Humanizando la comunicación: del emoji al sticker


Necesitamos comunicarnos con otro para continuar formando parte de la humanidad. Textos: Psicólogo Gustavo Giorgi.

Quiso el destino que un día se juntasen los dos tipos de la oficina que más, pero más les gustaba hablar de bueyes perdidos.


Recuerdo bien esa semana porque llovió sin parar todo el tiempo, de lunes a viernes. Mi hija, en ese momento una tierna infante, maldecía todos los días con sus chiquilinas expresiones porque no podía ir a la colonia de vacaciones.


Fuera de esta cuestión anecdótica y autorreferencial, la historia que hoy tengo para contarles podría parecerles una pavada, pero los invito a tener paciencia y seguir el hilo de la charla para, desde ahí, acceder al verdadero sentido último de aquello a lo que se alude.


“Sabés que a mí la lluvia me gusta… Viste que hay gente que no. Que lo deprime o lo enoja… pero lo que es a mí, me encanta… ¿Será mi lado bohemio?”.


“Pienso que la clave está en tus obligaciones. Por ejemplo, si no tenés nada que hacer podés disfrutarla, pero si no, moverte en la calle por estos días termina siendo un dolor de cabeza”.


“Seh… es posible… igual, es como que a mí se me ocurren cosas cuando llueve. Por ejemplo, desde ayer que vengo pensando en el ‘guasap’”.


“¡Me imagino! ¿Vos también estás cansado de los grupos porque te atormentan con pavadas? Que el del club, el de los papis del cole, los compas de la primaria, los del laburo… antes que sigas te digo que estoy totalmente de acuerdo con vos”.


“Pará papá, que no es eso lo que se me ocurrió. Vas a ver que esto es nuevo…”.


Justo en este punto es en donde empiezo a oír la conversación, bastante de casualidad por cierto porque estaban hablando justo del otro lado de una ventanita que conecta el baño con el pasillo. Precisamente yo estaba en el “tualé”, focalizado en lavar mis manos a fondo cuando me enganché con sus palabras…


“El asunto es así: ¿ubicás a los emoji? ¿Esos dibujitos que tienen la capacidad de transmitir ideas y emociones? Bueno, la verdad es que no sé quién los inventó pero sin ánimo de exagerar lo ubicaría a la altura de lo que en los 60 fue Walt Disney, loco… fijate que no importa qué idioma hables, el emoticón te será igualmente útil y comprensible para conectar con un chino, vietnamita, finés o peruano”.


“Tal cual… el emoticón habla de lo que nos pasa y dice sin decir. Una línea redonda con unos tracitos adentro es suficiente para interpretar que el otro siente enojo, tristeza o, si tiene un cierre por boca, que prefiere callar…”.


A esta altura ya había salido del WC y me animé a quedarme a un costadito, como para que no me vean pero sin perder detalle… y lo loco es que a medida pasaban los minutos se iban arrimando otros empleados, interesados en el tema. Admito también que estaban los escépticos y malaonda de siempre, que se burlaban en silencio. Ignorantes e insensibles, pienso para mis adentros.


“El caso es que, como sucede con todas las cosas y máxime en este mundo tecnológico, los emoticones evolucionaron hacia los stickers, ¿los ubicás?”.


“Ahí me mataste”.


“Los stickers, a diferencia de los emoticones no son dibujos sino fotos de personas haciendo algo gracioso, pudiendo estar acompañadas con una frase o texto cortito”.


“Ah, si. Justamente hoy me mandaron un par. Uno que decía OK y el otro de un morocho desdentado que se reía”.


“Bueno, ahí va la cosa: mi hipótesis es que el salto de uno a otro se debió a la necesidad de procurar una mejor conectividad con el otro, que solo podría darse de humano a humano. Esto me lleva también a pensar de forma directa en lo vital de la comunicación como elemento humanizante. Hace y nos hace humanos”.


Las caras de quienes estábamos escuchando asumían cada vez, gestos de mayor interés. Ya los oposicionistas se habían retirado y vuelto a hacer sus labores, grises. La cosa se ponía mejor y mejor.


“Recuerdo en mis épocas facultativas cuando nos contaban los casos de niños ferales, y uno de sus insignias, el llamado Salvaje de Aveyron. La pregunta que flotaba en el aire, angustiante, era: ¿podemos llamar humanos a estos chicos, que carecen de lenguaje? ¿La condición de humanidad es solo biológica o deberíamos pensar en algo más como cualidad distintiva? Enigmas que aún resuenan en mí y siguen provocando…”.


“No sabía que habías pasado por la Universidad, estimado. ¿En qué carrera?”.


“Antropología hasta cuarto año. Pero no es eso lo relevante acá. Lo que trato de exponerte es esto: estoy convencido de que necesitamos comunicarnos con otro para continuar formando parte de la humanidad. En la fría contemporaneidad en la que un bot nos responde consultas o la Inteligencia Artificial intenta adueñarse del comando de nuestra sensibilidad, el paso del emoji al sticker es un gesto simple pero franco de rebeldía. Hoy, los humanos nos rebelamos contra la tecnología diciendo: ‘No queremos más dibujitos, ¡¡queremos seres de carne y hueso!!’… Y más. Encontrarnos con humanos que le suceden cosas graciosas como las que decías recién, que carecen de su dentadura completa… o tienen el pelo detonado, tartamudean al hablar, etc. nos hermana porque permite encontrarnos en el chiste, en el tropiezo. Eso, es dejar a un lado el clisé impostado, lo políticamente correcto, la diplomacia… En ese reírse del otro nos estamos riendo también de nosotros mismos, de lo que somos en el fondo: humanos”.


“…” (silencio que indica estar pensando) “Y… ¿cómo aterrizarías esas ideas acá, en la empresa?”.


“Y mirá, en principio, pienso que algo de lo que venimos haciendo está muy bien. Por caso, las reuniones de los lunes en las que cada líder de sector les comenta sus temas a los demás”.


“Disculpame que te corte, pero tomando en cuenta lo que decías, se podrían mejorar mucho esos encuentros si no fuesen solamente informativos. Concretamente, que no sea solo un momento para hacer saber al otro cómo marcha cada sector sino también aprovecharlo para contar nuestras dificultades, los problemas a los que no le estamos encontrando a vuelta, eso que nos preocupa”.


“Claro, ¡muy bien! Igual, que no se transforme en un grupo terapéutico porque de hacer catarsis estamos todos re cansados!”.


“Completamente. Yo digo de plantear preguntas, no quejarse en grupo porque eso no sirve de nada. No cambian las cosas por eso… Otra que se me ocurre es mejorar el tema de las entrevistas que tenemos con nuestros colaboradores… las de evaluación de desempeño me refiero”.


“Si, es verdad. Para mí son un plomo. Una pérdida de tiempo a la que no le presto ni cinco de atención”.


“¡Y bueno, hombre! ¡Para ser coherente con tus propias ideas tenés que cambiarlo! Esa charla que tenés obligadamente cada seis meses, podría ser la situación ideal para intercambiar opiniones y entender el punto de vista del otro. Si la pasamos de largo como un trámite, no la estamos aprovechando y nos estamos asemejando a esos dibujitos de los que hablábamos al principio”.


“¿Y si cambiamos los saludos de cumpleaños? Viste que ahora solo los hacemos con un correo electrónico, avisando a todos que Juan o Pedro deben ser felicitados. ¿Qué te parece si hacemos un videíto o nos vamos turnando para organizar un mini festejo en la ofi, aunque sea con bizcochitos? Tomarnos ese tiempo nos acercaría… ¡ y la excusa sería ideal!”.


“¿Y a quién vamos con estas ideas? ¿A Recursos Humanos o a Comunicaciones?”.


“Y no man… Entender esto y ponerlo en práctica no es solo de ellos… es un tema de todos… y nuestra responsabilidad es compartida”.


Dado lo fresco del relato, no sé si van a prosperar estas ideas en lo inmediato, más adelante o serán solo declamaciones al aire. De lo que sí puedo estar seguro es que para comunicarnos mejor dentro la empresa debemos asumir nuestra constitución subjetiva. Somos humanos, seres emocionales con materia gris. Sujetos con sus historias, experiencias y puntos de vista. Personas a las que le pasan cosas importantes y triviales. Ciento por ciento únicos, distintos y completamente irreemplazables por cualquier robot o sistema tecnológico.

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