece real. El tiempo es otro, existe ahí una especie de zumbido eterno que, contradictoria y fugazmente, apabulla buscando esclarecer.

El zumbido se hace cada vez más intenso, no tengo claro si es el motor de la pileta o mi mente desbordada de pendientes (recién descubro la homografía y, en este caso, vale para ambas significaciones).

Flexiono las piernas y me quedo ahí, quietita, con mi propio silencio que ensordece, no se si floto, pero no hago pie.

No hago pie.

Algunas veces se siente así.

Una especie de tambaleo en el que todo lo que parecía sostenernos, mantenernos en eje, conectados al instante real, se desvanece.

Desesperación casi agónica que experimentamos cuando el suelo se empeña en abrirse, cuando el soporte no alcanza.

No logramos plantarnos.

Tampoco tenemos muy claro qué es lo que provoca ese cataclismo. ¿Tristeza? ¿Angustia? ¿Frustraciones varias? ¿Posibles fracasos? ¿Miedos a…? Quién lo sabe con certeza.

Solo están.

Están, inundándolo todo. Ahogándonos.

Están, haciéndonos perder lo estable, las seguridades y el sentido de las cosas.

Vuelvo a meter la cabeza en el agua pretendiendo inundarla de nada.

Vuelvo a flotar.

Se siente lindo saber que aunque el suelo no sostenga, no vas a caer. No vas a salir lastimada.

Vuelvo a la superficie.

Vuelvo a tomar aire.

Levanto la cara, siento las primeras gotas de lluvia.

El cielo decidió darnos un pequeño alivio.

No se si la vida tenga sentido todo el tiempo.

Creo que encontrarlo suele convertirse en el mayor desafío.

Por ahí, esos ratitos de flote, de pliegue del tiempo, de «no suelo» sean los que necesitamos para volver a creer, para volver a sentir la lluvia o simplemente para volver a hacer pie.

– Deja que se vayan, Lucía – dijo la abuela desde algún lugar.

– ¿Quiénes?

– ¡Las lágrimas! A veces parece que son tantas que sientes que te vas a ahogar con ellas, pero no es así.

– ¿Crees que un día dejarán de salir?

– ¡Claro! – respondió la abuela con una sonrisa dulce -. Las lágrimas no se quedan demasiado tiempo, cumplen su trabajo y luego siguen su camino.

– ¿Y qué trabajo cumplen?

– ¡Son agua, Lucía! Limpian, aclaran… Como la lluvia. Todo se ve distinto después de la lluvia.


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