Hay algo del juego, o más bien en la conducta que busca jugar compulsivamente que lo vuelve peligroso y letal: existe una clara diferencia entre aquello que te gusta con aquello que no podés dejar de hacer.

Gustavo Giorgi.

 

Hagamos un poco de memoria y pensemos juntos cuántas veces nos preguntamos por qué tal o cual negocio se funde de un día para el otro, y sin ningún tipo de aviso. Comercios en su mayoría florecientes, sin dificultades para la atracción de clientes que de golpe cierran sus puertas. Así fue lo que pasó con “La Zapata”, reconocido local de venta al público de artículos deportivos.

A su dueño le invento el apellido Bertrand porque físicamente tiene un parecido a Russell y además para que este relato no vulnere las sensibles fronteras de su intimidad.

“A Bertrand siempre le gustó la timba. Desde chiquito era capaz de agarrarse a las piñas si perdía a las bolitas. Lo más triste, te digo más, ni siquiera era eso. Lo peor era que vivía trampeando en pos de ganar. Era capaz de cualquier cosa casi. Te dabas vuelta y te cambiaba por completo el cuadro… Mentía. En fin… ya de pibe te dabas cuenta que iba a terminar mal”. Quien habla es un ex empleado del negocio, amigo de su infancia y en el que se nota un buen componente de resentimiento hacia quien lo ha despedido recientemente. Rencor que, sin embargo, no quita veracidad a sus dichos, cosa que comprobamos al momento de arrimar nuestros oídos a Ángela Calabresa, vecina del susodicho. “Pfff… un perdido.. lo cruzo ¿sabés cuando? Cuando saco a pasear al Toby cerca de las seis de la mañana… ahí lo veo llegar siempre a su casa, trasnochado y con un olor a pucho que mata (esto lo sé porque generalmente se arrima a darme un beso… Nosotros somos vecinos de años)”.

“La Zapata” es el ejemplo del negocio que arrancó siendo un sucucho y luego fue creciendo a pasos agigantados a partir de la sagacidad de su dueño. Y un poco lo paradójico del asunto es que una de sus principales virtudes que llevó adelante la expansión comercial fue también la que lo dinamitó: su tendencia a asumir riesgos.

Es bueno, en principio, detenernos un momento en el punto anterior y pensar juntos que en la práctica y la cotidianeidad de las organizaciones, nos encontramos con contradicciones incapaces de ser descriptas con precisión en la teoría y son precisamente estas, las que le dan riqueza al tema. Dicho de otro modo, quienes logran éxito como empresarios no son seres perfectos e ideales sino que poseen las mismas falencias que cualquier mortal.

Bertrand, fanático absoluto de todos los juegos habidos y por haber, y mayormente los que involucran la posibilidad de ganar y perder mucho en partes iguales comenzó su carrera (si cabe la expresión) jugando al póker con sus amigos de la peña allá por sus veinte años. Fue el Germán el que acercó al grupo tal divertimento, siendo valorado por la mayoría e incorporado fervientemente a los encuentros infaltables de los miércoles por la noche. El caso es que fueron sucediéndose las semanas hasta que fue el propio Bertrand quien propuso “ponerle pimienta” al juego, a través del dinero. “Pero no nos vamos a sacar la plata entre nosotros. ¡Lo único que falta!” dijo Enrique ofuscado. Sin embargo, su posición no fue para nada tomada en cuenta, bajo la excusa de que en principio “solo serían moneditas de un peso…”. Pero claro, tal y como sucede en otros casos, la cosa fue ganando en intensidad y ya las moneditas se convirtieron en billetes, y consecuentemente los valores apostados subían cada vez más. Incluso, se llegó hasta un punto sin retorno cuando la noche del 26 de julio de 2015 casi se van a las manos, desconociendo por completo la amistad de años, al arriesgarla por unos mangos. Allí, decidieron abandonar la práctica entre amigos, pero lamentablemente significó un paso en falso para Bertrand: comenzó a ir sistemáticamente al Casino y otros lugares non sanctos, que existen en la ciudad donde todos sabemos menos la policía, a poner en apuros su dinero.

Al comienzo fue de a poco. En sus propios términos: “Iba solo los lunes y apostaba el diez por ciento de la ganancia de la semana anterior. A veces tenía suerte, entonces a los días iba y redoblaba la apuesta. Y si perdía también, volvía para apostar el doble y poder recuperar lo perdido…”.

Fue dicha rutina la que, paulatinamente fue desangrando su negocio hasta dejarlo totalmente en la ruina y vendiendo su llave de comercio por dos chirolas en 2018. Menos mal que Bertrand es soltero, porque de lo contrario, supongo que también hubiese arrastrado al vacío a su pareja y familia.

El juego como diversión vs. El juego como adicción

Primera clave: la compulsión.
De Freud en adelante comprendimos que el juego cumple un rol preponderante en nuestra economía psíquica. Siendo pequeños, toda actividad lúdica nos ayuda a tramitar situaciones traumáticas, por citar una de las más relevantes, la ausencia materna (1). Como adultos, también nos ayuda a conversar con nuestro inconciente, dándole la chance de manifestarse en formas más amables que un síntoma. Vemos, asimismo, cómo el juego nos permite comunicar cosas que no nos animaríamos de manera directa (resulta por demás atinado y divertido rememorar los juegos de mesa en pareja, que aluden a situaciones domésticas en las que uno de los miembros encuentra el espacio propicio para espetarle al otro en sus narices aquello que le viene molestando desde hace rato, pero que no le decía para evitar una agria discusión).

Pero por otra parte, hay algo del juego, o más bien en la conducta que busca jugar compulsivamente que lo vuelve peligroso y letal: existe una clara diferencia entre aquello que te gusta con aquello que no podés dejar de hacer. Posiblemente esta sea la explicación más sintética (y no por ello menos didáctica) de una conducta compulsiva. Tal como sucede con las perversiones (el fetichismo, por caso) el problema aparece no porque una persona haga cosas raras o bizarras con su sexualidad sino que no puede hallar placer si no es a condición de oler cabello o ser, directamente, sodomizado. Con el juego sucede lo mismo: la condición para obtener placer se halla circunscripta y limitada exclusivamente al mecanismo que implica la lógica ganar/perder. Y avanzando en el razonamiento, ni siquiera se trata del placer sino, otra vez, de lo compulsivo (2). De hecho, los propios familiares y amigos del jugador advierten que nada lo divierte, a excepción de las actividades lúdicas.

Segunda clave: la adicción no está en el objeto.

¿Existe una personalidad adicta?

Debo decir que no hay acuerdo teórico en este punto, pero bien cabe pensarlo por en contrario: no cualquiera puede caer en este tipo de mecanismos signados por lo adictivo, sea el juego, el tabaco o las drogas.

En los casos extremos, pensamos en patologías de tipo borderline, capaces de hallar una estabilización más que una cura. No en vano, como es dable observar en la cotidianeidad, mucha gente solo supera estos síntomas a través de una ligazón religiosa fuerte, en una clara muestra de intercambio de imperativos: lo que antes podía ser el grito superyoico feroz de: “Juega” por el mandato renovado del seguimiento y obediencia total a Dios.

1- Freud, observando una conducta repetitiva de su nieto de 18 meses, logró toda una revelación clínica. Ver, para esto el capitulo 2 en Freud, S. “Más allá del principio de placer”, O.C. T.XVIII, Ed. Amorrortu.

2- Lacan, basado en la segunda tópica freudiana, idea el concepto de goce para diferenciarlo del placer y ligarlo al imperativo superyoico.